Hope II

 

Publicado en on Abril 30, 2008 at 3:06 pm Dejar un comentario
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X

 

Me he dado cuenta de que,

desde mi regreso,

no sueño.

Apenas recuerdo qué es soñar.

 

Recuerdo despertarme

a punto de morir de miedo.

O haber tenido agradables sueños,

llenos de erotismo y sexo,

con hombres

de los que alguna vez me enamoré,

con mujeres

a las que sabía perfectamente

cómo complacer.

Recuerdo haber conducido y volado.

Recuerdo haber soñado con sitios,

con personas, con el diablo…

 

La esperanza.

Esa siniestra enemiga.

El peor de los males.

…Y la cacho zorra de Pandora

les gritó a los hombres:

“No está todo perdido.

No está todo perdido”.

Esto

después de haber liberado la enfermedad,

la locura, la crueldad,

el dolor, el odio, el vicio,

la pobreza, el crimen, la guerra,

la muerte,

la ignorancia…

 

Parece ser que en toda cultura que se precie,

siempre será la mujer

la culpable de la caída del hombre.

(Eva, no te olvidamos.)

Excepto en la mía,

que sucede al revés.

 

En las historias tradicionales,

escritas por hombres,

el hombre siempre peca de inocente

ante la mujer,

pero la ignorancia

es uno de los más perversos males.

Y entre la inocencia y la ignorancia

no hay demasiada diferencia.

 

Quédate quieto,

esperando,

y verás venir tu propia muerte,

como yo la vi.

Esperando…

Un cambio, una oportunidad,

una reacción, una evolución,

un milagro…

Algo que jamás llegará.

 

Y fuerzas tu fe un poquito más.

Hasta que caes en la desesperanza,

que en realidad

no es contraria a la esperanza,

a pesar de que etimológicamente se insinúe,

sino más bien un refuerzo de ésta.

Porque la esperanza volverá,

con sus más negros ojos,

atrapándote

en su insondable océano

de apacibilidad.

Y de nuevo,

la desesperanza,

cada vez más dolorosa.

Y nuevamente una esperanza sin precedentes,

apoteósica.

Seguida de una desesperanza aún mayor.

 

Lo contrario de esperar no es desesperar,

sino actuar.

Te lleve donde te lleve.

Esperar es dejar tu vida en manos ajenas,

en acontecimientos fortuitos.

Actuar es no dejar tu vida en manos ajenas,

en acontecimientos fortuitos.

 

—Zeppelin Song—

 

Hope

 

Publicado en on Abril 21, 2008 at 2:57 pm Dejar un comentario

IX

 

Yo nací inocente,

como todo el mundo.

 

Probablemente,

esa inocencia empezó a desvanecerse

a partir de mi primer contacto

con la soledad,

hace mucho mucho tiempo.

Puede que veinte años,

puede que más.

 

Ahora tengo treinta y tres,

como Cristo cuando volvió a nacer.

 

Recuerdo

que en un principio

intenté huir de la soledad,

porque me resultó terrorífica,

puesto que socialmente

me acondicionaron a temer a la soledad

como al peor de los fracasos.

Y más o menos es lo que sentí.

 

Así me encontré ante la alternativa

de enfrentarme a la soledad

o mendigar compañía.

 

Intenté lo segundo,

pero se me dió fatal,

con que,

finalmente,

decidí enfrentarme a la soledad.

 

Fue una dura batalla,

y aunque nunca conseguí vencer a la soledad,

dejé de temerla,

lo que me aportó una libertad

desconocida hasta el momento.

 

Y fue en soledad

donde encontré algo

tan vital para mí,

a día de hoy,

como es la identidad.

 

Es curioso el magnetismo social

que consigue una persona

que ha perdido el miedo a la soledad;

un librejodedor.

 

Porque,

qué somos,

sino lo que los demás ven de nosotros,

lo que los demás opinan de nosotros,

lo que los demás hacen de nosotros.

 

Somos amados u odiados

sobre la base de lo que los demás saben de nosotros.

Somos un resumen

de lo que deciden los otros.

 

Sin embargo,

existe una pequeña o gran porción

de cada uno

que los demás siempre desconocerán.

 

Y, precisamente,

en ese desconocimiento

se encuentra la clave

que pueda alterar todo el criterio

que tenemos de una persona.

 

Quizá entonces no seamos simplemente

lo que somos para los demás.

Quizá seamos algo más,

al margen del resto del mundo.

 

¿Quizá pura energía?

No sé, no sé…

¿Puro amor…?

¿Puro odio, tal vez…?

 

Quizá uno en soledad no sea nada,

sólo un vacío.

Quizá haya quien no tenga identidad

y sólo pueda extraerla de los demás.

Quizá uno nunca haya tenido que enfrentarse

a la soledad

y viva como en un sueño

de ignorancia o felicidad.

O quizá uno haya decidido huir por siempre

de la soledad,

y no enfrentarse nunca a ella;

pasándose el resto de su vida huyendo,

girando en una espiral,

buscando un agujero por el que escapar,

sin saber a dónde,

sin saber de qué.

