XL
- Despierta, Erika. Despierta, princesa. Qué susto me has dado. Por un instante creí que no respirabas…
Una voz azulaterciopelada,
de extraño acento,
cuya procedencia me siento incapaz de adivinar,
es lo primero que mis oídos han escuchado
en este inquietante amanecer.
¿Quién soy?
Mi nombre debe ser Erika.
¿Quién es él?
Sus dedos, delicados,
apartan el pelo de mi frente
y sus labios, suaves,
la besan.
¿Es mi marido?
¿Mi novio?
- Tía, no sé. Anoche, cuando follábamos, no sé. Tienes un calor dentro que, joder, estabas ardiendo. Cómo aguantas tanto… Tía, y no puedes moverte así, estaba muy excitado. No pude controlarlo, en serio, no me enteré de cómo pasó. Bueno, ya viste… Lo siento.
- No pasa nada- le dije. Parecía preocupado.
Me resultó muy hermoso.
Me evocaba a los ángeles.
Seguramente,
en algún momento de mi vida
hube soñado con un ángel así,
como él.
Saber que habíamos follado me excitó.
Pero no recordaba absolutamente nada.
¿Era mi amante?
¿Mi amigo?
- Tengo que irme a currar, pero si quieres, esta noche vuelvo. Si quieres, claro. A la misma hora. ¿Te apetece?
- Claro – contesté.
Me besó en los labios
y se dispuso a salir de la habitación,
pero antes,
se detuvo un momento en la puerta
y me miró.
- ¿Sabes, tía? Estás dulce. Sabes dulce, cariño. Eres buena. Luego te veo.
Cuando oí que la puerta del piso
al fin se cerraba
mi primera reacción
fue la de levantarme rápidamente
a investigar,
pero finalmente
decidí permanecer un segundo más
e intenté recordar.
Recordaba estar inmersa
en un oscuro y profundo agujero emocional
del que no podía escapar.
Recordaba puñados de antidepresivos,
ansiolíticos y tranquilizantes.
Recordaba mi cuerpo inflamado,
insano,
constantemente insaciado,
enfermo.
Enferma, mi mente también,
constantemente inconstante.
Todo a mi alrededor,
infectado.
Recordaba la maldad de personas
con las que me había cruzado;
las vidas miserables y arpías
de los cobardes
y embusteros;
el dolor y el miedo
que me habían provocado aquellos,
y toda la impotencia y frustración
que me había invadido
por largo tiempo.
Recordaba monstruos
que me habían inducido a pensar
que yo era algo que yo no era
y que sólo puede existir
en esas almas putrefactas,
que piensan mierda,
y cuando hablan,
huelen a mierda,
porque se rodean de más y más mierda,
duermen entre mierda,
se echan mierda,
los unos a los otros,
y se revuelcan en sus propios deshechos,
como los puercos y los perros.
Recordaba un auténtico vertedero
de gentes de mal,
que apestaba
y me había hecho vomitar.
¿Y después?
Después, nada.
No recordaba nada más.
Después,
sólo sus celestes y brillantes ojos.
Sin duda era del Este.
Mis bragas estaban empapadas.
Necesitaba urgentemente una ducha.
Me moría de ganas de volverlo a ver.
XXXIX
Estaba más que harta;
hasta el coño estaba
del ridículo vampireo que me rodeaba.
De repente,
miraba a mi alrededor
y en todas partes había
algún tipo de presencia pseudovampírica.
El mundo se había llenado
de falsos vampiros
e hipócritas chupasangres
sin sustancia alguna.
Había surgido una afición,
generalizada y desmedida,
hacia los no muertos.
Todo el mundo había sido
irremediablemente seducido,
de una u otra manera,
por el mito del vampiro.
Todo el mundo admiraba e idolatraba,
todo el mundo quería parecerse
al nosferático personaje.
El personaje del vampiro
había acaparado
todas las miradas.
El vampiro era en sí mismo
una fuente emanadora de erotismo,
por lo que se había convertido casi
en una prolongación del sexo,
casi en un sinónimo;
porque además contaba
con un aliciente implícito,
igual de atrayente y estimulante,
que era la violencia
del color,
del olor y del sabor
de la sangre.
Y las víctimas,
las víctimas más farsantes
eran sin duda los jóvenes.
Había toda una generación
nacida a la sombra
de La Era del Vampiro.
Una generación entera de vidas huecas
había sido educada
sobre la base de un vampirismo apócrifo:
el vampireo.
Se habían generado socialmente
diferentes grupos de jóvenes
que se disfrazaban de vampiros,
adoptando sus hábitos,
sus costumbres,
sus formas,
sus psicologías…
Sin embargo,
su conexión y conocimientos al respecto
no iban más allá
de un par de películas de culto
y cuatro relatos de rigor del XIX.
Había también paralelamente
grupos de adolescentes,
decadentes y necrófilas,
sin cultura ni imaginación,
que ofrecían su sangre sosa y aguada
a los travestidos.
Y, es más,
había quienes veneraban a los anteriores
porque no tenían los cojones ni el valor
de travestirse también ellos mismos
e imitarlos,
que es lo que,
en lo más profundo de su gothic heart,
realmente deseaban.
Había una moda neorromántica
de suicidas de boquilla,
que encarecidamente hubiera deseado
fueran de palabra.
Porque todos los jovenzuelos y jovenzuelas
del mundo occidental medio
se querían sentir vampíricamente inmortales,
pero no.
No.
No podían.
Y jamás podrían serlo.
Mientras,
los verdaderos vampiros,
nos veíamos exiliados
a los confines de la vergüenza.
Había nacido
El Gran Circo del Vampireo,
el espectáculo blasfemo
de los no vivos.
Veía caricaturas de vampiros por doquier,
pero no me parecían en absoluto divertidas.
Es más, me habían hecho llorar veneno.
Mucha culpa de todo esto la tenía Anne Rice
que había creado
un generoso y nutrido universo vampírico
al que le habían salido
miles de admiradores,
e imitadores, plagiadores y copiones
a cientos,
ensanchando ilimitadamente
las posibilidades de recreación del vampiro.
El vampiro se hacía cada vez más poderoso
e inverosímil,
pues ya no se veía afectado
por los tradicionales métodos
que solían emplearse para abatirlo,
según las antiguas supersticiones centroeuropeas.
Había una nueva generación de vampiros
aficionados a mirar crucifijos;
vampiros que podían oler ajo,
sin inmutase ni sufrir por ello;
vampiros que no necesitaban matar para alimentarse,
puesto que podían hacerlo de sangre sintética;
vampiros que acariciaban el fuego
sin el menor temor;
e incluso vampiros
a los que no les afectaba la luz del sol.
Había un mundo
de nuevos chupapollas chupasangres
dispuestos a saltarse las normas básicas de sus ancestros,
reinventando sus poderes y limitaciones
de forma que nada pudiera detenerlos
en su ascenso a una divinidad vampírica
que jamás podrían alcanzar.
Lo que no sabían
es que las contraindicaciones de la vampiridad
no tienen la más mínima importancia
para ser uno de ellos,
porque para ser vampiro
se necesitaba muy poco en realidad:
sustraer algún tipo de sustancia o esencia vital a otro,
o incluso a uno mismo (autovampirismo),
y hacerse adicto a ello.
De ahí provenían todos estos:
los vampiros sanguinarios,
los drogadictos,
las sanguijuelas,
los vampiros psíquicos y mentales
(que robaban ideas e identidad),
los vampiros mediáticos,
los sedientos de desgracia ajena,
los políticos,
los vampiros energéticos
y los vampiros emocionales,
que podían incluso succionarte el alma.
El mundo en sí era un enorme vampiro hambriento
devorándose a sí mismo desde dentro.
No obstante y para su propia desgracia,
absolutamente todos ellos,
no eran otra cosa que metáforas sublimadas
de algo mucho más humilde,
que no quería ser humilde,
y ampliamente insatisfecho consigo mismo:
el triste ser humano.
Sólo existía un vampiro real:
El Vampiro Esencial.
Aquel que primero
había ofrecido su sangre a los hombres,
como Jesucristo en la última cena,
y había entregado su vida por ellos,
como yo antes de mi renacimiento;
y ahora,
habíamos vuelto
a desangrar y masacrar
todo lo que,
indefectiblemente,
era nuestro.
XXXVIII
Durante días,
bastantes días,
permanecí en aquella misma patética posición.
Aunque el teléfono sonó,
con más frecuencia de la que podía esperar
si lo hubiese pensado,
no afectó a mi estado
en ningún caso
ni me produjo la más mínima inquietud.
No tenía familia,
por lo que nadie me echaría a faltar.
Y mi situación laboral,
a caballo entre el freelance y la autonomía,
tampoco daba opción a que mis
ya casi eventuales clientes
me echasen de menos,
aunque bien es cierto que algunos de ellos
llamaron con perseverante interés.
Por último,
mis amigos y vecinos
(llámense a estos
el selecto conjunto de personas
con las que tengo un trato
de relativa frecuencia,
pero con los que jamás
he llegado verdaderamente a intimar,
y si lo he hecho,
ha sido de una forma meramente carnal)
conocían bien mi afición por viajar
y desaparecer repentínamente,
sin avisar.
No existía una miserable razón
que me obligara a moverme de donde estaba.
Y donde estaba
era exactamente el lugar donde quería estar.
El tiempo transcurría
al ritmo de un interminable goteo de tic-tacs
que se vertían sobre mi férrea inactitud.
Mi mente se vaciaba nebulosa
arrastrada por el oleaje
de un mar de insentimientos,
que parecían efecto
de todo el valium que nunca tomé.
Dentro de mi cabeza, vacía,
el aleteo de una mariposa me reconfortaba.
El aleteo sordo
de una mariposa transparente…
Cuando algún tipo de pensamiento
quería coger forma,
lo dispersaba rápidamente
con un manotazo de voluntad.
Involuntariamente,
tendía al pensamiento
y entonces percibía al dolor,
acechando.
Si dejaba al pensamiento
enfocarse en el dolor,
éste se haría más intenso.
Y en el caso de alcanzar el dolor más intenso,
éste se transformaría en frustración,
en ira, en vergüenza,
en odio, en la náusea…
Pero mi mente se había llenado ahora
de viento y de agua,
y seguiría así el tiempo que le hiciera falta.
De alguna manera, muerta,
mi mente,
ciega de tanta luz y de tanta ausencia,
dejaba resetearse a la memoria,
que a fuerza de no dar forma ni contenido,
ni importancia ni retención al pensamiento,
se había convertido en sanadora.
Qué soy cuando no soy nada.
Porque si no pienso no soy,
y no pensaba volver a pensar por el momento.
Sin embargo, estaba.
La luz se iba y venía por los ventanales y el balcón
del salón,
jugando con mis pupilas lentificadas
imperceptiblemente.
Veía la luz gris
y la gris oscuridad,
y mi mente, gris,
sumida en el presente;
en el regalo del presente,
en el presente de lo presente.
Y todo lo demás
no significaba nada.
No significa nada.
Mi mente iba y venía
como iba y venía la luz solar.
Sentí mi cuerpo.
Sentí el peso de mi cuerpo.
Recorrí mi cuerpo con la mente,
reconocí la forma de mi cuerpo,
el interior de mi cuerpo,
y todo estaba bien.
Me llevé la mano ante los ojos
y vi que me estaba quedando excesivamente delgada.
No siempre podía tener el control.
No tenía ninguna protección ante lo inevitable,
pero tenía el control de mi mente y,
por el momento,
era más que suficiente.
XXXVII
Cerró tras de sí el balcón
por el que había accedido a mi salón,
pero estoy segura
de no haberlo dejado abierto.
Era un tipo enorme.
Alto y de complexión fuerte;
muy fuerte.
Parecía un mercenario.
Llevaba el ojo derecho oculto bajo un parche,
a lo pirata,
y estaba completamente calvo,
o más probablemente,
rapado al cero.
Era demasiado extravagante
como para ser de este mundo,
aunque eso
ya lo dejaba claro su presentación.
De su perilla,
colgaba una consistente trenza rojiza
que le llegaba casi hasta el ombligo,
que no asomaba,
pero casi,
por entre su camisa hawaiana desabrochada.
Desde donde me encontraba,
podía apreciar sus voluminosos pectorales
y abdominales
que parecían de puro acero,
y brillaban a la luz
tenuemente regulada
que alumbraba mi,
habitualmente confortable,
sala de estar.
Había algo en él que me daba miedo.
Rápida cual guepardo
y ágil como una gacela
crucé el trecho del salón
que me separaba del interruptor
y lo apagué.
Lo vi y vi que él me veía también.
Quién eres, pregunté.
Su cuerpo
comenzó a moverse lentamente hacia mí,
desprendiendo un halo luminoso
que en un principio
me hacía daño a los ojos,
pero que, en pocos segundos,
conseguí comprehender y seguir con facilidad.
Mi corazón no se aceleró,
pero estaba asustada.
Su cuerpo
seguía avanzando hacia mí,
desprendiendo un luminosos halo rojo.
- Quién eres -volví a preguntar.
- Soy tu hermano, querida, puesto que ambos procedemos del mismo padre y…, ¡apuesto a que no esperabas tan grata visita!
- Yo no tengo padre. Yo soy mi padre. Yo no procedo de nadie excepto de mí misma. Nací de mí misma por mí misma. Soy mi propia creadora y mi propia creación.
- Apuesto a que tu memoria se vuelve especialmente selectiva a la hora de indagar en el pasado… Debes de haber olvidado quién y lo que eres, mas no te preocupes, porque yo estoy aquí para recordártelo, para cumplir con mi deber de hermano.
Estaba a pocos metros de mí
cuando modificó su ruta
para aproximarse al cuerpo sin vida
de mi precioso Chimay.
- Apuesto a que no habías probado la sangre de un virgen. No hay nada comparado a un virgen, ¿eh? Apuesto a que has tenido un orgasmo mientras te despuntaban los colmillos.
- Sí la había probado, pero hace mucho tiempo. Y claro que, de alguna manera, he tenido un orgasmo.
- Apuesto a que te crees indomable…
No contesté.
La conversación estaba adquiriendo un cariz
que empezaba a darme muy mala espina.
Se puso detrás de mi pobre Chimay,
que estaba hecho un cristo.
Estaba desatándole las manos.
- Esta cuerdecita, querida, es una cuerdecita muy especial. Por una parte, tiene el poder de mantener alejados a esos nuevos amiguitos que has estado haciendo últimamente, y por otra, es sumamente resistente; tanto como para inmovilizar a una putita vampiresa de extraordinaria fuerza, como tú. Apuesto a que no me crees…
Rápido como un guepardo,
ágil cual gacela,
recorrió el trecho que lo separaba de mis muñecas
y las retorció a mi espalda,
atándolas con la fuerza necesaria
como para asegurarse
de que me tenía totamente sometida,
y ninguna contemplación más.
Mierda, mierda, mierda. Pensé.
Me sentí como si me hubiese atrapado la policía.
En realidad,
la policía no me daba tanto miedo
como aquel que decía ser mi hermano.
Me agarró fuerte del brazo,
por debajo de la axila.
Sus dedos estaban congelados.
Sentí cómo quemaban en mi piel.
Me arrastró hasta el dormitorio
y luego me arrojó contra la cama.
Qué más da lo que pensara.
Sabía que él podía leer en mi mente.
Él sabía que estaba asustada
y obviamente le daba igual.
En realidad no le daba igual,
es lo que quería.
Era parte de la misión que le venía encomendada.
Yo también podía leer en la suya.
No pude hablar, ni gritar.
No podía llamar a nadie,
no me podía comunicar.
No sé si él tenía el suficiente poder
como para retener mi voz y mi fuerza
por propia voluntad
o era el poder de la cuerdecita
lo que se lo permitía,
o eran los efectos de un miedo
que hasta ese momento no había conocido,
o si lo había conocido,
también lo había olvidado.
No sé si fue resignación
o mentalmente me estaba manipulando,
o si estaba embrujada o hechizada
por él o su maligno cordel,
pero no luché.
De pronto me sentí sumamente cansada.
No intenté huir.
Mis manos
se encontraban férreamente atadas a la espalda
y mi cara se hundió en la cama,
ayudada por su mano
que había recogido mi cabello en un puñado
por encima de la nuca.
No podía respirar,
pero qué más daba.
