
X
Me he dado cuenta de que,
desde mi regreso,
no sueño.
Apenas recuerdo qué es soñar.
Recuerdo despertarme
a punto de morir de miedo.
O haber tenido agradables sueños,
llenos de erotismo y sexo,
con hombres
de los que alguna vez me enamoré,
con mujeres
a las que sabía perfectamente
cómo complacer.
Recuerdo haber conducido y volado.
Recuerdo haber soñado con sitios,
con personas, con el diablo…
La esperanza.
Esa siniestra enemiga.
El peor de los males.
…Y la cacho zorra de Pandora
les gritó a los hombres:
“No está todo perdido.
No está todo perdido”.
Esto
después de haber liberado la enfermedad,
la locura, la crueldad,
el dolor, el odio, el vicio,
la pobreza, el crimen, la guerra,
la muerte,
la ignorancia…
Parece ser que en toda cultura que se precie,
siempre será la mujer
la culpable de la caída del hombre.
(Eva, no te olvidamos.)
Excepto en la mía,
que sucede al revés.
En las historias tradicionales,
escritas por hombres,
el hombre siempre peca de inocente
ante la mujer,
pero la ignorancia
es uno de los más perversos males.
Y entre la inocencia y la ignorancia
no hay demasiada diferencia.
Quédate quieto,
esperando,
y verás venir tu propia muerte,
como yo la vi.
Esperando…
Un cambio, una oportunidad,
una reacción, una evolución,
un milagro…
Algo que jamás llegará.
Y fuerzas tu fe un poquito más.
Hasta que caes en la desesperanza,
que en realidad
no es contraria a la esperanza,
a pesar de que etimológicamente se insinúe,
sino más bien un refuerzo de ésta.
Porque la esperanza volverá,
con sus más negros ojos,
atrapándote
en su insondable océano
de apacibilidad.
Y de nuevo,
la desesperanza,
cada vez más dolorosa.
Y nuevamente una esperanza sin precedentes,
apoteósica.
Seguida de una desesperanza aún mayor.
Lo contrario de esperar no es desesperar,
sino actuar.
Te lleve donde te lleve.
Esperar es dejar tu vida en manos ajenas,
en acontecimientos fortuitos.
Actuar es no dejar tu vida en manos ajenas,
en acontecimientos fortuitos.
IX
Yo nací inocente,
como todo el mundo.
Probablemente,
esa inocencia empezó a desvanecerse
a partir de mi primer contacto
con la soledad,
hace mucho mucho tiempo.
Puede que veinte años,
puede que más.
Ahora tengo treinta y tres,
como Cristo cuando volvió a nacer.
Recuerdo
que en un principio
intenté huir de la soledad,
porque me resultó terrorífica,
puesto que socialmente
me acondicionaron a temer a la soledad
como al peor de los fracasos.
Y más o menos es lo que sentí.
Así me encontré ante la alternativa
de enfrentarme a la soledad
o mendigar compañía.
Intenté lo segundo,
pero se me dió fatal,
con que,
finalmente,
decidí enfrentarme a la soledad.
Fue una dura batalla,
y aunque nunca conseguí vencer a la soledad,
dejé de temerla,
lo que me aportó una libertad
desconocida hasta el momento.
Y fue en soledad
donde encontré algo
tan vital para mí,
a día de hoy,
como es la identidad.
Es curioso el magnetismo social
que consigue una persona
que ha perdido el miedo a la soledad;
un librejodedor.
Porque,
qué somos,
sino lo que los demás ven de nosotros,
lo que los demás opinan de nosotros,
lo que los demás hacen de nosotros.
Somos amados u odiados
sobre la base de lo que los demás saben de nosotros.
Somos un resumen
de lo que deciden los otros.
Sin embargo,
existe una pequeña o gran porción
de cada uno
que los demás siempre desconocerán.
Y, precisamente,
en ese desconocimiento
se encuentra la clave
que pueda alterar todo el criterio
que tenemos de una persona.
Quizá entonces no seamos simplemente
lo que somos para los demás.
Quizá seamos algo más,
al margen del resto del mundo.
¿Quizá pura energía?
No sé, no sé…
¿Puro amor…?
¿Puro odio, tal vez…?
Quizá uno en soledad no sea nada,
sólo un vacío.
Quizá haya quien no tenga identidad
y sólo pueda extraerla de los demás.
Quizá uno nunca haya tenido que enfrentarse
a la soledad
y viva como en un sueño
de ignorancia o felicidad.
O quizá uno haya decidido huir por siempre
de la soledad,
y no enfrentarse nunca a ella;
pasándose el resto de su vida huyendo,
girando en una espiral,
buscando un agujero por el que escapar,
sin saber a dónde,
sin saber de qué.
Eternamente preso de un miedo
tan poderoso
que condiciona su vida,
sus ideales,
sus gustos,
incluso sus sentimientos.