Eternamente preso de un miedo

tan poderoso

que condiciona su vida,

sus ideales,

sus gustos,

incluso sus sentimientos.

  

Pero lo que puedo asegurar es que

el librepensador-librefollador,

sólo puede nacer en soledad.

 

La soledad devoró mi inocencia,

me inseminó de culpa,

me tentó a pensar,

me obligó a encontrar.

 

Yo nací inocente,

como todo el mundo,

pero me duró muy poco tiempo.

 

—Lone Wolf—

 

VIII

 

Tras un encuentro sexual

tan sumamente satisfactorio

 como el de esta noche

 me gusta ir al cementerio a hacer fotos.

 

Se necesita un permiso especial,

 por eso voy de noche.

 Me convierto en niebla

y me cuelo por entre las verjas.

 (Es broma,

pero sí que me cuelo.)

 

Hago fotos de los mármoles y piedras

que decoran los nichos.

 Vírgenes y ángeles inmaculados

 que posteriormente

retoco digitalmente en el ordenador.

 

Inspiración… 

Oh, Dios!,

quiero una foto en infrarrojos

de la mismísima Piedad

llorando brea.

Quiero recoger en un instante

lo que ese chico me ha hecho sentir esta noche.

 

Era algo más joven que mi clientela habitual,

ya que ésta suele estar limitada

a señores de mediana edad,

acomodados,

con un gran instinto familiar

y algunas posesiones inmuebles de más.

 

Y también algo más joven

que el resto de mis presas en general,

puesto que la exigencia primordial

es experiencia y conocimiento.

Algo que me nutra de verdad.

 

Pero había olvidado

lo sabroso que resulta también

el apasionado sentimiento

de un joven semental.

 

Pues resulta que aquel chico

había sufrido un desengaño amoroso

tras un par de años de relación,

masivamente sexual,

con alguna jovencita viciosa.

Digamos que estaba sufriendo

una especie de síndrome de abstinencia.

Como no podía satisfacer su necesidad

donde solía hacerlo,

decidió buscar un sucedáneo,

y se encontró conmigo.

(Si hubiera sabido el precio

que suele pagarse por mis servicios…)

 

Y fue realmente bueno.

Podía leer en su mente

como en un libro abierto de par en par.

Sentí todo su odio

penetrando hasta lo más profundo

de mi absorbente ser.

Su odio porque yo no era ella,

porque no podía sentir conmigo

lo mismo que con ella.

Su odio hacia sí mismo porque,

cuanto más me miraba,

más cachondo se ponía

y porque sabía

que yo lo estaba disfrutando en su totalidad,

como una auténtica perra del Infierno.

 

Yo no podía dejar de violar

su alma confundida,

mientras él

no podía dejar de follarme

como un desesperado.

 

Y el Cielo se abrió,

bañándonos de luz.

Vi al Diablo.

Vi a todos los demás ángeles del Señor.

Y ya en el momento álgido,

es decir,

cuando se corría

(yo ya lo había hecho dos veces)

no pude evitarlo

y estallé en un ataque de risa,

estridente y sobrecogedor.

Empecé a reírme como una bruja loca

hasta que él comenzó a llorar

amargamente,

tras haberme llorado tanto,

hacía nada,

tan adentro…

 

Inmediatamente

lo acerqué a mis labios

y alivié soberanamente

todo su dolor.

 

—Closer—

 

Pietà

 

Publicado en on Abril 11, 2008 at 2:12 pm Dejar un comentario

VII

 

Hay estados mentales

que son una tortura insufrible.

Hay estados mentales tan dolorosos

que la muerte se presenta como un alivio.

La vida pierde todos los alicientes y,

al fin y al cabo,

¿qué es la muerte,

sino un estado alternativo a la vida?

 

Así que no seré yo

quien juzgue al que decide aliviar su sufrimiento,

puesto que es lícito,

e incluso funcional.

Pero no me extorsionéis

con vuestros patéticos suicidios

de mierda moderna.

Hacedlo,

si queréis,

pero hacedlo en silencio,

para que al menos sea bello.

 

¿Cómo pueden suicidarse

quienes ya están muertos?

 

Hay estados mentales aún más perversos.

La locura puede robarte la imaginación,

y no poder hacer nada contra ello.

Entonces,

tu mente se convierte en un océano,

desolado y hermoso,

al que no se puede acceder.

 

Hoy,

mis últimas reminiscencias emocionales

fluyen con la tristeza de aquellos

que siguen amando mentes,

que un día fueron compañía,

y acabaron en el destierro

y la eterna soledad de la locura.

 

Pero también puedes ceder

tu imaginación a la locura,

por un tiempo,

aunque luego pueda ser complicado

recuperarla de ella.

 

Sólo por medio de la fuerza,

la voluntad,

la curiosidad y la paciencia

es posible asomarse

a un nivel mínimo de consciencia.

Y una vez has atravesado esa barrera,

que ni podías concebir,

no hay vuelta atrás.

Te enamoras de la vida.

Es un proceso evolutivo.

El único inconveniente

de adquirir cierta consciencia

es que,

cada paso hacia ella

conlleva irremediablemente sufrimiento.