Al fin y al cabo,
no podía morir asfixiada.
Así que no me moví,
ni me canteé,
ni gesto hice de ello,
cuando me bajó con suma maestría
los pantalones y las bragas,
dejándome, literalmente,
con el culo al aire.
Me soltó el pelo
y respiré ansiosamente.
Me giré hacia él
y vi que se echaba la trenza de la barba
por encima del hombro,
a la manera de una bufanda,
y sacaba y me enseñaba amenazadoramente su arma.
Luego volvió a hundir mi cara en la cama,
esta vez con su pie
y sentí cómo me azotaba con su arma
en el trasero,
que quemaba,
y me picaba.
- Has/sido/una/mala/perrita/ma/la/pe/rri/ta/perrita/mala -verseó al ritmo que me azotaba-. Yo te enseñaré el camino a complacer al hombre, zorra.
Y me sentí largamente humillada y ultrajada.
Sentía la presión de su pie contra mi cabeza,
tenía los hombros doloridos
y las muñecas en carne viva.
Quería meter mi cara hasta el fondo de la cama,
atravesar el colchón con mi cara
y después el somier
y el suelo de mi habitación
y hundir mi cara en los cimientos de la casa
y luego atravesar el asfalto y la tierra,
y después, La Tierra,
y salir finalmente allí lejos,
donde nadie me reconociera jamás.
Pero lo único que pude hacer
fue morder mi edredón con tanta fuerza
como para hacerlo sangrar.
Sabía lo que aún estaba por llegar,
pero los efectos psicológicos
ya se habían desarrollado,
porque podía leer en su mente
y ya todo había pasado para mí.
Ya me había recuperado psicológicamente
cuando me violó con su arma,
ya me había recuperado psicológicamente
cuando noté que algo se me rompía por dentro.
Las heridas de mi carne vampírica
cicatrizan a una velocidad pasmosa,
pero recordé que,
la última vez que me atacaron con un arma,
mi carne no tenía ningún poder extraordinario
y cómo había sangrado,
durante meses y meses,
día tras día,
porque este tipo de fisuras
tardan muchísimo en cicatrizar.
Pero ahora daba igual,
porque psicológicamente ya estaba repuesta y,
en el mometo en que dejara de darme por culo,
la cicatriz se cerraría en cuestión de segundos.
En cuestión de segundos,
dejaría de sangrar.
Él parecía divertirse de lo lindo,
pero en esta ocasión,
no puedo narrar la experiencia
con ningún tipo de calor,
porque yo, no.
Tengo una gran capacidad
para sopotar el dolor físico intenso.
Capacidad que ya poseía
antes de nacer en la vampiridad,
y si no,
me desconecto y me desmayo,
ese es mi plan B,
pero esta vez aguanté hasta el final
despierta, consciente.
Cuando terminó de joderme
me soltó y liberó mis muñecas.
Estaban descarnadas,
pero en cuanto la cuerda se apartó de mi piel,
ésta empezó a recomponerse,
junto con mi carne,
como si nunca hubieran sido heridas.
Me dejé caer sobre la cama.
Agotada y dolorida
me dejé caer
como un saco de patatas.
Toda mi energía,
todo mi poder,
parecían haber sido sustraídos.
Me sentí una piltrafa humana,
tendida allí bocabajo
con el culo al descubierto
y la sangre manchádome el edredón,
me cago en la puta,
siempre estábamos igual con la ropa de mi cama.
Me sentí una mierda
y sólo quise que se fuera pronto
y me dejara sentirme una mierda
sola,
porque ahora quería sentirme una mierda en soledad.
Miré de reojo lo que hacía,
más allá del quicio de la puerta de mi dormitorio,
sabía que no le quedaba mucho más por hacer.
Recogió la bolsa que hubiera dejado en el baño
y de nuevo se acercó a mi afortunado Chimay.
- Apuesto a que te hago un favor llevándome esto de aquí.
- No necesito ningún favor tuyo, gilipollas -No reconocí mi voz.
- Me lo llevaré igualmente, y esto también -Balanceó la cuerdecita mirándome, como yo hiciera también con el rumano.
Se dirigió hacia el balcón.
Mi voz volvió a sonarme desconocida:
- Espera, ¿cómo me llamo?
- Que cómo te llamas. ¿Qué pregunta es esa? ¿Es que sufres amnesia repentina?
- No. Cuál es mi nombre.
- Rabya, querida. Ese es tu nombre. Rabya. ¿De qué otra manera te podrías llamar?
XXXVI
Chimay y yo
andábamos juntos de camino a casa,
como ya había hecho,
no demasiado tiempo atrás,
con el lobo;
pero en esta ocasión
Chimay iba a mi par.
Era algo más alto que yo;
unos quince centímetros.
Llevaba un corte de pelo bastante extraño,
pero tenía un bonito cabello rubio.
Me entraron ganas de acariciárselo,
aunque me contuve.
No me había dado cuenta
de que parecía mucho más joven
que el ángel-lobo
tal y como yo lo recordaba.
No hablamos en todo el trayecto.
De vez en cuando
nos mirábamos y sonreíamos.
Observé su perfil.
Cuanto más lo observaba,
más aniñado me resultaba,
aunque no sabría decir
cuántos años tendría exactamente.
Me entraron ganas de cogerle la mano.
Esta vez me rendí a mi impulso.
Y entonces me di cuenta.
Al sentir el calor de su mano.
Al sentir el calor
de la sangre fluyendo
por todo su cuerpo.
Entonces lo supe.
Que era virgen.
Mi corazón volvió a acelerarse,
sorprendiéndome por segunda vez
en muy poco rato.
El corazón de un vampiro
late a un ritmo anormalmente lento:
unas cuatro o cinco pulsaciones por minuto.
Excepto en los momentos de sexo
y a la hora de alimentarnos con sangre.
En estas situaciones,
nuestro corazón puede alcanzar,
tranquilamente,
las 300 pulsaciones por minuto.
Ahora mi corazón
se había acelerado ligeramente
por la cercanía de aquella sangre virgen.
Porque todo el mundo conoce
el inconmensurable placer proteínico
que supone para una vampira,
la sangre de un virgen.
¿Acaso era aquello una suerte de regalo?
Deseé llegar cuanto antes a casa,
así que aceleré el paso.
No quería que notara
los infinitos deseos
que me estaban embargando por dentro,
así que lo retuve en el salón,
invitándole a un trago
y poniéndole música
que lo mantuviera acomodado.
Cogí la bolsa de deporte,
que había dejado junto a sus pies,
y la llevé al baño.
La estaba soltando en las baldosas del suelo
y no pude evitarlo.
Lo juro que no pude.
Tuve que abrirla
y husmear lo que había dentro.
Tampoco había demasiado;
el mono sucio de trabajo,
con el que lo había encontrado,
una botella de agua medio llena
y una pequeña cuerdecita enrollada,
que es lo único que llamó mi atención.
Al tocarla,
un escalofrío recorrió mi columna vertebral
de arriba abajo.
Había algo familiar en aquella cuerdecita,
pero no sabría decir el qué.
La cogí por un extremo,
como si me resultara repulsiva,
pero no era así.
La llevé por delante,
con el brazo estirado,
hasta el salón,
donde estaba Chimay,
que se había sentado en una silla,
junto a la mesa
donde le había preparado el trago.
Me acerqué a él
balanceando la cuerdecita
y le dije:
¿Qué es esto, Chimay? ¿Sabías que ibas a conocerme, o qué?
No dijo nada.
Por supuesto no tenía ni puta idea
de lo que le había dicho;
pero al mirar el cordel
puso un gesto de incertidumbre,
como si no reconociera aquel objeto
en absoluto.
Me puse ante él,
moviendo la cuerdecita
a la manera de un péndulo,
como tantas veces
había visto en películas
cuando se trataba de hipnotizar.
Ahora, vas a concentrarte en esta cuerdecita y yo contaré hasta tres. Cuando diga ‘tres’ tu voluntad estará sometida a la mía. Uno…, dos…, tres.
No sé si simplemente
aceptó el juego que le proponía,
o realmente
conseguí algún tipo de poder hipnótico sobre él,
pero no hizo absolutamente nada
cuando me coloqué detrás de él
y recorrí sus brazos con mis manos,
llevando las suyas a la espalda
y atándolas con el cordelito que había encontrado.
Rodeé sus muñecas,
cruzando la cuerdecita entre ellas
y volviendo a rodearlas otra vez.
Luego hice un nudo.
Intenté no apretar demasiado
para no lastimarlo,
pero asegurándome de que lo tenía totalmente dominado.
Nuevamente me puse frente a él
y me arrodillé entre sus piernas,
le desabroché el pantalón
y lo bajé hasta el suelo,
por supuesto con su colaboración,
y entonces, desaparecí…
Me teletransporté siglos,
qué digo siglos: milenios atrás.
Me encontré ante el Árbol del Conocimiento del Bien y el Mal,
en el Jardín del Edén.
Estaba allí la manzana prohibida,
tan roja y brillante
como la sangre de la que me alimento.
Tan nutritiva, tan sana, tan dulce…
Y enroscada en la misma rama,
la serpiente,
tentándome.
Que no me decía muérdela, no;
me decía lámeme.
Eso me decía.
Así que la cogí por su largo cuello
y me la llevé a la boca.
Me la acerqué a la lengua
y la deslicé por ella,
una y otra vez.
Pero no me entretuve demasiado,
porque lo que ahora me estaba pidiendo
aquella culebra,
que parecía venenosa,
era meterse en mi boca.
Aflojé los dedos
y dejé que resbalara dentro.
Abarqué con mis labios su angular cabeza
y la succioné debilmente.
Ella quería entrar más adentro,
así que la dejé pasar un poco más,
para en seguida tirar de ella hacia fuera.
Su piel resultaba resbaladiza,
cuando entraba;
pero al salir…,
de su carne se separaban unas pequeñas escamas
que me hacían cosquillas
en el interior de los labios.
No era tan nutritiva ni sana,
y mucho menos dulce,
como la manzana,
pero encontré un gran placer en chuparla.
No podía dejar de meterla en,
y sacarla de,
mi boca;
de saborearla,
de mimarla,
de complacerla.
Adapté el ritmo de sus movimientos cómplices
a mi succión,
sujetándola con fuerza por el cuello.
Creo que empezó a sentirse asfixiada,
porque de pronto la noté nerviosa,
excesivamente tensa,
y me asusté un poco.
Pero yo ya no podía dejar de chuparla.
Yo ya no tenía ningún autocontrol,
porque todo mi control se cernía sobre ella.
Noté la vigorosa lucha de su cuerpo
entre mis dedos,
que se aferraban a ella
como cinco estranguladoras cadenas de metal.
Ahora la serpiente comprendía que era mi presa,
que no podía escapar de mis zarpas
y que podía hacer con ella lo que quisiera.
Y yo lo que quería
era demostrarle mi poder.
Que iba a catapultarla al mayor placer
que podría disfrutar en su vida,
y que no podía hacer nada,
absolutamente nada,
por remediarlo.
La seguí sujetando con fuerza
y empecé a chuparla enérgicamente.
Sabía que estaba verdaderamente cabreada,
porque hacía fuerza,
porque oía el silbido nervioso
del extremo de su cola,
que se agitaba enloquecida,
y entonces hizo lo único que podía hacer,
o sea,
escupirme una descomunal dosis de veneno
que se vertió en mi lengua
y que consumí automáticamente.
En pocos segundos,
el veneno
ya se había flitrado en mi sangre,
pero, por supuesto,
no morí.
Porque era una puta vampira del siglo XXI
extasiada de poder.
Y no iba a acabar conmigo un animal mitológico
de un tiempo que ni siquiera había existido.
Aún tenía su carne atrapada en mi boca,
cuando noté algo que jamás me había ocurrido.
No literalmente,
lo juro.
Sentí que mis colmillos
se doblaban en tamaño
y se afilaban al extremo.
No podía creer
lo que estaba aconteciendo en mi boca
y me pinché tres veces en la lengua,
pero fueron los desgarradores berridos de Chimay
los que me consiguieron regresar.
No hubo ningún pensamiento
previo a la acción,
lo juro.
Clavé mis colmillos en su carne
y comencé a succionar,
esta vez,
auténtico alimento.
La sangre virgen del chico
invadió mi boca y mi garganta
como una explosión ancestral,
llenándome de un placer desquiciante.
Me mareé.
Antes siquiera de poder tomar aire
me encontré desgarrándole el estómago,
el pecho y la garganta
con los vertiginosos caninos
que me habían aflorado.
Dejé a mi pobre Chimay
hecho un auténtico Guernica
y me di cuenta
de que no había sido muy buena idea
lo de la mascota…
Plas plas plas… Plas.
Unas palmadas procedentes del balcón
consiguieron sobresaltarme.
Esa es mi chica.
Y entonces, lo vi.
XXXV
Puesto que el tiempo transcurría
y mi sentimiento de ausencia permanecía,
pensé que quizá una mascota
menguaría en alguna medida
esa sensación.
Necesitaba algún animal de compañía
que se acomodara con sencillez
a mis necesidades y estilo de vida.
Descarté al ser humano,
por ese dudoso privilegio comunicativo suyo,
que es la palabra,
y que suele derrochar y vulgarizar
hasta la saciedad.
Oír hablar de nada a la gente vacía
me produce unas terribles ganas de matar
y últimamente mi ansiedad asesina
estaba muy relajada.
Sin embargo,
escuchar la palabra de lobos y vampiros
es como música celestial para mis oídos.
La compañía de un ser humano
me resultaba algo tremendamente complejo
como para reportarme más tranquilidad
que todo lo contrario.
Así que, finalmente,
resolví que fuera un animal
lo más irracional posible.
Pero, como viene siendo habitual,
mis planes siempre acaban viéndose modificados
por esa mano,
sigilosa y oscura,
que mueve los hilos de mi sino…
Me encaminé hacia La Paz,
pues allí recordaba haber visto
algunas tiendas de animales
con una gran variedad de ellos:
Desde peces multicolor
(que ahora no distinguiría),
exóticas aves
o escurridizas serpientes
(a éstas también las había descartado,
ya que poseen
un poderoso efecto hipnotizante sobre mí
y me entran tentaciones de lamerlas),
hasta iguanas, chinchillas, hurones,
conejillos de indias,
ratones de laboratorio…
Caminaba enmimismada,
absorta en la búsqueda de un nombre
con el que bautizar a mi mascota.
Como ya me había dicho el lobo-ángel,
el hecho de ponerle un nombre
me otorgaría cierto poder sobre él,
y yo no quería tener ningún poder sobre un ángel,
pero sí que lo quería
sobre mi mascota.
Empecé a pensar nombres al azar,
inspirándome en lo que veían mis ojos
y los recuerdos que conseguían enlazarse a ello,
pero no se me ocurría nada serio.
Me planteé delimitarlo a un nombre unisex,
que pudiera servirme
para cualquiera de los dos sexos.
Entonces pasé por delante de una cervecería,
recordé y decidí.
Le llamaré Chimay.
Me encontraba ya cerca de mi destino,
a penas a tres o cuatro manzanas.
Estaban levantando allí unas oficinas,
un hotel y un centro comercial,
con multicines, restaurantes y aparcamientos.
Aquello era un auténtico caos.
El ruido de la maquinaria era insoportable,
estridente y ensordecedor.
Aceleré el paso para dejarlo atrás
a la mayor brevedad posible
y entonces…
me quedé petrificada.
Me tapé los oídos,
pues los vampiros tenemos hipersensibles los sentidos,
y me quedé boquiabierta,
mirándolo.
Era un obrero rumano
de los que estaban trabajando.
Un rumano,
como Tepes, como Drácula,
pero con un mono sucio de trabajo,
en vez de capa,
y exactamente la misma apariencia física
del lobo-ángel
que algunos días antes me había follado
como la bestia que era.
Incluso a la distancia que se encontraba
podía reconocer esa mirada transparente.
Transparentemente gris.
No azul.
Cuando sus ojos se desviaron hacia mí,
sentí que el corazón se me aceleraba,
lo cual es algo
que me ocurre con muy poca frecuencia.
Pero no era azul, no brillaba.
Y sin embargo era él.
Quizá, a la luz del día,
no se pueden apreciar esos signos;
pero a plena luz del día,
mi extrañado ángel
se mostraba como un lobo.
No entendía nada,
pero no podía apartar mis ojos de él.
Pensé en alguna forma de atraerlo hacia mí e,
inmediatamente,
él se acercó.
- Hola –me dijo-. No habla español.
- Eso es perfecto –le dije, y se rió.
- Do you speak english?
- No.
- It’s perfect!
- Quiero verte a oscuras.
- I don’t understand.
- Ven a mi casa. Come to my home.
- Now? I cannot. I’m working.
- Later… Maybe?
- Perfecta – chapurreó y sonrió.
Podría haber pasado por ruso,
finlandés o incluso alemán,
pero era rumano,
no me cabía la menor duda,
porque los extranjeros que trabajan en la construcción
sólo pueden ser africanos,
sudacas o rumanos.
Necesitaba exponerlo a la oscuridad
y escanearlo con mis ojos monocromáticos.
Aunque en realidad ya sabía lo que no era,
pero si llegaba a intimar con él,
evocaría irremediablemente al lobo-ángel
que brevemente me amó,
lo que me empezó a parecer realmente excitante.
Sólo un pequeño emplazamiento,
la más perfecta sustitución,
el más puro fetichismo,
y estaría ahí de nuevo,
sufriendo y disfrutando aquel complaciente cuerpo
que ya conocía.
Volví a la hora que me había dicho.
Me estaba esperando.
Se había lavado y vestido de calle.
Llevaba una bolsa de deporte,
con sus cosas, supongo,
y sonrió al verme aparecer.
- Vamos a mi casa, Chimay.
- Chimay?
- Sí
- C’mon.
XXXIV
Tras mi primer nacimiento,
mi madre entró en depresiones.
Era yo muy pequeña
cuando mi madre se intentó suicidar
de nuevo.
La hermana de mi padre,
que era una arpía bellaca
que no había tenido hijos
y que se había dedicado a aprovecharse
de la mayoría de hombres
con los que había mantenido una relación,
quería adoptarme,
porque decía
que mi madre no estaba capacitada
para educarme;
lo que a lo mejor era cierto,
o no,
pero era mi madre.
Recuerdo oír decir a mi tía
lo mucho que me quería,
más que mi madre,
me decía.
Según fui creciendo,
pero aún muy niña,
me volví muy rebelde,
muy desobediente
y muy mala.
Mi madre me pegaba;
por supuesto,
porque me portaba fatal.
Mi hermana era buena,
pero yo era un pequeño monstruo.
Recuerdo haber desquiciado de los nervios a mi madre,
y el odio con el que me pegaba,
que no era un odio dirigido hacia mí,
como ahora entiendo,
sino hacia su violador.
Pero era a mí a quien pegaba.
Y era yo quien sufría su odio.
Mi comportamiento la encolerizaba
y el sentimiento de cólera
le rememoraba a su violador.
Recuerdo que, una vez,
me rompió un palo de escoba en la espalda.
Y otra vez,
un cajón.
Recuerdo haber llevado
un mordisco morado
tatuado en mi mano.
Cuando yo era pequeña,
mi madre era una suicida en potencia;
y yo,
yo era la víctima colateral de su violador.
Sé que, antes de que yo muriera,
mi madre se había sentido culpable,
en innumerables ocasiones,
por todos los transtornos que padecí
durante mi desarrollo.
Sé que mi madre
hubiera dado su vida por mí,
hubiera padecido
todos los transtornos que me abatieron
por mí,
que se escaparía de la muerte
por mí,
que, si pudiera,
volvería a los primeros años de mi vida
para cambiarlos
y me salvaría.
Sé que mi madre me amó con toda su alma,
y lo sigue haciendo,
y que no tengo una miserable cosa que perdonarle.
Todo lo que siento hacia ella
es una inmensa gratitud.
Antes de morirme,
amé profunda y sinceramente a mi madre.
Recibí toda su fuerza
y todo su valor.
Y quizá esa fue la razón
que me permitió volver a nacer
cuando pensaba que no podría.
Es curiosa la manera en que
los actos imprudentes de los otros
nos afectan,
de una manera que ellos
jamás podrán imaginar.
XXXIII
De nuevo,
mi alma se encontraba albergada
por una pronunciada sensación de abandono.
El escozor que,
gozosamente,
aún retenía en mis adentros,
era la prueba palpitante
de aquel ancestral encuentro,
tan lejano ya…
En esta ocasión,
antes incluso de haberme tomado,
él ya me había abandonado.
No sin antes
encender en mi interior una luz
que me permitía volver a ver o,
más bien,
darme cuenta de que aún podía hacerlo.
Por las últimas palabras del blue-winged angel
sabía que ellos seguirían apareciendo,
mostrándome caminos,
abriéndome puertas;
pero mi alma
siempre acabaría hallándose invadida
por una única constante:
la ausencia.
La insatisfacción constante
se convertía en la constante pauta de mi devenir.
Había perdido las riendas de mi vida.
Mi vida
era como la metáfora de otra vida.
Como si alguien me hubiera estado soñando
o imaginando
desde el comienzo.
Como si un maquiavélico poder
me estuviera manipulando
desde la oscuridad.
Cada uno de mis movimientos,
cada uno de mis pasos,
ya había sido dado en otro momento,
en otro lugar…
Yo no era yo.
Yo era el rabioso alter-ego de la paranoia,
el efecto devastador
de una extraña aleación de drogas,
el proyecto viviente
de algún vanidoso dios,
una marioneta endemoniada,
un cuento achinado,
la voz de su amo,
una siniestra mentira
encubierta de discretas verdades,
el juguete inocente de La Mente.
Me había desconectado del mundo.
Me había desconectado del ser humano.
Y me había desconectado,
definitivamente,
del hombre.
Los ángeles
no pueden perdurar más de un instante.
Son altamente evanescentes.
Y tanto los unos, como los otros,
da igual,
eran todos unos farsantes.
Así, mi mundo
se había convertido igualmente
en un fraude,
un fake,
una falsificación.
Yo no era más
que el reflejo de unos incisivos ojos,
observándome.
La interpretación confusa
de una perversa mente,
que me pedía más y más,
insaciablemente;
empujándome a descubrir
hasta dónde me podría desnudar,
cuánta más “carne” podría mostrar.
¿Dónde estás, Mente?
¿Qué soy, Mente?
¿Quién eres tú?
Háblame de ti, Mente.
Habla,
que yo ya he hablado suficiente.
…
Aham.
…
Aham.
…
Sí.
…
Sigue.
…
Qué original.
…
Sí, sí. Interesante.
…
Aham.
…
Sí.
…
Vaya por dios.
…
Y ¿quién tuvo la culpa?
…
Joder.
…
Ya.
…
De todo tiene que haber…
…
Sí.
…
Claro, claro. Por supuesto.
…
Ya veo.
…
Qué ingenioso.
…
No, no. Pues adelante.
…
De acuerdo.
…
¿Tú o yo?
…
Y ¿quién es ella?
…
Ah.
…
No, no. No importa.
…
Aham.
…
Aham…
…
Ningún problema con eso.
…
Cierto es.
…
Te lo agadecería profundamente.
…
Aham.
…
Como el agua cristalina.
…
Dime.
…
Aham.
…
¡Oh!, “constante-mental-mente”.
…
Sí.
…
Entonces, que así sea.
XXXII
El lobo
marchaba apenas un metro
por delante de mí.
Sabía el camino a mi casa
mejor que yo misma.
- Escucha lobo… ¿Sabes qué le ha pasado a mi vista?
- Tu vista está perfectamente. Ahora verás mucho mejor en la oscuridad. Deja de enfocarlo como una pérdida. Es más probable que sea un don, pero tú estás totalmente ofuscada con la idea de la pérdida. La pérdida, la pérdida, la pérdida… Eso es muy humano; ¿sabes? Me estás defraudando. Te acostumbras a algo y, luego, la costumbre se convierte en adicción, cuando dicha costumbre se ha roto. Pero eso tú ya deberías saberlo… Pobrecita Rabya, ya no puede ver los ultravioletas, pero ve cojonudamente en la oscuridad.
Estaba enfadado conmigo.
Eso me transmitió confianza.
Llegamos a mi casa y,
una vez allí,
se dirigió directamente
hacia mi dormitorio.
Lo seguí.
- Uhm… ¿Vas a purificarme…? –le dije irónicamente con la intención de que me desvelara su relación con aquel ser anterior, que tanto bien me había hecho.
- No, ya has sido purificada. Pero sí que me gustaría poseerte.
- Pero… eres un lobo, una bestia. Ni siquiera somos compatibles genéticamente.
- Qué cerrada eres, Rabya. ¿Quién lo diría?
No estaba muy segura
de cómo me iba a afectar aquello psicológicamente,
pero aquel ser,
con apariencia de lobo,
tenía poder.
Tenía algún tipo de poder sobrehumano y,
sobretodo,
tenía poder sobre mí.
Sabía cosas,
y yo quería saberlas también.
Me desnudé ante él.
Estaba sentado sobre sus patas traseras.
Según me iba desnudando
se fue empalmando.
Una vez hube terminado,
le di la espalda y me puse a gatas.
- Pero qué lindísima eres, Rabya.
Oí el sonido de sus patas y sus uñas,
raspando sutilmente el parqué,
acercándose a mí despacio y,
después,
no oí nada.
Y, después,
sentí una respiración suave
detrás de mis muslos.
Y después,
una lengua,
que empezó a lamerme devotamente,
a la vez que unas manos
acariciaban mis piernas.
Se me escapó un inesperado gemido.
Unas manos cálidas,
deslizándose hacia mis caderas.
Unas manos humanas,
dibujando el contorno de mi cintura,
de mis costillas,
de mis pechos…,
masajeándolos delicadamente y,
con tan buen gusto,
como un verdadero humano
nunca podría hacerlo.
Noté el calor de su órgano
acercándose al mío.
Giré tímidamente la cara hacia la derecha,
cuando sentí su dedo índice
hundiéndose en mi mejilla.
- Shhhhhh… Ni se te ocurra -me sujetó la mandíbula con su enorme mano diestra y me besó, exactamente, donde acababa de clavar su dedo-.Lo siento-se disculpó.
Estaba un poco acojonada.
En mi cabeza una vocecilla infantil
rezaba de alguna manera:
Por el culo no, por favor.
Por el culo no.
Contuve unos segundos la respiración,
mientras él jugueteaba con nuestros sexos y,
finalmente,
se decidía…
Oh, sí… Oh, Dios…
Y me folló.
Sentí el esplendor de su considerable tranca,
que dejaría mi vagina resentida
por los dos siguientes días venideros.
Lo acogí.
Lo acogí con gran afecto
y disfruté de él,
recorriéndome rígidamente por dentro,
una y otra vez.
Conocía él mi punto débil:
la espalda.
Tenía varias cicatrices en ella,
aunque todas bien curadas,
excepto una.
Me estremeció un escalofrío,
cuando sus labios
entraron en contacto con mi espalda.
Toda mi sensibilidad
concentrada en la espalda.
Un millón de cosquillas
bailaron en mi espalda.
Cualquier beso o caricia,
en la espalda,
hacían que me arqueara irremediablemente.
Sus besos,
su demencial erección
trabajando duro en mi interior,
y la piel de mi espalda,
erizada como la de un gato asustado.
Sus besos en mi espalda,
mi arqueo
facilitándole la profundidad de penetración.
Mis suplicantes gemidos
y sus labios
en mi espalda;
y de nuevo me arqueo
y nuevamente él profundiza en mí
y yo no puedo parar de gemir
y de quejarme
y de arquearme.
Sus manos
seguían acariciando mimosamente mis pechos,
mi cintura,
mi espalda,
mis hombros.
Su aliento en mi nuca y
de nuevo
sus finos labios
rozando mi espalda.
Durante horas
padecí aquel bendito suplicio;
durante interminables horas,
totalmente sensibilizada.
Me arqueo y me arqueo,
una y otra vez,
hasta que,
a fuerza de besos y caricias,
voy perdiendo la sensibilidad.
Pero para ese momento,
en el que la sensibilidad
llega a desaparecer por completo
y ceso de sufrir y disfrutar
y puedo evadirme
y dejar mi mente en blanco al fin,
él ya se me había corrido dentro.
Intenté mantenerme un segundo
apretada contra su pubis,
reteniendo esa sensación de cobertura,
protección,
resguardo y plenitud,
entre aquellas poderosas garras
con repentina forma humana.
Había empezado a oscurecer.
Se apartó de mí
y sentí un gran desasosiego,
y frío.
Oí sus pasos descalzos
distanciándonos
y encendió la luz.
Cuando me giré hacia él,
su aspecto
era nuevamente el de un lobo.
- Y ahora, Rabya, cierra bien las ventanas, la puerta, el balcón. Ciérralo todo para que no entre absolutamente nada de luz –me dijo. Por supuesto, obedecí-. Y ahora, por favor, apaga de nuevo.
Apagué
y me di cuenta de la nitidez
con la que podía ver.
No había ni una hebra de luz
a la que mis retinas pudieran haberse aferrado.
Miré cada objeto de mi dormitorio
y lo vi todo gris, sí,
pero tan claramente
como a plena luz del día.
Todo gris, sí,
excepto él,
que resplandecía en un luminoso azul cielo.
Qué visión tan gloriosa.
Diría que tenía forma humana,
pero estaría faltando a la realidad,
porque lo que se mostraba ante mí
no podía ser otra cosa
que un ángel.
- Ahora, Rabya, tienes la capacidad de reconocernos.
Me di cuenta
de que la luz que lo envolvía
había empezado a desvanecerse
y de que,
al mismo tiempo,
él se desvanecería también.
Me senté en la cama,
observándolo.
Abrí los muslos
y empecé a tocarme.
Aún estaba mojada.
Aún, ardiendo.
Me masturbé
para inmortalizar aquel mágico momento
con el orgasmo
al que yo no había podido llegar,
antes de que sus ojos evanescentes,
que seguían mirándome directamente,
se terminaran de desdibujar.
Sus frígidos ojos
se perderían por siempre
entre aquellos últimos jadeos.
Y su sonrisa soviética
quedaría por siempre grabada
en la oscuridad de mis pupilas
y de mi corazón.
XXXI
Lo malo de tomar una decisión
es el riesgo de equivocarse al hacerlo.
Lo bueno,
las hermosas cicatrices
que se van dibujando en la línea de tu vida.
Si perdiera mi consciencia
dejaría de ser yo.
Y quiero preservar mi cerebro,
pero para ello
me tendría que haber decantado
por una filosofía como la budista,
o el ateísmo,
y no esta maldita-bendita religión del arte.
Para mantener un sistema nervioso saludable,
lo más recomendable es evitar las emociones,
puesto que éstas pueden ser fuente
de una gran variedad de transtornos nerviosos.
La complejidad de nuestros sentimientos
va en función a la complejidad
de nuestro sistema nervioso,
lo cual dota a cada cual
de una sensibilidad diferente.
¿Tienes tú la culpa de estar torturándome,
cuando ni siquiera estás psicológicamente capacitado
para sentir el dolor
bajo una sensibilidad como la mía?
Pues posiblemente no, pero
¿tengo yo la culpa de que tu inconsecuencia
esté haciendo estragos en mi sistema nervioso?
En algún punto
entre mis nervios ópticos y mi cerebro
algo se había desconectado,
impidiéndome detectar el color.
Cuando estás acostumbrada
a una magnífica y tetracromática
vista de vampiro,
verlo de repente todo gris
puede resultar muy traumático.
Tendría que aprender a mirar
desde la perspectiva de una lechuza,
cuando estaba acostumbrada a hacerlo
desde la de un halcón.
Si podría o no
recuperar mi vista natural
era ahora un terrible secreto del destino.
Mis instintos sexuales estaban a bajo cero.
Mis instintos asesinos,
igual.
Empecé a trabajar intensivamente,
aceptando un montón de encuentros
y recuperando así mis abandonadas cuentas,
que se habían resentido últimamente,
debido a mi escasa actividad laboral.
Cuando lo ves todo tan gris,
lo mejor es hacer dinero.
En cualquier momento puede surgir
una buena razón en la que invertirlo,
o una crisis,
a lo peor.
No maté a nadie en algún tiempo.
No violenta o directamente al menos;
pero las alas de mi pequeña mariposa
no dejaban de provocar catástrofes
en el mundo entero.