Sin sufrimiento

no surge la necesidad de encontrar salidas.

 

Hay muchas personas en este mundo

que no están capacitadas para entender.

Otras muchas entienden,

pero no llegan a procesar completamente

la información recibida.

Esa es responsabilidad del analista…

 

—Analyse— 

 

Mirror-eyed

 

Publicado en on at 9:09 am Dejar un comentario

VI

 

A la mayoría de depredadores

nos gusta actuar en solitario.

 

Cautelosa,

como una pantera,

me deslizo en la noche,

toda de negro;

una discreta indumentaria

con la que llamar la atención.

 

Adoro la aventura de salir sola

a ver qué me encuentro.

Me intento mantener alejada

de la gente vulgar,

puesto que me espanta el aburrimiento

y los ya muertos.

Como ya he dicho,

amo la vida.

Conozco sitios donde encontrar gente

“con una historia detrás”.

Y me da igual

si su historia procede del bien

o del mal.

El regalo de mi vampírico beso

requiere a cambio experiencia,

información y conocimiento.

 

Conozco sitios,

pero no los frecuento,

así que se me olvidan sus nombres,

aunque recuerdo el camino hasta ellos.

 

Y caminando instintivamente,

allí acabé.

“El circo de las almas”

puedo leer en un pequeño letrero.

  

Entro.

Que lo haga sola

ya deja claro que estoy receptiva,

pero me intento mantener también

lo suficientemente altiva,

para evidenciar

que acercarse a mí

requiere cierta categoría.

 

Me dirijo hacia la barra,

o sea, el expositor.

No veo nada especialmente apetitoso

como para renunciar a mi pose altanera,

así que me siento,

pacientemente,

a esperar.

 

Un vistazo rápido a mi alrededor

en busca de posibles presas

que están deseando ser muertas

a manos de una diosa del sexo.

 

Tenemos a un lamentable desesperado al que,

a fin de cuentas,

otro rechazo le va a dar igual.

 

Tenemos a un tímido payaso narcotizado,

que de pronto se siente

deshinibido e inmortal.

 

Tenemos a un tipo al que,

misteriosamente,

parece gustarle el local.

 

(Perdonad que no haga demasiadas descripciones,

pero es que me aburren sobremanera…

“Cuanta más descripción,

más límites para la imaginación”;

ese es mi lema,

y así lo corroboran algunos hechos.

Me gusta ir directa al grano.)

 

El tipo.

Parece muy seguro de sí mismo.

Eso me gusta.

Tenía la teoría

de que los hombres seguros de sí mismos

lo son debido al generoso tamaño de su pene,

pero me equivoqué vilmente.

De cualquier forma,

el tipo podría tener alguna oportunidad,

si no todas.

 

Si bien es otro el que se me acerca

el método más eficaz de disuasión

es idolatrar a personajes como Tarkovsky,

Burroughs, Rothko, Witkin…

 

A los hombres por lo general,

y como machos de una especie,

no les estimula lo suficiente

una mujer más intelectual que ellos.

Herencias griegas subyacentes,

me temo.

 

Afortunadamente

y, como persona intensamente social que soy,

finjo y miento estupendamente.

 

Pero en el caso de que el hombre

no mostrara prejuicios,

automáticamente,

pasaría a tener las mismas opciones

que el tipo listo seguro de sí mismo.

Después de todo,

también puede tener su gracia

follar con un desesperado

o un deshinibido.

Y de todas formas,

qué más da,

si sea quien sea

va a acabar empalado

en mis colmillos.

 

Finalmente,

viene a mí y me habla:

“¿Sabes? Tienes cierto parecido

con una cantante que me fascina…”.

 

La cuenta atrás ha comenzado.

Ya sé el tipo de mujer que le gusta,

así que se la voy a dar.

A partir de este instante,

cada gesto, cada palabra, cada movimiento

irá destinado a avivar su deseo,

manteniendo siempre

una distancia prudencial

que no le ofrezca garantías

de acercarse a mi sexo.

 

A mí la situación me excita aún más,

puesto que yo sí tengo la certeza

de que me lo voy a follar.

 

—The Witch—

 

V

 

Esta noche la ciudad me espera.

Esta noche,

como tantas otras,

me he cogido fiesta.

 

Mi jornada laboral

se reduce a cuatro o cinco citas semanales

con “distinguidos caballeros”

de clase alta.

Magnates extranjeros,

en la mayoría de casos,

que se encuentran de visita

o viaje de negocios.

Ni que decir tiene

que estoy especialmente bien relacionada,

lo que me permite ser “autónoma”.

 

La mayoría de mis amigas

también son putas,

pero de un tipo menos carnal.

También viven en pleno centro.

 

Esta noche,

esta pútrida ciudad,

con sus pútridos seres nocturnos pululando,

disfrazados de ídolos de moda,

embriagados en feromonas,

colocándose

hasta la más patética imagen de sí mismos

antes de vomitar hiel,

tendrá al menos

una historia original que contar.

 

Creedme cuando digo que mato,

aunque no hable de los muertos.

 

—Hunter—