Una mañana temprano,
antes de lo que acostumbro a levantarme,
sentí una gran necesidad
de echarme a la calle
en busca de mis adorados,
tanto como odiados,
y grises zombis;
que esta vez serían más grises que nunca.
Me fui cruzando con ellos,
caminando,
percatándome de todas aquellas miradas,
extrañas y extrañadas.
Algunos me miraban por el rabillo del ojo,
pero otros
incluso se giraban descaradamente.
Me paré desconcertada
y entonces un hombre se me acercó
y me habló en voz baja:
- He soñado contigo.
Me quedé algo sorprendida, así que le pregunté:
- ¿Y qué has soñado?
- Que me salvabas la vida.
Se dió media vuelta y se marchó,
dejándome algo sobrecogida.
- Qué fuerte… –Susurré.
Seguí caminando,
intentando leer en aquellas miradas,
cuando sentí una mano
llamándome en la espalda.
Me giré.
Era una mujer.
- He soñado contigo –Me dijo.
- ¿Y qué has soñado? –Pregunté.
- Que me salvabas la vida.
- Qué fuerte.
Se fue y yo me quedé quieta.
Me empecé a sentir incómoda
y de nuevo la mano de alguien me sujetó,
esta vez por la muñeca.
Era un ciego.
- He soñado contigo.
- ¿Cómo sabes que soy yo con quien has soñado?
- Porque en mi sueño también podía verte.
- ¿Puedes verme?
- Perfectamente.
- Pues yo lo veo todo muy gris.
- A lo mejor necesitas un perro lazarillo, como el mío.
Miré la correa que llevaba en la mano,
pero lo que sujetaba aquella correa
no era un perro lazarillo,
ni mucho menos,
sino una cabra macho,
de enroscados y grises cuernos.
- No es quien tú crees el que te guía –le dije.
- Eso mismo soñé que me decías.
Me sacudí su mano de la muñeca y me fui,
buscando un camino
por el que no tuviera que cruzarme
con tanta gente.
Caminaba ya por una calle
apartada del centro,
cuando unos ruidos,
que parecían salir de un callejón,
llamaron mi atención.
Me acerqué.
Oí algo que parecían cadenas,
y también algo que parecían gruñidos.
Empecé a adentrarme en el callejón.
Encontré una valla,
prolongación de una pequeña parcela.
La valla estaba cubierta de cañas y cuerdas,
así que no pude ver lo que había al otro lado,
de donde procedían aquellos ruidos.
Fui buscando a lo largo de la valla,
metro por metro,
hasta que, finalmente,
encontré un pequeño orificio.
Miré por él
y vi un famélico lobo gris,
encadenado a una caseta de perro.
Se movía sistemáticamente
de un lado al otro,
totalmente obcecado,
y me pareció muy afligido.
Rápidamente trepé por la valla
y salté al otro lado,
pues los vampiros somos ágiles y decididos.
El lobo me miró directamente,
con sus chispeantes ojos grises.
Nunca había visto unos ojos tan tristes…
Dejó de gruñir.
Si intentas acariciar a un lobo,
lo más probable es que te muerda la mano.
No es que el lobo tenga nada en tu contra.
Es, simplemente, que los seres humanos
le producen auténtico terror.
Pero aquel lobo no estaba asustado.
He oído muchas historias sobre los lobos.
De los lobos solitarios,
los lobos de mar,
la loba capitolina,
la loba herida,
el lobo estepario,
el hombre lobo,
Fenris,
Lobezno,
cinco lobitos tiene la loba,
¡que viene el lobo!
los tres cerditos…
y el lobo.
No hay cultura o civilización
que no recoja su particular concepción del lobo.
El lobo,
animal mítico y místico.
Mito en sí mismo, el lobo.
Y ahí estaba yo,
frente a un dios.
Alargué mi mano hacia él,
puse el dorso ante su hocico
y dejé que lo olisqueara.
No apartó sus ojos de los míos
ni por un momento.
Entonces sentí la humedad caliente
de su lengua sobre mi piel.
No pude contener una sonrisa.
Deslicé cautelosamente mis dedos
hacia el exterior de su oreja
y lo acaricié.
Noté la presión de su cabeza contra mi mano
y sus ojos se fueron cerrando poco a poco.
Que un lobo te muerda, si intentas acariciarlo,
es lo más natural del mundo,
pero que un lobo no te oponga resistencia
y te permita acercarte tanto a él,
puede convertirte por unos instantes
en el ser más feliz del planeta.
- Lo veo todo gris, amigo.
- Yo puedo enseñarte a ver en la oscuridad.
- Pensé que los lobos nacidos en estado salvaje carecían del gen de la gobernabilidad.
- Soy un lobo-lazarillo.
- ¿Cómo te llamas?
- No tengo nombre.
- ¿Quieres que te ponga uno?
- Si me pones nombre adquirirás poder sobre mí.
- Entonces te llamaré simplemente lobo.
- Y yo a ti, simplemente Erika.
- ¿Erika? Pero mi nombre es Rabya.
- Ja, ja, ja. ¿Rabya? Qué nombre tan ridículo. Ese no es el nombre de una princesa.
- Pero es mi nombre…
- De acuerdo, Rabya, vámonos de aquí.
Solté la cadena que lo ataba
y saltamos la valla.
XXX
Una vez me equivoqué
pensando que me había equivocado.
Conocí un niño que,
en vez de corazón,
tenía una maquinita de hielo.
No había en él generosidad
ni ternura ni caridad alguna.
Era el niño más infeliz del planeta,
y quería que cualquiera que se le acercara
también lo fuera.
Como no podía sentir amor,
odiaba a los que tenían el corazón lleno.
“Sufre conmigo” –decía–. “Muere por mí”.
Porque los niños son así,
envidiosos y egoístas.
Me hizo sentir tanta pena…
Lo observé por un tiempo.
Tenía que existir alguna manera de ayudarlo.
Tenía que existir alguna pequeña esperanza
en aquel pequeño y frío corazón.
Lo veía jugar
con la crueldad típica,
cuasi inocente, de los niños,
utilizando los sentimientos de las personas,
y también los míos,
sin ningún tipo de remordimiento
ni compasión.
No había nada a lo que le diera valor.
Un alma tan negra
debía de haber recibido muy poquito cariño
y muy poquita comprensión.
No, aquel niño
no sabía lo que era el amor.
No tenía ni puta idea.
Tenía que existir alguna manera de ayudarlo.
Le di 20 litros seguidos de amor,
Y se bebió los 20 litros de sangre
trago por trago.
Así que por algún tiempo
estuvo alienado por mi amor.
Pero cuanto más amor se me bebía,
más se engordaba su ego y su odio,
y más intensamente me pedía:
“Sufre conmigo. Muere por mí”.
Se estuvo alimentando de mis sentimientos
por mucho mucho tiempo.
Adaptó mis símbolos a su comunicación.
Transfiguró el vínculo que yo había creado,
reinventando ominosos lazos
que extraía de mi imaginación.
Luego
empezó a utilizar los más íntimos secretos
que mi corazón le había confesado
para herirme
cuando me sentía débil y desvalida.
Hacía promesas sagradas,
que inmediatamente rompía.
Me torturaba
aprovechándose de toda la información
que, ingenuamente,
yo desconocía.
Me ofrecía su confianza
y en cuanto me daba la vuelta,
me vendía.
Si alguna vez tocaba mi mano,
en seguida decía:
“Todo es fruto de la casualidad.
No admitiré otra verdad”.
Porque así son los niños…
frágiles y temerosos,
tan vulnerables y asustadizos…
Le gustaba jugar a ser Dios,
impresionando pequeños cerebros
con mis sofísticados métodos.
Unos métodos
que habían sido creados para AMAR,
y no para aquello.
Y hasta vergüenza llegué a llorar.
Convirtió el precioso poder que le di
en un circo de hipocresía y mentiras.
Preciosas mentiras,
adornadas con mis versos.
Preciosas mentiras que nunca buscaron amar,
sino desmentir las irreversibles verdades
que yo le desvestía.
Le di consciencia, pero no…
No la recibió.
Le di un complejo sistema de comunicación,
pero no conté con su irresponsabilidad,
lo cual me hace igualmente irresponsable a mí,
y tendré que cargar por mucho tiempo
con esa culpa.
No fui yo quien lo llamé,
pero igualmente me arrepiento.
Rápidamente se convirtió en un violador.
En un violador niño.
Malentendió el amor que le ofrecí
y, en consecuencia,
sólo pudo crear sentimientos ambiguos y carroñeros.
Estaba vacío
y sólo robándome se llenaba.
No tenía fuente de inspiración,
así que imitaba la mía.
Pero una imitación del amor
no es amor.
Es un fraude,
una mentira,
un error.
Los hombres aman a las mujeres,
Pero ¿a quién podía amar un niño?
Los hombres follan, hacen el amor,
pero los niños
sólo se pajean con ositos.
Pensé que podía brillar,
pero sólo era un niño jugando a ser Dios.
Sentí que no podía liberarlo
de su oscura ceguera,
y que, si seguía así,
acabaría arrebatándome
hasta la última gota de libertad.
Me equivoqué,
me equivoqué y cometí un terrible pecado.
Lo amé para hacerlo un hombre,
pero él nunca podrá crecer.
Lo amé como una madre ama a su hijo,
llegando a mentir si es necesario,
para protegerlo del dolor.
Me equivoqué.
Lo confundí con un artista,
con un ángel,
con un poeta,
pero resultó ser un falso profeta.
Lo confundí con un hombre lobo,
pero resultó ser un perro baboso.
Lo confundí con un vampiro,
pero sólo era una sanguijuela.
Me confundí,
forzándolo a ser alguien que no es
y que además nunca podría ser.
Una vez me equivoqué
pensando que me había equivocado.
Dicen
que la primera impresión es la que cuenta,
pero nunca me dejé guiar por tópicos.
Sin embargo,
al cabo de los años,
aquella impresión primera
es todo lo que ha quedado.
Y siento tanto no haber podido ayudarlo…
Lo siento tanto todo, tanto…
XXIX
Los vampiros
tenemos ciertos poderes extraordinarios,
pero también somos vulnerables a muchas cosas.
Estamos condenados a vivir en la suspicacia,
por eso somos especialmente solitarios,
y extremadamente selectivos
a la hora de depositar nuestra confianza;
porque depositar nuestra confianza
en alguien equivocado
puede arrastrarnos a la inminente catástrofe.
Se supone que somos inmortales,
pero nada podemos hacer
en caso de vernos sorprendidos por una traición.
Si un vampiro halla su muerte,
lo más probable es que haya sido
a efecto de una traición.
El vínculo de la confianza
es muy fuerte para un vampiro,
pero el vínculo de la traición,
si no se ha perdido la vida por su causa,
es aún mayor.
(Sobre el “vínculo de la traición”
me gustaría contar
“la historia del hombre que me rechazó”,
pero en otra ocasión).
El caso es que yo había depositado mi confianza
en aquel ser desconocido.
Le había abierto mi alma
y le había entregado sumisamente mi cuerpo
para que lo purificara.
Y sentí que aquel ser
me había curado de mi vampírica soledad
por un brevísimo margen temporal.
Sentí que podía confiar en él.
Y ahora me sentía sola y desamparada.
Averiguar por sus palabras si volvería a verlo
era imposible.
Y aunque supiera con seguridad
que aquello iba a suceder,
el no saber cuándo ocurriría
era también una tortura
que no quería sufrir.
Me sentía perdida.
Tenía que romper cuanto antes
ese extraño e imprevisto vínculo
que había creado hacia (que no con) él.
Él;
alguien que ni siquiera tenía muy claro que existiera.
Quizá todo había sido un sueño.
Quizá pensar
que todo había sido un sueño
era lo más adecuado.
Un sueño no debería afectar a nuestra realidad.
No a la realidad
de una puta vampira,
borracha de poder,
en busca de aventuras.
Lo mejor era hacerse a la idea
de que no volvería a verlo,
o de que estaba muerto.
Presentí que no tendría más noticias de él.
Si la información no se renueva,
tampoco los sentimientos,
y la información, aunque intensa,
era muy poca.
Ahora todo es sólo cuestión de tiempo.
No es necesario forzar nada.
Tan sólo dar tiempo al olvido
para que éste haga su sabia labor.
Todo va bien
cuando todo está bajo control,
pero joder,
un día te encuentras
con un hermoso ángel de azules alas,
que saquea tu soledad
y le da a tu vida un giro de 180º
y joder,
todo tu “particular equilibrio”
se viene abajo.
Sentí que me estaba empezando a quedar ciega.
Como si todos los parámetros
que habían estado constituyendo mi vida de vampira
se desvanecieran de toda comprensión.
Empecé a verlo todo muy gris.
Oh, Dios, somos polvo, somos ceniza.
Somos cambio tras cambio,
muerte tras muerte,
resurrección tras resurrección.
Todo ante mis ojos había empezado a perder su color.
Todo se fundía en un solo color: el gris.
Me sentí en un limbo del quinto infierno,
en la más absoluta soledad.
- ¡Eeecoo Eeecoo!
(Eeecoo-Eeecoo-Eeecoo)
- ¿Hay alguién ahí?!
(ahí-ahí-ahí)
- ¡Hijo de puuuuu-ta!
(ta-ta-ta)
El gris más absoluto.
La más absoluta soledad.
Visión monocroma.
Romper el apego.
No es la primera vez.
Cadenas mucho más rígidas has roto.
Ese gris me está congelando el alma.
No siento felicidad,
pero lo realmente importante
es que tampoco siento sufrimiento ni frustración.
Paciencia…
Piensa en algo que hayas desarrollado
con verdadera vehemencia
en los últimos tiempos.
Paciencia.
No lo necesitas.
Olvídalo.
Olvídalo todo con total tranquilidad.
XXVIII
Cuando conseguí reaccionar,
él ya no estaba.
Me sentí
como si acabara de despertar
de un sueño extraño y agotador.
Nunca en mi vida
me habían producido una sensación similar.
¿Qué le había hecho aquel ser a mi cuerpo
que de pronto resplandecía
como si le hubieran aplicado
una fina capa del más precioso metal?
¿Qué clase de poder había ejercido
su alma en la mía
que ésta había comenzado a dilatarse
irrefrenable e ilimitadamente?
Miré hacia la cama,
que parecía el escenario
de un pequeño e íntimo campo de batalla.
Sentí una leve nostalgia
agujereándome el estómago.
Miré hacia la cama,
dulce santuario.
Las sábanas aún estaban mojadas con su sangre.
Vamos, Rabya. Lame su sangre.
Eso es todo lo que te voy a permitir echarlo de menos.
Me digo.
Tan sólo un instante evanescente en el que mi lengua se deleite
lamiendo los restos vitales de su inhumano cuerpo.
Tan sólo un insignificante suspiro
en el que mi lengua
se fusione con su esencia.
Tan sólo su preciada esencia
entrando en contacto con mi sedienta lengua.
Tan sólo un momento mínimo
en el que sentir el sabor de su recuerdo
desplegándose a lo largo y ancho de mi paladar.
Oh, tan sólo un minuto.
No más.
Tan sólo un minuto es lo que necesito
para lamer el fruto de su dolor;
la cercanía ausente,
el contacto desvanecido,
el abandonado encuentro.
Un minuto. No más. Es lo que te voy a permitir echarlo de menos.
Me dije.
Y me di cuenta de que tenía muchas cosas que limpiar.
Esta vez has tocado el cielo,
pero la vida sigue.
Jamás había conocido a alguien
que me mostrara semejante condescendencia.
¿Tan poderoso era que se sentía capacitado
para protegerme, purificarme y salvarme?
¿Quién era aquel ser
que había despertado en mí la confianza necesaria
como para dejar por un rato en sus manos
la batuta de la responsabilidad?
La responsabilidad de cuidar del mundo,
de velar por el mundo,
de querer protegerlo y salvarlo.
Alguien que pudiera hacer eso
debía de ser alguien muy poderoso.
Tanto o más que yo.
Me sentí vencida.
Me rendí,
confié y me entregué.
Me olvidé del mundo.
¿Acaso es el dolor del mundo mi responsabilidad?
Que siga girando el mundo
y no pare de dar vueltas y más vueltas
en su eje estático y frígido.
De pronto supe
que estaba empezando a perderme algo…
Y me gustó.
Entendí, de algún modo,
que la ignorancia puede ser felicidad…
Y me gustó.
Tanto
que quise convertirme en la mayor de las ignorantes.
No quiero saber nada del mundo
ni de su dolor.
Él me había salvado de mi condena,
pero me sentí castigada con su abandono.
Dicen que quien bien quiere, bien castiga.
Y así lo quise ver.
Tenía que seguir mi camino,
tenía que seguir buscando,
pero en otra dirección;
la que él me había señalado.
En otras tierras, en otros mares.
El mundo no me necesitaba,
y yo no necesitaba al mundo.
Él me castigaba por amor,
y yo castigaba al mundo
por lo mismo.
XXVII
A la noche siguiente acudí a la cita.
Llegué al hotel y subí a la suite.
La puerta estaba entornada.
Crucé el umbral y la cerré tras de mí.
Las luces eran muy tenues
y había un suave aroma como de incienso,
que me recordó,
por un momento,
al olor de las iglesias.
Hacía calor,
pero un calor reconfortante.
Me sentí a gusto.
Atravesé la elegante e impoluta sala
y luego me adentré
hasta el fondo del amplio dormitorio,
donde un tipo alto me esperaba.
Llevaba un traje completamente negro.
Tenía un aire vampíricamente seductor.
Me sonrío con la mirada.
Sus facciones me resultaron atractivas
y su voz sonó profunda y oscura,
hasta el punto de notarla vibrar
en cada poro de mi piel.
- Sabes que no soy quien te han dicho que soy, ¿verdad?
- Are you the blue-winged angel?
- ¿Tú ves que yo tenga alas?
- No, I don’t. So… Who are you?
- ¿Quién necesitas que sea?
- Someone who help me to find it.
- ¿Qué buscas?
- The return to be a child again.
- ¿Para qué?
- A voice inside me asked me so.
- Misschien is het de stem van de duivel.
- What the hell does the devil want from me?
- Confundirte.
- Why? I believed the devil was my friend.
- De duivel is niemands vriend.
- …by your own christian belief.
- Uw duivel is niemands vriend.
- He fucked me. What does he want from me now?
- Él es un viejo envidioso. Envidia tu pureza, tu libertad, tu fuerza, tu valor, tu belleza… Él quiere adueñarse de tu preciosa mente y robar todo lo que él nunca podrá tener.
- He’s still inside me.
- Ya no más… Rabya, mi preciosa Rabya. He venido a liberarte de toda esa maldad que él te ha dejado dentro. Vengo a llenarte de paz. Tú eres libre, eres hermosa y pura. No necesitas volver a ser una niña. Eres sabia y tu alma es eterna. Y ahora, quiero que sientas mi paz penetrando en ti.
- Mmm…
- Olvídalo todo. Deja la mente en blanco, así como tú sabes, y déjate llevar. Sé que has tenido que atravesar un infierno para llegar aquí, pero ahora yo te voy a hacer sentir bien. Te voy a hacer sentir mejor de lo que nunca has podido imaginar. Abre las piernas y deja que te susurre una bonita canción.
- Mmm…
- Oh, Rabya, dulce princesa, él te ha llenado de tormento. Todo tu delicioso cuerpo tan contaminado… Deja que te cure, cierra los ojos, siénteme, sé feliz. Voy a complacerte como te mereces. Déjame probar, déjame intentar satisfacer a una diosa. Confía en mí. En mí puedes confiar. Yo no te voy a traicionar, yo no voy a mentirte ni engañarte. Confía en mí. ¿Confías en mí? Sí, así, muy bien.
- Mmm…
- Él aún está aquí. Él nos mira, pero desaparecerá. Deja que te purifique y te bendiga profundamente. Él se irá y no volverá. Abrázame. Confía en mí. Yo no he venido a follarte. Yo no te voy a hacer el amor. Yo te voy a purificar, y te voy a sanar. Mírame a los ojos, Rabya. Yo te voy a salvar. Él está ahí, mirando. Le gusta mirar, pero no puede hacerte nada. No voy a dejar que te haga nada. Yo te protegeré.
- Mmm…
- Es esto para ti la felicidad, ¿mi pequeña Rabya? Sí. Lo veo en tus ojos, tus pupilas dilatadas, tu calor, tu humedad. Él no volverá si no lo vuelves a invitar. Rabya, ¿quieres volar? ¿Quieres que yo te ayude a volar, princesa?
¡Mierda! ¡Mierrrrrrrrrrrrda!!!
- Oh, shit!
De repente la carne de su espalda
se comenzó a desgarrar.
De sus homóplatos,
brotaron dos muñones azulados
que se fueron tintando de sangre
a medida que despuntaban.
Empezó a sangrar sin parar
y a gritar de dolor.
Me aparté de él como pude,
zafándome de sus compulsivos movimientos.
- You’re he too!!
- ¡No! ¡Él intenta confundirte!
- He’s still here. He’s still in me. You cannot help me.
- Rabya, es cierto que te he purificado. Él no volverá si no lo vuelves a invitar. ¿Crees que podrás hacerlo? Yo soy sólo uno, pero no estoy solo. Hay once más. Ahora debo marcharme.
Aún malherido y sangrando,
echó a volar.
XXVI
Si hay algo que me jode sobremanera
es tener que ir,
expresamente,
a trabajar a un hotel.
No me importa trabajar en un hotel,
siempre y cuando,
primero,
me hayan proporcionado una grata velada,
llevándome a cenar,
a dar un paseo por el parque,
o la playa,
a tomar un cóctel, a la ópera,
a un buen concierto…
Entonces no me cuesta nada ser complaciente.
De hecho,
es un placer complacer
a quien me invita a disfrutar.
Prefiero, todo sea dicho,
recibir la visita en mi casa,
pero eso sólo puedo hacerlo
con los clientes de mayor confianza.
Doy por sentado
que cada hombre que conozco
tiene una historia interesante y diferente
a sus espaldas.
Que con cada uno de ellos
tengo temas comunes que poder tratar.
Necesito absorber información, estilos,
carácteres, almas, emociones, mentes…
y rubricarlo todo con un buen polvo,
y algo de sangre, quizás.
Me gusta la gente diferente,
eso no lo puedo negar.
De diferentes lugares,
diferentes lenguas,
diferentes colores,
diferente mentalidad.
Me gusta la gente
a la que también le gusta la gente diferente.
Dentro de un pequeño universo de pensamientos,
unos mandan y otros obedecen.
Y no hay más.
Alguien dicta unas normas,
alguien se encarga de hacerlas obedecer
y el resto las cumple obedientemente.
Así se crea una sociedad.
Y tanto dentro como fuera de la misma
hay gente diferente
que se cuestiona esa sociedad,
que abre un margen con respecto a ella,
adquiriendo así una visión más global
y objetiva.
Gente diferente.
Llámenlos artistas, ángeles, vampiros,
profetas, librefolladores,
u ’open-minded’, eso da igual.
La vida está llena de diferentes colores
de diferentes aromas,
de diferentes melodías.
Sólo hay que aprender a mirar,
a respirar, a escuchar.
La mayoría
se deja arrastrar por esa amplia paleta de grises
que se limita a la sociedad a la que pertenecen,
pero fuera,
hay mucho más.
Me gusta complacer a mis clientes.
Ese es mi trabajo.
Trabajo que he escogido voluntariamente.
Me gusta beber sangre y desgarrar entrañas.
Me gusta que me seduzcan elegantemente.
Soy una princesa.
La más puta del universo,
si ustedes quieren,
pero una princesa al fin y al cabo,
y quiero que se me trate como tal.
Si tengo que presentarme
en un hotel del quinto coño
para follar,
voy a follar muy cabreada.
Y cuando eso ocurre,
el final siempre es el mismo.
No necesitaba esta cita.
No sé lo que mi profesor opinaría al respecto,
pero no establezco vínculos afectivos con nadie,
así que me daba igual.
Iba a anular aquella cita
que me estaba empezando a incomodar demasiado.
Sólo tenía que mandar un mensaje de texto
con mi teléfono móvil
y ya no habría vuelta atrás.
Ya no quería conocer a aquel tipo.
No tenía nada que hacer con él.
No lo conocía ni lo conocería ya jamás.
Quién era me daba igual.
Si era un ángel o un demonio del infierno.
Me daba igual lo que quisiera,
porque no me había tratado como lo que soy,
sino como una vulgar putilla sin clase
a la que se le manda un taxi a casa
para traérsela al hotel.
Así que,
estaba terminando de escribir aquel mensaje,
a punto ya de mandarlo,
cuando el teléfono
empezó a vibrar entre mis manos.
No conocía el número,
pero descolgué.
- ¿Diga?
- ¿Erika?
- Lo siento, ha debido de equivocarse. Yo no soy Erika.
- Erika, escúchame, por favor. No anules la cita.
- ¿Perdón?
- No anules la cita, por favor.
- ¿Quién eres?
- Te estaré esperando en la suite del lugar acordado.
- Pero mi nombre es Rabya.
- Da igual el nombre que te pongas. Tú eres siempre la misma.
Si hubiera enviado el mensaje
ya no hubiera habido vuelta atrás,
pero a veces las cosas suceden,
en una misteriosa sincronización
de casualidades temporales
que enredan los hilos del destino.
Ahora no había marcha atrás,
pero en esto otro:
él me estaba llamando,
él me estaba esperando,
y yo quería conocerle.
XXV
“Hola, Rabya,
¿cómo estás?
Hace mucho que no nos vemos.
Parece que las cosas te van bien…
pero no es razón para olvidar a los viejos amigos, ¿eh?
A ver cuándo quedamos.
Bueno,
pero no te llamo por mí,
sino por un amigo de mi hermano
que está de visita en la ciudad.
Conociéndolo,
seguro que le apetecerá
“degustar las especialidades lugareñas”.
No se me ha ocurrido mejor forma de
“deleitar su paladar”.
Es un tío muy agradable y cordial.
Es joven,
pero no te dejes engañar por las apariencias;
sabe bastante de la vida.
Es de Amsterdam.
Es un DJ bastante conocido en Bélgica.
¿He dicho Amsterdam?
Perdona,
quise decir Brujas.
Se me ha ido la olla.
Con esto de la Venecia del norte…
Da igual,
tiene buena maría.
Ah, es un regalo.
Esta misma tarde te ingreso la pasta.
Uhmm, que más…
Ah, sí, las fotos que me mandaste-gracias.
Me gustan,
de verdad.
Tienes que explicarme algún efecto
que no termino de descifrar,
pero no me queda más remedio
que volver a hacer alusión,
mal que te pese,
al profundo romanticismo
que se respira en ellas.
Rabya…
Eres una romántica…
Uhmm,
y creo que nada más.
Espero verte pronto,
en serio.
Llámame.
Ciao”.
Lo dice ininterrumpidamente y del tirón
por la sencilla razón
de que no he descolgado el teléfono
y estaba hablando con el contestador.
Sé que voy a aceptar la propuesta
para no defraudar a mi profesor.
Y él también lo sabe.
Así que ni me planteo si es lo que quiero.
No tengo ganas de matar.
Quiero descubrir adónde me lleva este camino.
¿Puede un artista ser feliz sin perder la inspiración?
¿O debe elegir entre ser feliz y ser artista?
¿Dónde estoy?
¿Quién soy?
¿Soy Kamala
abandonando una vida repleta de placeres y lujos
para gestar y criar al hijo de Siddharta?
¿Soy Siddharta
abandonando la cálida carne de Kamala
para descubrir “la verdad” en la voz del río?
¿O soy Kamala y Siddharta
echando un polvo tántrico
en algún bosque secreto de la India?
¿Quién soy?
¿La Magdalena
abandonando una vida de perversión y pecado
para seguir al Señor en su calvario?
¿El Mártir,
que renuncia a la felicidad
por ofrecer su vida a los demás?
¿O soy Jesús y María,
copulando como leones,
a la sombra de una cruz?
XXIV
Contaba con cierta información
para reconocer a un ángel,
pero no tenía ni la más remota idea
de cómo encontrar uno con alas azules.
Desde que me salió aquella hermosa barba,
incluso después de haberla perdido,
mis intuiciones vampíricas
se habían disparado,
derivando en auténticas premoniciones.
Tenía la certeza
de hechos que iban a sucederse,
aunque desconocía el camino
que me conduciría hasta ellos.
Desde mi regreso
no había vuelto a soñar.
Había olvidado mis recuerdos,
mis deseos
eran sencillos de complacer,
y no tenía pesadillas,
porque también había olvidado mis miedos.
Sin embargo,
esa misma noche soñé.
Soñé que me reunía con alguien
que ya conocía,
pero no pude reconocer su rostro.
Le conocía,
pero no sé quién era.
Soñé que nos besábamos.
Que sus labios se unían a los míos,
como dos sangrientas rosas gemelas,
y nos fundíamos
en un lento y húmedo beso.
Me sentía en el putísimo cielo,
enmimismada con el único sonido
de unos suaves gemidos
que acariciaban el interior de mi garganta.
Y entonces sonó el teléfono.
Era un viejo cliente.
Precisamente,
no era de los más viejos,
pero sí de los más antiguos.
¿Por qué no estaba muerto?
Fácil;
porque era uno de los mejores fotógrafos
que, en persona,
nunca había conocido.
Y porque fue profesor mío.
No se puede matar a un profesor,
como no se puede matar a un artista.
Eso se acercaría bastante
a mi concepto de crimen.
Puede resultar paradójico
oir mentar el respeto
por boca de una puta homicida,
pero,
por gracia o desgracia,
soy una persona muy cuerda
y conozco, perfectamente,
esa delgada línea roja
que separa el bien del mal,
aunque me encante saltar a la comba en ella.
Aquel que de la nada,
y con la única herramienta de su imaginación,
consigue transmitir a otro
un sentimiento de identificación,
por medio del arte,
en cualquiera de sus múltiples vertientes,
merece todos mis respetos.
Porque el arte es mi vida.
Y mi vida es arte a su vez.
Yo sólo quería salvar el mundo.
Posiblemente,
Hitler pensara igual que yo,
pero afortunadamente,
mi poder se reduce
a la mera ficción…
de la palabra.
Al igual que el de Jesucristo,
el artista por antonomasia.
Es mi deber mostrar gratitud
a aquel que me enseñó,
y qué mayor gratitud
podría mostrarle yo a un ser humano
que la de concederle,
ni más ni menos,
la libertad de vivir.
Él nunca sería consciente de su privilegiada situación.
Oí su voz,
pero yo seguía pensando
en recuperar por un segundo más
el placer que aquellos labios,
recién soñados,
me estaban proporcionando.
Porque Ella siempre vuelve,
con sus más negros ojos.
Siempre.
XXIII
El primer signo para reconocer a un ángel
es que los ángeles
nunca se dirigen a ti en tu mismo idioma.
Si tu lengua natal es,
pongamos por ejemplo, el español,
un ángel te hablará en irlandés,
islandés o flamenco,
pero jamás en tu mismo idioma.
Esto tiene un meditado fin.
Como tú no hablas su idioma
ni él el tuyo,
recurriréis al método comodín por excelencia,
es decir,
intentar comunicaros en inglés,
puesto que es el idioma universal,
o sea,
el idioma que se utiliza en el Universo entero,
incluyendo el supramundo
y el inframundo también.
El problema
es que el inglés no es tu lengua natal,
ni la suya,
por supuesto, tampoco.
Y que en medio de vuestra comunicación
se abre un agujero
de 1.500 kilómetros de diámetro.
“El agujero anglosajón”,
lo podríamos llamar.
Para poder comunicarte con un ángel
necesitas simplificarte al máximo,
sintetizarte en pensamientos y emociones.
Necesitas volver a aprender a hablar.
Necesitas reinventar la comunicación.
Necesitas volver al origen,
a la base,
al idioma original,
y necesitas buscar en la memoria del Universo,
en la sabiduría de los ancestros,
en la pureza de lo primigenio.
“Return to be a child again…”.
Los ángeles no tienen recuerdos,
ni tienen pasado,
y si lo tienen,
lo han olvidado.
Su camino determina una única dirección:
hacia delante.
A la espalda no queda nada,
sólo un par de generosas alas.
En el origen del mundo no existe la maldad,
sólo la fuerza inconmensurable de querer comunicar.
Los ángeles conocen todos los símbolos del Universo,
y cada símbolo no es otra cosa
que la imperiosa necesidad de reunir
aquello que originalmente fue separado.
Como el amor no es otra cosa
que la imperiosa necesidad de reunir
aquello que originalmente fue separado.
XXII
Silencio.
Silencio…
Silencio sepulcral.
No recuerdo haberme quedado dormida,
pero así parece haber sido
puesto que acabo de despertarme,
desconcertada por un silencio
que no debería estar.
Un extraño olor invade la estancia,
mezclándose con otro olor
mucho más familiar…
Me encuentro desnuda
sobre el suelo del salón.
Mi piel
se ha quedado fría como el hielo,
pero ahí fuera
hace un calor infernal.
Noto las manos pegajosas y doloridas.
Las miro
y veo que la mitad de mis uñas están rotas.
Bajo ellas
encuentro restos
de lo que yo diría es carne cruda
y sangre.
También he notado molestias en los dientes
y la mandíbula en general.
Y también mis labios están pegajosos.
Los lamo,
lo justo y necesario
como para desvelar la misteriosa sustancia.
En seguida reconozco ese sabor,
entre óxido y salado,
de la sangre aún fresca.
Por un instante,
recobro de mi subconsciente el recuerdo
de un hermoso cuerpo
trabajando intensivamente entre mis muslos,
y de pronto
soy consciente de que ya no está.
No queda nada de él.
Nada.
Nada de nada.
Algunos restos de carne cruda
y sangre moribunda
bajo mis uñas rotas,
nada más.
Ya no está.
Y ya no estará jamás.
Sus restos yacen ahora en mis adentros
y, por un proceso biológico de lo más natural,
acabarán convirtiéndose en pura mierda;
en MI mierda,
MIS desperdicios,
MIS deshechos.
Me lo he comido.
Me he ventilado literalmente a un tío.
Donde hubo materia sólida
sólo hay ahora vacío.
Lo que de su esencia hubiera,
lucha ahora encarnizadamente
contra mis jugos gástricos,
que pronto lo habrán finiquitado.
Sin embargo,
no me siento mal.
Ni noto en mí signo alguno de maldad.
Más bien,
todo lo contrario.
Un sentimiento de armonía y equilibrio
ha invadido por completo
las más profundas cavidades
de mi alma vampírica.
Cometo errores,
porque no puedo dejar de hacer cosas extraordinarias,
que nadie puede comprender.
O quizá sólo los ángeles.
No paro de equivocarme.
Lo hago con una frecuencia
tres o cuatro veces superior
a la de un ser humano normal.
Es por eso que aprendo tres o cuatro veces más
y más rápido.
Mis poderes se multiplican tras cada nuevo error.
Acción. Re-acción.
Equivocación. Re-evolución.
Me he estado confundiendo
buscando entre tan limitados seres,
cuando quizá
la respuesta estaba un poquito más allá.
Siento una extraña convulsión en mi estómago
y de pronto
un último mensaje llega a mis labios,
desde las cenizas de aquello que he devorado:
“Return to be a child again”.
I say it to myself without being able to control my own words.
No. I cannot.
I’m not innocent.
I cannot be innocent.
My soul is too ancient.
It’s older than the fucking Devil.
It’s still older than the fucking Christian God.
I’m not innocent,
but less guilty than innocent, that’s for sure.
“Return to be a child again”.
How?
“A blue-winged angel will help you”.
XXI
- Hola.
- Hola, Rabya, qué agradable sorpresa volver a oír tu voz.
- Por el mensaje que dejaste en mi dormitorio, presumo que se te hizo corta la despedida.
- La verdad es que sí, se me hizo corta.
- A mí también.
- Pues cuando quieras lo acabamos.
- Pues acabémoslo esta noche.
En mi profesión es bastante usual
que sea la mujer la que lleva la iniciativa sexual.
Es como si la iniciativa sexual
viniera automáticamente incluida
en las poco discretas tasas del servicio.
El cliente es exigente.
Además de un indispensable atractivo físico,
demanda experiencia, habilidad e intuición,
que le garanticen satisfacción.
Sexo y dinero.
¿Quién mueve a quién?
En realidad significan la misma cosa: poder.
Flavio Briatore lo sabe.
Traci Lords lo sabe.
Y yo.
Si ahora el sexo extralaboral
estaba cobrando tanta relevancia en mi vida
era, precisamente, para equilibrar.
Yo también tenía la necesidad
de guías hábiles y experimentados
que me supieran proporcionar placer.
Yo también tenía la necesidad
de cuerpos y rostros atractivos
que potenciaran mi deseo,
que alimentaran mi insaciable ego.
Y contaba con lo más importante:
predisposición.
Lo cierto es que los vampiros
somos seres profundamente nostálgicos.
Los vampiros anhelamos volver a ser humanos
en el fondo de nuestros gélidos corazones.
Pasamos todo nuestro purgatorio
añorando volver a sentir emociones humanas.
Los vampiros somos unos románticos empedernidos.
Aquel hombre llegó a mí
en una fecha doblemente satánica de 2011.
A esa hora en que las brujas
empiezan a lubricar los palos de sus escobas
con lisérgicas sustancias
extraídas de raices mágicas,
lomos de sapo y dientes de serpiente,
que después frotan contra sus sexos
para echar a “volar”.
Prácticas que,
como bien sabemos,
están penalizadas con la caza y hoguera
por los Justicieros del Señor.
En realidad, los Justicieros del Señor
cazan y queman brujas
porque su religión de mierda no les permite
lamer sus lisérgicos coños,
que es lo que realmente desean.
Aquel hombre llegó a mí
en el momento más apropiado,
con el único cometido de complacerme tenazmente,
como confirmaba la húmeda lava transparente
que me resbalaba muslos abajo,
mientras aquel hermoso engendro
me empalaba con su cálida carne
en el borde de la mesa del salón.
Los dedos de mis pies apenas tocaban suelo, y no,
al compás del tempestuoso balanceo
que sus caderas imperaban.
Mi cerebro empezó a sentirse como anestesiado.
Mi mente se vaciaba a cada instante,
sumergiéndose en el suave placer que
estratégicamente
me proporcionaba aquel arcángel infiel,
dibujando rígidamente
la más sublime poesía
en mi interior.
La lava me llegaba ya por las rodillas
y lo empapaba del todo a él.
Mi mente seguía en blanco,
como volando.
Tan sólo dos palabras
se alternaban lejanas en mis pensamientos:
dentro – fuera.
Cuanto más simplificaba mi mente
más se intensificaba el placer,
hasta que empezó a confundirse con el dolor,
cuando mi servicial anticristo
se puso repentinamente muy violento abajo,
en nuestro íntimo beso descarnado.
Como mi sistema nervioso periférico
está algo deteriorado,
a veces me resulta bastante dificultoso
separar las sensaciones de dolor y placer.
Su masculina agresividad
me inspiraba un enorme placer,
contrarrestando en mi cerebro el dolor físico
que su polla se esforzaba en asestarme.
dentro – fuera
dolor – placer
bueno – malo
hombre – mujer
Todos los dualismos se fundieron magistralmente
justo en el momento de sentir
la expectante tensión
y posterior temblororsa explosión
que me invadió en el orgasmo,
al que siguieron otros tantos.
Me di cuenta de que había perdido totalmente el control
cuando sentí unos nerviosos dedos sobre mi boca,
luchando por acallar los estridentes aullidos
que empezaron a escaparse de mi garganta.
Algo en lo más profundo de mi ser
se veía al fin consumado.
Como diría aquel:
“Venganza” no es la palabra adecuada,
pero es la primera palabra que viene a la mente.
XX
Mi preciosa mata de barba rubia
había comenzado a debilitarse y engrisecer
paulatinamente.
Hasta que una mañana,
al despertar,
pasé mi mano por ella,
acariciándola,
y los mechones de pelo
empezaron a desprenderse de mi piel
como si nada.
Sin esfuerzo ni dolor.
La serenidad
había desaparecido de mi alma
tal y como vino.
Y con ella,
mi don.
Sin embargo,
cuando volví a ver el reflejo de mi cara,
mi mentón y mi cuello desnudos,
me resultaron especialmente apetecibles.
Mi misión en este mundo es complacer al hombre.
Complacerlo,
succionar su esencia vital
y después matarlo.
Si hubiese nacido hombre
habría sido el mayor Don Juan de la historia,
pero como nací mujer…
mi título se reduce a superputón.
El ansia de sangre y semen
volvía a mí con un vigor desquiciante.
El ansia de vivir intensamente
se incendiaba en mis ojos vampíricos,
mientras todos morían a mi alrededor.
Todos morían por y para mí,
como es justo y necesario.
Algunos,
de inanición intelectual o espiritual.
Otros,
enamorados de aburridas rutinas.
Otros tantos,
derrotados en miserias ficticias.
Había quienes morían
disueltos en el flujo social,
o infectados
por mis múltiples sidas.
Y también había muchos otros
que morían a manos del cruel olvido,
o la desatención.
Todos aquellos fantasmas
pasaban sin pena ni gloria por mi vida,
excepto por el pequeño detalle
de que sus esquemáticas y grises vidas
llenaban de vibrantes colores la mía.
El sexo extralaboral
se estaba apoderando de toda mi energía.
Lo cual no era nada práctico.
Una romántica idea
me estaba distrayendo
de mis demoníacos quehaceres:
si una determinada cualidad
en una determinada persona
había podido activar así mi interés,
despertar mi pasión,
avivar mi ingenio,
aportarme algún tipo de conocimiento,
hacerme sentir humana y real,
de carne y hueso;
Si una determinada cualidad
en una determinada persona
me había brindado una mínima experiencia,
confianza, seguridad, sinceridad,
entendimiento y comprensión,
de una forma tan natural y sencilla,
entonces
no era tan descabellado el pensar
que en algún lugar del vasto universo
pudiera hallarse otro de mi especie,
que las reuniera todas.
De cualquier manera,
daba igual lo que hiciera o dejara de hacer.
Yo no podía ser buena.
Nunca podría ser buena,
por el mero hecho
de que mi concepto de bondad
se proyectaba en el resto de humanos
como todo lo contrario.
Así que…
A tomar por culo.
Aquel hombre necesitaba un huequito cálido donde anidar.
Y yo lo tenía.
Yo tenía el huequito más jodidamente cálido
que nunca nadie podría imaginar.
Entre mis sedientos muslos
se encontraba
la puta entrada al fuego del averno.
XIX
“Sé buena, Rabya”.
Vaya chorrada.
¿Qué coño quería decir con eso?
Si quería que fuera buena,
quería que no lo llamase,
porque llamándolo,
perjudicaba sin duda su relación conyugal,
por una parte,
y por otra,
lo perjudicaba a él directamente,
(aunque esto él no lo sabía).
En el mejor de los casos,
acabaría arrancándole la cabeza a bocados
mientras me estuviera copulando,
al más puro estilo mantis religiosa.
Sólo de pensarlo se me hace la boca agua.
“Sé buena, Rabya”.
Sin embargo,
ese imperativo
me instaba a hacer algo,
y no llamarlo,
que yo sepa,
era no hacer nada.
¿Por qué querría alguién
que me conoce tan superficialmente
darme un consejo moral bienintencionado
sin querer nada a cambio?
Sin olvidar
que lo último que yo había hecho
antes de comentar él aquello
era apretarme a su cuerpo
con exacta intensidad
con que su cuerpo se apretaba al mío.
“Sé buena, Rabya”.
Esto ya no era sexo.
Era comunicación.
Y en cuanto a la comunicación entre humanos,
yo me pierdo.
Recuerdo haber empleado esa expresión
cuando era más joven y otra persona,
con mis parejas,
en las separaciones;
“Sé bueno”,
como “No me engañes” o “Seme fiel”,
pero en este caso,
esa posibilidad era impensable.
Quizá la situación le evocó
el mismo tipo de sensación a él
y aquellas palabras
fueron el fruto de una especie de acto reflejo.
O quizá iban cargadas de cinismo
y lo que realmente querían decir era:
“Sé mala, búscame”.
Incluso cabe la amplia posibilidad
de ser una frase sin ningún significado,
escogida al azar
de algún bodrio cinematográfico
que hubiera visto recientemente
o muchas veces,
por ejemplo.
Dicen que la explicación más sencilla
es la más probable,
pero
¿cuál es la explicación más sencilla
en este caso?
¿Y cuál es la probabilidad realmente?
¿Y si se me estaba escapando alguna posibilidad?
Seguramente,
éste hubiera sido el fin de mis divagaciones
si esa misma noche,
en la mesilla de mi dormitorio,
no hubiera encontrado un pequeño trozo de papel
en el que había escrito en lapicero:
“Sé buena, Rabya”.
XVIII
Es curiosa la manera
en que el subconsciente manipula
nuestra imaginación a su antojo,
absolviéndonos,
automáticamente,
de toda culpa
en la ingenuidad de nuestro consciente.
Saber que aquel semi-desconocido era padre
despertó en mí cierta ternura
que ningún otro padre
me había despertado jamás antes.
Me sorprendí a mí misma
buscando el contacto de su cuerpo,
de una forma casi adolescente,
cuando,
amistosamente,
extendía su brazo tatuado,
de marinero follador,
para recoger mis hombros en un abrazo.
Y cuando deslizaba su mano,
bajo mi cabello,
masajeando con sus dedos mi nuca,
yo me entregaba,
mansamente,
adivinando en su mirada
un mensaje sobrecogedor:
“Déjame enredarme por siempre
en los preciosos mechones
de tu interminable barba”.
Por un momento
quise dejar de sentirme adulta y racional,
invencible e independiente,
y decirle:
“Cuídame, mímame.
Ya no tengo nada que enseñar.
Ahora quiero que me enseñen.
Cambia la percepción de mi mundo.
Humanízame de nuevo”.
Pero no lo hice, no.
A veces,
tus ojos intentan transmitir un mensaje,
pero el cerebro del receptor
interpretará lo que le salga de los cojones,
que fácilmente
puede ser todo lo contrario.
Toda la fe que me queda,
se limita a la química.
La química de tenerlo a mi lado,
paseando por el corredor,
y sentir su mano
acariciando mi cintura
hasta abarcar,
con sus dedos,
mi vientre impreñable,
y notar la presión
de su mano abierta y caliente,
prometiéndome todo lo contrario.
El amor de los amores
hervía dentro de mí
por aquel maestro de la pulsión.
De alguna manera nos parecíamos.
Estábamos a años luz,
pero en lo básico
éramos cómplices perfectos;
nuestro intenso amor por el sexo.
Mi amor
por la naturalidad del suyo.
El suyo
por los oscuros misterios del mío.
Un día,
tras la jornada laboral,
incluso nos fuimos a tomar algo por ahí.
Nos deshinibimos un poco todos,
bebiendo y fumando porros.
Pero él no dejaba de pensar en la coca que no tenía.
Esa noche
le permití besarme en la boca
y acariciarme la barba públicamente
y luego,
a escondidas,
también le acogí un beso menos formal
y una caricia algo más íntima.
Llegó el último día
y todo se estaba terminando
en manos de una extraña inercia
que parecía llevarnos a actuar
de alguna forma predeterminada socialmente
y que empezaba a resolverse
en insatisfacción para ambos,
pero sobretodo para mí.
Nos estábamos despidiendo
y noté las miradas indiscretas de los demás.
Él también las notó.
No nos pudimos besar,
así que nos abrazamos.
Tan estrechamente
que pude notar cada músculo y hueso de su cuerpo
amoldándose correspondientemente al mío.
Sentí que me besaba el cuello
y me susurraba al oído:
“Sé buena, Rabya”.
XVII
Se acercaba el verano.
En esta ciudad,
no es difícil alcanzar los 40º
en plena canícula.
En el estío
la libido se me vuelve loquísima
y estoy más activa de lo normal.
El caso
es que se me había estropeado
la instalación de aire acondicionado
y quería tenerla reparada
antes de que empezara a apretar fuerte el calor.
Las reparaciones durarían
al menos 7 ó 9 días.
Algunos amigos y vecinos
se ofrecieron a acogerme en sus casas,
para que no tuviera que sufrir
las incomodidades de la obra,
pero yo tenía intención de supervisar,
personalmente,
todo lo que se fuera a hacer
en mi dulce y solitario hogar.
De ahí que,
inevitablemente,
empezara a tratar regularmente
con el encargado del proyecto en cuestión.
Como le pedí,
me mantenía informada
de cada movimiento que tuviera pensado hacer
y me explicaba,
con todo detalle,
las modificaciones que podía sufrir
cada habitación
con las nuevas reformas.
Empecé a percibir cómo,
cuando hablábamos,
se quedaba embelesado
mirando mi dorada y suave barba,
y cuando conseguía reaccionar,
subía su mirada hasta la mía
y me sonreía pícaramente.
Sé que otros empleados
también la miraban
de reojillo, marujonamente,
pero él me sonreía de una forma
muy intencionada y casi desafiante,
diría yo.
Cosa que llamó poderosamente mi atención,
puesto que no es muy habitual
que un hombre se me muestre desafiante.
A medida que fueron pasando los días
me fui acostumbrarlo a verlo por allí,
bajo mi propio techo.
Me fui acostumbrando
a saludarlo por las mañanas,
a buscarlo con la mirada
cuando lo perdía de vista,
a ofrecerle algo fresco
cuando lo veía sudar,
a aceptarle un cigarro,
a invitarle yo a otro,
a encendérselo para que me sujetara la mano,
a sus bromas sexualmente condescendientes
de hombre infelizmente casado,
pero experimentado
y embaucador.
A corresponder sus miradas,
sus sonrisas,
a sus comentarios jocosos
acerca del color de mi barba,
a provocarlos,
a provocarlo,
a dejar que me provocara.
Hasta que se creó entre nosotros
una dinámica de flirteo
que a nadie pasaba ya desapercibida
y que sólo podía acabar
en encontronazo sexual
o alguna estúpida obsesión que,
ahora mismo,
rechazábamos los dos.
Él tenía familia
y yo era una puta asesina.
Pero sabía moverse
en el sofisticado mundo de la seducción.
No me importaba
si lo que albergaban su cerebro y su mente
era o no de mi agrado.
Me daba igual.
Mi nuevo instinto
también requería experiencia,
pero ahora
requería la experiencia
de aquellas manos ajadas
dibujando su historia sobre mi piel.
XVI
Todo lo que respiro
está impregnado de sexo.
El sexo,
el amor de los amores.
El amor a la naturaleza del hombre,
el sexo.
Aún en los momentos de mayor calma,
ahí sigue,
latente,
esperando despertar de nuevo.
El subconsciente,
invadido totalmente
por sexo.
En el cine y la televisión,
inyecciones de sexo.
El arte, supersexo.
Consumidores de pornografía,
más y más sexo.
El rey de las etiquetas
en los buscadores de internet: SEXO.
Hipócritas y pretenciosas mentalidades occidentales,
sedadas y gobernadas absolutamente
por el más puro sexo.
“Rabya,
tienes que ser más selectiva.
No puedo, no puedo.
Sexo, sexo, sexo”.
El sexo no entiende de comunicación.
Es amor en estado salvaje.
Necesitaba re-conocer el sexo
bajo este nuevo entendimiento
que venía acompañando mi nuevo aspecto.
Necesitaba urgentemente explorar
las nuevas capacidades sensuales,
emocionales e instintivas
que tan repentinamente
habían florecido en mí
con la llegada de mi celestial barba.
Necesitaba follar sin matar,
el erotismo de sentir afecto
por la cálida carne
que estaba consumiendo.
Y lo que necesitaba
no podía encontrarlo entre mis viejos clientes,
puesto que ya estaban
más muertos que vivos.
Ni tenía sentido buscarlo en un completo extraño
del que no conociera alguna peculiaridad
a la que pudiera hacerme adicta.
Necesitaba un semi-desconocido
del que no supiera tanto
como para despreciarlo,
pero sí lo suficiente
como para tener el impulso
de querer saber más.
Por primera vez,
en mucho tiempo,
me sentí como si llevara años sin follar,
como si volviera de un peregrinaje espiritual
que finalmente
había comenzado a dar sus frutos.
Mantenía mi instinto sexual intacto;
mi instinto asesino,
sin embargo,
parecía haber disminuído.
Lo que aquel tupido apéndice
me estaba ofreciendo,
además de serenidad,
era la sensualidad de un nuevo juego.
XV
Aquella mañana al despertar,
una agradable sensación de armonía y equilibrio
me invadió por completo.
Ningún recuerdo,
ningún nombre,
ningún rostro,
ninguna vivencia pasada
acompañó mi despertar.
Sólo calma
y una inconmensurable ola de serenidad
recorriendo mi mente,
y también mi cuerpo.
Me estiré sobre la cama,
arqueando el pecho
hasta superar la altura de mis ojos,
y entonces vi “aquello”.
Desde mi regreso
no había dejado de sufrir
continuas transformaciones.
Que fueran fruto de una evolución
o de una involución
carecía de importancia.
No podía dejar de cambiar.
Y aquello que contemplaban ahora
mis ojos estupefactos
era la prueba fehaciente
de una auténtica mutación.
Rápidamente salté de la cama
y me coloqué delante del espejo.
No podía salir del asombro.
No podía creer lo que estaba viendo ante el espejo.
Una hermosa,
sedosa
y larga barba rubia
había nacido de mi cara.
Era increíble,
deliciosamente bella.
Si me hubiesen nacido alas o colmillos
no me habría asemejado más a un ángel.
Aquella suave barba
se extendía desde mi mentón,
cayendo graciosamente entre mis senos,
y acabando en un ondulado mechón,
justo a la altura de mi pubis,
donde contrastaba atrevidamente
con el escaso vello oscuro
que revestía mi sexo.
Tenía que compartir aquello sin más demora.
Iba a vestirme
para lanzarme a la calle,
cuando me di cuenta de que “aquello”
sólo podía lucirse debidamente
en la más completa desnudez.
Ponerme cualquier tipo de prenda
enturbiaría la belleza natural
de aquella cascada rubia
que se vertía por entre mis pechos.
Me sentía
como una Lady Godiva postmodernista,
que a falta de caballo en el que montar,
se apañó a lomos de la BMW “prestada”
del hijo del vecino,
el notario cabrón,
para recorrer la ciudad.
Que mi mente resultara un engendro
para el resto del mundo
no dejaba de ser algo inmaterial,
al fin y al cabo.
Pero ahora
existía una prueba física
que me convertía
en un auténtico engendro sensorial.
Hubo quienes me veían
como pasto de algún circo
(bajo su propia visión despectiva del circo,
claro está),
los mismos
que fingían no percibir mi esplendorosa barba.
Quizá hubo también
quien realmente no la podía ver…
Pero cualquier persona,
con un mínimo de sensibilidad estética,
podía verla,
sin duda.
Lo leía en sus ojos con total claridad,
y era ciertamente gratificante,
porque aquellas personas
me transmitían vítreamente un mensaje:
“La paz de Dios esté con tu barba”.
Y entonces no pude parar.
Quería compartir aquello con más y más gente.
Pero no con intención vanidosa
o condescendiente,
sino con la certeza
de que aquellos que podían disfrutar de mi barba
podían sentir la misma paz y serenidad
que emanaba de ella.
Aquellos que fingían no ver mi barba
o se reían de ella,
al poco tiempo
salían con un postizo a la calle
y empezaban a gritar:
¡Miradme, miradme! ¡Me ha salido barba!
XIV
Y el hombre le habló a la mujer:
“- Sométete, mujer.
Él nos dictó unas normas que yo te haré obedecer.
De ninguna manera te alzarás contra la voluntad del hombre.
De ninguna manera eclipsarás al hombre.
No brillarás más que el hombre.
No aprenderás más que el hombre.
No sabrás más que el hombre.
Y sobretodo, y de ninguna manera,
tendrás un instinto sexual superior al del hombre.
Mujer, el hombre será tu maestro,
tu tutor y tu guía.
Todo lo que tengas que conocer,
lo conocerás a través del hombre.
El hombre te enseñará el camino a complacerlo.
No pienses. No seas, y entonces tendrás el amor del hombre.
El hombre te creará a su imagen y semejanza
y a la de Él, que es la ley y el poder.
El hombre te mostrará cómo has de ser,
cómo has de actuar,
cómo has de comportarte,
cómo has de sentir y de mostrarle amor.
Sufrirás por el hombre.
Te arrastrarás a los pies del hombre.
Dependerás del hombre.
No serás, nada, sin el hombre.
No pienses. No seas, y entonces tendrás el amor del hombre.”
Y la mujer le habló al hombre:
“- No puedes darme ni quitarme el amor del hombre,
porque el amor del hombre no existiría
si la mujer no lo hubiera puesto en sus labios por primera vez.
No, hombre, no me someteré por algo que no existe.
No, hombre, no te concederé méritos que no te corresponden.
Los dos nacimos del mismo barro,
tuvimos las mismas oportunidades,
pero mientras la mujer las aprovechaba
el hombre se dedicaba a lamerle el culo a su patético dios de mierda.
No, hombre, no hay nada que puedas darme ni quitarme”.
El hombre replicó a la mujer:
“- Entonces el hombre le pedirá a Él una nueva mujer que no sea de barro,
sino extraída de su propia materia.
Una mujer de esencia miserable e infantil,
para que el hombre pueda someterla y así poblar la tierra”.
La mujer calló, desplegó sus enormes alas blancas y voló lejos.
El hombre pobló la tierra de debilidad,
sumisión y muerte.
…Y Lilith
se folló a todos los descendientes del hombre,
por los siglos de los siglos…
Amen.
XIII
“Érase una vez
una rebelde princesita
a la que mucho le gustaba
frecuentar el castillo del reino vecino,
gobernado por un apuesto príncipe
con el que mantenía una relación romántica.
Su padre
había intentado domarla
de todas las formas posibles,
pero la princesita
hacía lo que le daba la gana.
Ignoraba las palabras de sus mayores,
que hace ya tiempo
estaban en conflicto político
con el reino vecino,
y se sentía enamorada e inmortal.
Como tantos otros atardeceres,
se dirigió al castillo de su amante
en busca de calor y morbo.
Una vez allí,
fue dirigida a los aposentos reales,
que ya bien conocía,
donde el mismo príncipe la recibió.
El virtuoso joven
la estrechó en un abrazo,
la besó cálidamente
y la invitó a su alcoba,
donde ambos
se desprendieron de toda ropa.
Dos humanos desnudos,
como tú y como yo.
La única realidad del mundo
se desarrollaba entre aquellas cuatro paredes.
Se besaban erguidos,
acariciándose las espaldas,
incendiándose poco a poco internamente.
El príncipe,
aún deleitándose en los labios
de su dulce acompañante,
deslizó sus dedos
a lo largo de la femenina columna vertebral,
haciéndola vibrar placenteramente.
En la parte alta de la espalda
abrió su mano
y la sujetó fuerte por la nuca.
Sus ojos se cruzaron por última vez
en una caricia líquida.
La puso contra la pared,
golpeándola ligeramente con la bonita cara.
Se llevó los dedos a la boca,
los humedeció con saliva
y los introdujo en el culo de la princesita.
No debió de lubricarlos lo suficiente,
ya que la princesita
se quejó de forma contenida.
- ¿Te duele?- Preguntó él.
- Un poco – Contestó ella, diplomática, como siempre.
Él continuó penetrando el azul culito
con sus azules dedos,
para en seguida reemplazarlos
por su real pollón azul.
La princesita
se retorció y le dió un codazo.
Ahora sí que le había hecho realmente daño.
Él la inmovilizó
con sus protectores brazos,
besándole cariñosamente el cuello,
y siguió penetrándola via rectal.
La princesita musitó: “Nononononononono…”.
El principito susurró: “Sisisisisisisisisisisisisi…”.
XII
No puedo concebir hijos.
No puedo desarrollar ninguna enfermedad sexual,
aunque mucho me temo
que habré contraído
todas las habidas y por haber
en el mundo occidental.
Es sorprendente
lo complicado que resulta
que un hombre
use protección motu proprio.
Y es algo que no atiende
a educación o estatus alguno.
Si bien mis clientes,
puesto que me conocen por mi profesión,
suelen preservarse pertinentemente,
y no todos,
mis aventuras esporádicas
se dejan arrastrar fácilmente
por la pasión y fiabilidad
que inspiran mi saludable aspecto.
Y es que
sana estoy.
Pero también llena de enfermedades
que sólo otros pueden padecer.
Así que creedme
cuando digo que mato,
aunque no hable de los muertos,
y conozca cientos de formas de matar.
¿Aún no he mencionado
lo mucho que me gusta contar cuentos?
XI
Si mi historia siguiese un patrón,
posiblemente ahora
os tendría que relatar una nueva escena
de sexo asesino.
El caso es que soy tan dispersa
como los sucesos
que han ido trazando mi vida.
Y me gustaría dejar constancia
de esta condición;
de esta persistente dispersión mía,
porque
si mi concepción del mundo
fuera similar
a la del resto de seres humanos
entendería que mi sentido del orden
se correspondiera
con el del resto de seres humanos.
Pero no es así.
El solo acto de intentar comunicarme
con el resto de humanos
mediante un lenguaje
tan limitado como este
me condena,
de hecho,
al irremediable error,
cosa que,
por otra parte y a estas alturas,
me importa ya bien poco.
Perdido el miedo a la soledad,
la esperanza,
la conciencia y la moral,
sólo me queda una cosa:
libertad.
Si hubiera nacido hace dos mil años,
me habrían crucificado.
Si hubiera nacido hace quinientos,
me habrían quemado en la hoguera.
Por eso me veo en el deber de aprovechar.
Y llegados a este punto,
espero que no estéis aquí
solo por el sexo
y la violencia,
porque inmediatamente dejaré de follar,
o peor,
de matar.
X
Me he dado cuenta de que,
desde mi regreso,
no sueño.
Apenas recuerdo qué es soñar.
Recuerdo despertarme
a punto de morir de miedo.
O haber tenido agradables sueños,
llenos de erotismo y sexo,
con hombres
de los que alguna vez me enamoré,
con mujeres
a las que sabía perfectamente
cómo complacer.
Recuerdo haber conducido y volado.
Recuerdo haber soñado con sitios,
con personas, con el diablo…
La esperanza.
Esa siniestra enemiga.
El peor de los males.
…Y la cacho zorra de Pandora
les gritó a los hombres:
“No está todo perdido.
No está todo perdido”.
Esto
después de haber liberado la enfermedad,
la locura, la crueldad,
el dolor, el odio, el vicio,
la pobreza, el crimen, la guerra,
la muerte,
la ignorancia…
Parece ser que en toda cultura que se precie,
siempre será la mujer
la culpable de la caída del hombre.
(Eva, no te olvidamos.)
Excepto en la mía,
que sucede al revés.
En las historias tradicionales,
escritas por hombres,
el hombre siempre peca de inocente
ante la mujer,
pero la ignorancia
es uno de los más perversos males.
Y entre la inocencia y la ignorancia
no hay demasiada diferencia.
Quédate quieto,
esperando,
y verás venir tu propia muerte,
como yo la vi.
Esperando…
Un cambio, una oportunidad,
una reacción, una evolución,
un milagro…
Algo que jamás llegará.
Y fuerzas tu fe un poquito más.
Hasta que caes en la desesperanza,
que en realidad
no es contraria a la esperanza,
a pesar de que etimológicamente se insinúe,
sino más bien un refuerzo de ésta.
Porque la esperanza volverá,
con sus más negros ojos,
atrapándote
en su insondable océano
de apacibilidad.
Y de nuevo,
la desesperanza,
cada vez más dolorosa.
Y nuevamente una esperanza sin precedentes,
apoteósica.
Seguida de una desesperanza aún mayor.
Lo contrario de esperar no es desesperar,
sino actuar.
Te lleve donde te lleve.
Esperar es dejar tu vida en manos ajenas,
en acontecimientos fortuitos.
Actuar es no dejar tu vida en manos ajenas,
en acontecimientos fortuitos.
IX
Yo nací inocente,
como todo el mundo.
Probablemente,
esa inocencia empezó a desvanecerse
a partir de mi primer contacto
con la soledad,
hace mucho mucho tiempo.
Puede que veinte años,
puede que más.
Ahora tengo treinta y tres,
como Cristo cuando volvió a nacer.
Recuerdo
que en un principio
intenté huir de la soledad,
porque me resultó terrorífica,
puesto que socialmente
me acondicionaron a temer a la soledad
como al peor de los fracasos.
Y más o menos es lo que sentí.
Así me encontré ante la alternativa
de enfrentarme a la soledad
o mendigar compañía.
Intenté lo segundo,
pero se me dió fatal,
con que,
finalmente,
decidí enfrentarme a la soledad.
Fue una dura batalla,
y aunque nunca conseguí vencer a la soledad,
dejé de temerla,
lo que me aportó una libertad
desconocida hasta el momento.
Y fue en soledad
donde encontré algo
tan vital para mí,
a día de hoy,
como es la identidad.
Es curioso el magnetismo social
que consigue una persona
que ha perdido el miedo a la soledad;
un librejodedor.
Porque,
qué somos,
sino lo que los demás ven de nosotros,
lo que los demás opinan de nosotros,
lo que los demás hacen de nosotros.
Somos amados u odiados
sobre la base de lo que los demás saben de nosotros.
Somos un resumen
de lo que deciden los otros.
Sin embargo,
existe una pequeña o gran porción
de cada uno
que los demás siempre desconocerán.
Y, precisamente,
en ese desconocimiento
se encuentra la clave
que pueda alterar todo el criterio
que tenemos de una persona.
Quizá entonces no seamos simplemente
lo que somos para los demás.
Quizá seamos algo más,
al margen del resto del mundo.
¿Quizá pura energía?
No sé, no sé…
¿Puro amor…?
¿Puro odio, tal vez…?
Quizá uno en soledad no sea nada,
sólo un vacío.
Quizá haya quien no tenga identidad
y sólo pueda extraerla de los demás.
Quizá uno nunca haya tenido que enfrentarse
a la soledad
y viva como en un sueño
de ignorancia o felicidad.
O quizá uno haya decidido huir por siempre
de la soledad,
y no enfrentarse nunca a ella;
pasándose el resto de su vida huyendo,
girando en una espiral,
buscando un agujero por el que escapar,
sin saber a dónde,
sin saber de qué.
Eternamente preso de un miedo
tan poderoso
que condiciona su vida,
sus ideales,
sus gustos,
incluso sus sentimientos.
Pero lo que puedo asegurar es que
el librepensador-librefollador,
sólo puede nacer en soledad.
La soledad devoró mi inocencia,
me inseminó de culpa,
me tentó a pensar,
me obligó a encontrar.
Yo nací inocente,
como todo el mundo,
pero me duró muy poco tiempo.
VIII
Tras un encuentro sexual
tan sumamente satisfactorio
como el de esta noche
me gusta ir al cementerio a hacer fotos.
Se necesita un permiso especial,
por eso voy de noche.
Me convierto en niebla
y me cuelo por entre las verjas.
(Es broma,
pero sí que me cuelo.)
Hago fotos de los mármoles y piedras
que decoran los nichos.
Vírgenes y ángeles inmaculados
que posteriormente
retoco digitalmente en el ordenador.
Inspiración…
Oh, Dios!,
quiero una foto en infrarrojos
de la mismísima Piedad
llorando brea.
Quiero recoger en un instante
lo que ese chico me ha hecho sentir esta noche.
Era algo más joven que mi clientela habitual,
ya que ésta suele estar limitada
a señores de mediana edad,
acomodados,
con un gran instinto familiar
y algunas posesiones inmuebles de más.
Y también algo más joven
que el resto de mis presas en general,
puesto que la exigencia primordial
es experiencia y conocimiento.
Algo que me nutra de verdad.
Pero había olvidado
lo sabroso que resulta también
el apasionado sentimiento
de un joven semental.
Pues resulta que aquel chico
había sufrido un desengaño amoroso
tras un par de años de relación,
masivamente sexual,
con alguna jovencita viciosa.
Digamos que estaba sufriendo
una especie de síndrome de abstinencia.
Como no podía satisfacer su necesidad
donde solía hacerlo,
decidió buscar un sucedáneo,
y se encontró conmigo.
(Si hubiera sabido el precio
que suele pagarse por mis servicios…)
Y fue realmente bueno.
Podía leer en su mente
como en un libro abierto de par en par.
Sentí todo su odio
penetrando hasta lo más profundo
de mi absorbente ser.
Su odio porque yo no era ella,
porque no podía sentir conmigo
lo mismo que con ella.
Su odio hacia sí mismo porque,
cuanto más me miraba,
más cachondo se ponía
y porque sabía
que yo lo estaba disfrutando en su totalidad,
como una auténtica perra del Infierno.
Yo no podía dejar de violar
su alma confundida,
mientras él
no podía dejar de follarme
como un desesperado.
Y el Cielo se abrió,
bañándonos de luz.
Vi al Diablo.
Vi a todos los demás ángeles del Señor.
Y ya en el momento álgido,
es decir,
cuando se corría
(yo ya lo había hecho dos veces)
no pude evitarlo
y estallé en un ataque de risa,
estridente y sobrecogedor.
Empecé a reírme como una bruja loca
hasta que él comenzó a llorar
amargamente,
tras haberme llorado tanto,
hacía nada,
tan adentro…
Inmediatamente
lo acerqué a mis labios
y alivié soberanamente
todo su dolor.
VII
Hay estados mentales
que son una tortura insufrible.
Hay estados mentales tan dolorosos
que la muerte se presenta como un alivio.
La vida pierde todos los alicientes y,
al fin y al cabo,
¿qué es la muerte,
sino un estado alternativo a la vida?
Así que no seré yo
quien juzgue al que decide aliviar su sufrimiento,
puesto que es lícito,
e incluso funcional.
Pero no me extorsionéis
con vuestros patéticos suicidios
de mierda moderna.
Hacedlo,
si queréis,
pero hacedlo en silencio,
para que al menos sea bello.
¿Cómo pueden suicidarse
quienes ya están muertos?
Hay estados mentales aún más perversos.
La locura puede robarte la imaginación,
y no poder hacer nada contra ello.
Entonces,
tu mente se convierte en un océano,
desolado y hermoso,
al que no se puede acceder.
Hoy,
mis últimas reminiscencias emocionales
fluyen con la tristeza de aquellos
que siguen amando mentes,
que un día fueron compañía,
y acabaron en el destierro
y la eterna soledad de la locura.
Pero también puedes ceder
tu imaginación a la locura,
por un tiempo,
aunque luego pueda ser complicado
recuperarla de ella.
Sólo por medio de la fuerza,
la voluntad,
la curiosidad y la paciencia
es posible asomarse
a un nivel mínimo de consciencia.
Y una vez has atravesado esa barrera,
que ni podías concebir,
no hay vuelta atrás.
Te enamoras de la vida.
Es un proceso evolutivo.
El único inconveniente
de adquirir cierta consciencia
es que,
cada paso hacia ella
conlleva irremediablemente sufrimiento.
Sin sufrimiento
no surge la necesidad de encontrar salidas.
Hay muchas personas en este mundo
que no están capacitadas para entender.
Otras muchas entienden,
pero no llegan a procesar completamente
la información recibida.
Esa es responsabilidad del analista…
VI
A la mayoría de depredadores
nos gusta actuar en solitario.
Cautelosa,
como una pantera,
me deslizo en la noche,
toda de negro;
una discreta indumentaria
con la que llamar la atención.
Adoro la aventura de salir sola
a ver qué me encuentro.
Me intento mantener alejada
de la gente vulgar,
puesto que me espanta el aburrimiento
y los ya muertos.
Como ya he dicho,
amo la vida.
Conozco sitios donde encontrar gente
“con una historia detrás”.
Y me da igual
si su historia procede del bien
o del mal.
El regalo de mi vampírico beso
requiere a cambio experiencia,
información y conocimiento.
Conozco sitios,
pero no los frecuento,
así que se me olvidan sus nombres,
aunque recuerdo el camino hasta ellos.
Y caminando instintivamente,
allí acabé.
“El circo de las almas”
puedo leer en un pequeño letrero.
Entro.
Que lo haga sola
ya deja claro que estoy receptiva,
pero me intento mantener también
lo suficientemente altiva,
para evidenciar
que acercarse a mí
requiere cierta categoría.
Me dirijo hacia la barra,
o sea, el expositor.
No veo nada especialmente apetitoso
como para renunciar a mi pose altanera,
así que me siento,
pacientemente,
a esperar.
Un vistazo rápido a mi alrededor
en busca de posibles presas
que están deseando ser muertas
a manos de una diosa del sexo.
Tenemos a un lamentable desesperado al que,
a fin de cuentas,
otro rechazo le va a dar igual.
Tenemos a un tímido payaso narcotizado,
que de pronto se siente
deshinibido e inmortal.
Tenemos a un tipo al que,
misteriosamente,
parece gustarle el local.
(Perdonad que no haga demasiadas descripciones,
pero es que me aburren sobremanera…
“Cuanta más descripción,
más límites para la imaginación”;
ese es mi lema,
y así lo corroboran algunos hechos.
Me gusta ir directa al grano.)
El tipo.
Parece muy seguro de sí mismo.
Eso me gusta.
Tenía la teoría
de que los hombres seguros de sí mismos
lo son debido al generoso tamaño de su pene,
pero me equivoqué vilmente.
De cualquier forma,
el tipo podría tener alguna oportunidad,
si no todas.
Si bien es otro el que se me acerca
el método más eficaz de disuasión
es idolatrar a personajes como Tarkovsky,
Burroughs, Rothko, Witkin…
A los hombres por lo general,
y como machos de una especie,
no les estimula lo suficiente
una mujer más intelectual que ellos.
Herencias griegas subyacentes,
me temo.
Afortunadamente
y, como persona intensamente social que soy,
finjo y miento estupendamente.
Pero en el caso de que el hombre
no mostrara prejuicios,
automáticamente,
pasaría a tener las mismas opciones
que el tipo listo seguro de sí mismo.
Después de todo,
también puede tener su gracia
follar con un desesperado
o un deshinibido.
Y de todas formas,
qué más da,
si sea quien sea
va a acabar empalado
en mis colmillos.
Finalmente,
viene a mí y me habla:
“¿Sabes? Tienes cierto parecido
con una cantante que me fascina…”.
La cuenta atrás ha comenzado.
Ya sé el tipo de mujer que le gusta,
así que se la voy a dar.
A partir de este instante,
cada gesto, cada palabra, cada movimiento
irá destinado a avivar su deseo,
manteniendo siempre
una distancia prudencial
que no le ofrezca garantías
de acercarse a mi sexo.
A mí la situación me excita aún más,
puesto que yo sí tengo la certeza
de que me lo voy a follar.
V
Esta noche la ciudad me espera.
Esta noche,
como tantas otras,
me he cogido fiesta.
Mi jornada laboral
se reduce a cuatro o cinco citas semanales
con “distinguidos caballeros”
de clase alta.
Magnates extranjeros,
en la mayoría de casos,
que se encuentran de visita
o viaje de negocios.
Ni que decir tiene
que estoy especialmente bien relacionada,
lo que me permite ser “autónoma”.
La mayoría de mis amigas
también son putas,
pero de un tipo menos carnal.
También viven en pleno centro.
Esta noche,
esta pútrida ciudad,
con sus pútridos seres nocturnos pululando,
disfrazados de ídolos de moda,
embriagados en feromonas,
colocándose
hasta la más patética imagen de sí mismos
antes de vomitar hiel,
tendrá al menos
una historia original que contar.
Creedme cuando digo que mato,
aunque no hable de los muertos.
IV
Misericordia, clemencia,
caridad, piedad, indulgencia…
Esas cualidades propias de los santos.
Si las pudiera sentir dentro
me harían arder
como un baño de agua sagrada.
¿Cómo podría yo intentar
padecer el dolor de los demás?
Qué innecesario.
¿Por qué Cobain, Curtis o Buckley
no han sido santificados?
La imaginación del paranoide es muy peligrosa.
Como está
especialmente receptivo
a todo tipo de estímulos y señales,
entiende que todos los acontecimientos
que suceden a su alrededor
están influidos por su persona.
Que es causa y efecto de los mismos.
Lo cual le acarrea una fatigosa responsabilidad.
Y aunque,
bajo los baremos convencionales,
su visión sea considerada
como una distorsión de la realidad,
existen algunas teorías que,
de algún modo,
la respaldan.
La imaginación de un psicópata
también es muy peligrosa,
y muy nutrida.
Cuando no mato aprendo.
Aprendo y aprendo y aprendo…
No puedo dejar de aprender.
De todo y de todos.
De lo bueno y de lo malo.
Aprendo tanto
que no puedo asimilarlo todo,
y llega un momento
en el que mi cerebro se queda bloqueado,
como cargando…
cargando…
cargando…
Y cuando vuelvo en mí
me miro en el espejo y me pregunto:
“¿Has sentido dentro la paz del Universo?”.
Mis ojos me confirman que es momento de volver a matar.
III
Hoy me afilaré los colmillos.
He quedado con un tío rico
que ha viajado y sabe latín.
Es superdotado.
Intelectualmente,
se sobreentiende.
Como sabe latín,
conoce perfectamente
las bases de las lenguas romances,
así que,
aunque no habla español,
entiende bastante bien
todo lo que le digo.
De todas formas
solemos hablar en inglés,
porque él es inglés
y porque el inglés
es el idioma universal.
En Marte,
sin ir más lejos,
hablan en inglés.
¿Ves?
Uno puede ser superdotado
e igualmente caer
en las redes de una puta,
que además de sacarle el dinero
lo absorberá todo de su cerebro.
Yo no sé latín,
pero sé que tengo hambre.

II
Me llaman Rabya,
porque soy la Ira y una enfermedad.
Si existiese un Dios,
su Ira sería yo.
Me siento más hombre
que la mayoría de hombres
con los que trato habitualmente.
El mundo se llena
de hombres menguantes,
castrados a manos
de mujeres caducantes,
que no les permiten evolucionar.
Y viceversa.
Y no es que me pese,
puesto que ya no siento lástima
por nada ni por nadie,
pero ¿acaso son el valor,
la honestidad, la fuerza o la lealtad
valores exclusivos del hombre?
¿Son la sensibilidad, la comprensión,
la integridad o la fidelidad
valores exclusivos de la mujer?
Entonces, a lo mejor,
para sentirse una persona completa,
se ha de ser medio hombre
y medio mujer,
y llenarse de lo mejor de cada uno.
Recuerdo haber conseguido llegar a ser así
antes de todo esto…
Puedo ver con total claridad
esa delgada línea roja
que separa el bien del mal,
porque he estado dentro de otras personas.
Porque me he sumergido
en una mente ajena
hasta hacerla mía
y amarla como si fuera la mía propia,
ya que es el único ser
al que puedo amar.
Porque me he reducido o ampliado
al nivel necesario
para empatizar y comprender
otras percepciones
y así tener la opción de elegir
entre:
a) Ser generosa.
b) Aprovecharme de mis putas facultades para succionar todo el material mental e intelectual que mansamente se me ofrece, hasta que mi cabeza reviente.
… Y he elegido b).
I
Soy una puta.
Soy una puta vampira.
Soy una puta y una vampira.
Me gusta la sangre y renacer.
Pero mi faceta vampírica
la iré desentrañando poco a poco,
intentando siempre mantener alrededor
un oportuno halo de misterio,
hasta la última página.
Puta soy por pura vocación.
Por una parte,
no tengo escrúpulos ni conciencia.
Por otra,
soy inteligente y atractiva,
lo que, en este mundillo,
significa poder conseguir bastante pasta
sin excesivo esfuerzo.
Pero la razón más importante
es que me encanta violar mentes
por medio del sexo.
Mi mente es un monstruo muy consciente
del poder que este cuerpo le confiere.
Mi mente es un monstruo, sin más.
No quiso el azar dotar a mi poder
de la correspondiente responsabilidad,
lo que me hace tan increíblemente libre que,
a cada paso que doy,
siento cómo mi corazón se acelera
lleno de entusiasmo.
Amo la vida.
Amo la sangre.
Amo renacer.
Introducción
En llamas las entrañas,
ardiendo por dentro,
con los ojos incendiados hasta la lágrima
y la boca encharcada en saliva.
Un sudor febril resbala hasta el altar,
que se santifica con mi sangre.
El mismísimo Lucifer me está follando.
El rabo del Diablo,
además de descomunal,
tiene otra peculiaridad;
que penetra en ti muy suavemente,
sumergiéndote en un abismo
del placer más absoluto.
Pero al salir…,
de su carne,
se separan unas afiladas escamas
que se van clavando
en las paredes de tu vagina,
desgarrándola al gusto
…de las satánicas embestidas.