Pero lo que puedo asegurar es que
el librepensador-librefollador,
sólo puede nacer en soledad.
La soledad devoró mi inocencia,
me inseminó de culpa,
me tentó a pensar,
me obligó a encontrar.
Yo nací inocente,
como todo el mundo,
pero me duró muy poco tiempo.
VIII
Tras un encuentro sexual
tan sumamente satisfactorio
como el de esta noche
me gusta ir al cementerio a hacer fotos.
Se necesita un permiso especial,
por eso voy de noche.
Me convierto en niebla
y me cuelo por entre las verjas.
(Es broma,
pero sí que me cuelo.)
Hago fotos de los mármoles y piedras
que decoran los nichos.
Vírgenes y ángeles inmaculados
que posteriormente
retoco digitalmente en el ordenador.
Inspiración…
Oh, Dios!,
quiero una foto en infrarrojos
de la mismísima Piedad
llorando brea.
Quiero recoger en un instante
lo que ese chico me ha hecho sentir esta noche.
Era algo más joven que mi clientela habitual,
ya que ésta suele estar limitada
a señores de mediana edad,
acomodados,
con un gran instinto familiar
y algunas posesiones inmuebles de más.
Y también algo más joven
que el resto de mis presas en general,
puesto que la exigencia primordial
es experiencia y conocimiento.
Algo que me nutra de verdad.
Pero había olvidado
lo sabroso que resulta también
el apasionado sentimiento
de un joven semental.
Pues resulta que aquel chico
había sufrido un desengaño amoroso
tras un par de años de relación,
masivamente sexual,
con alguna jovencita viciosa.
Digamos que estaba sufriendo
una especie de síndrome de abstinencia.
Como no podía satisfacer su necesidad
donde solía hacerlo,
decidió buscar un sucedáneo,
y se encontró conmigo.
(Si hubiera sabido el precio
que suele pagarse por mis servicios…)
Y fue realmente bueno.
Podía leer en su mente
como en un libro abierto de par en par.
Sentí todo su odio
penetrando hasta lo más profundo
de mi absorbente ser.
Su odio porque yo no era ella,
porque no podía sentir conmigo
lo mismo que con ella.
Su odio hacia sí mismo porque,
cuanto más me miraba,
más cachondo se ponía
y porque sabía
que yo lo estaba disfrutando en su totalidad,
como una auténtica perra del Infierno.
Yo no podía dejar de violar
su alma confundida,
mientras él
no podía dejar de follarme
como un desesperado.
Y el Cielo se abrió,
bañándonos de luz.
Vi al Diablo.
Vi a todos los demás ángeles del Señor.
Y ya en el momento álgido,
es decir,
cuando se corría
(yo ya lo había hecho dos veces)
no pude evitarlo
y estallé en un ataque de risa,
estridente y sobrecogedor.
Empecé a reírme como una bruja loca
hasta que él comenzó a llorar
amargamente,
tras haberme llorado tanto,
hacía nada,
tan adentro…
Inmediatamente
lo acerqué a mis labios
y alivié soberanamente
todo su dolor.
VII
Hay estados mentales
que son una tortura insufrible.
Hay estados mentales tan dolorosos
que la muerte se presenta como un alivio.
La vida pierde todos los alicientes y,
al fin y al cabo,
¿qué es la muerte,
sino un estado alternativo a la vida?
Así que no seré yo
quien juzgue al que decide aliviar su sufrimiento,
puesto que es lícito,
e incluso funcional.
Pero no me extorsionéis
con vuestros patéticos suicidios
de mierda moderna.
Hacedlo,
si queréis,
pero hacedlo en silencio,
para que al menos sea bello.
¿Cómo pueden suicidarse
quienes ya están muertos?
Hay estados mentales aún más perversos.
La locura puede robarte la imaginación,
y no poder hacer nada contra ello.
Entonces,
tu mente se convierte en un océano,
desolado y hermoso,
al que no se puede acceder.
Hoy,
mis últimas reminiscencias emocionales
fluyen con la tristeza de aquellos
que siguen amando mentes,
que un día fueron compañía,
y acabaron en el destierro
y la eterna soledad de la locura.
Pero también puedes ceder
tu imaginación a la locura,
por un tiempo,
aunque luego pueda ser complicado
recuperarla de ella.
Sólo por medio de la fuerza,
la voluntad,
la curiosidad y la paciencia
es posible asomarse
a un nivel mínimo de consciencia.
Y una vez has atravesado esa barrera,
que ni podías concebir,
no hay vuelta atrás.
Te enamoras de la vida.
Es un proceso evolutivo.
El único inconveniente
de adquirir cierta consciencia
es que,
cada paso hacia ella
conlleva irremediablemente sufrimiento.
Sin sufrimiento
no surge la necesidad de encontrar salidas.
Hay muchas personas en este mundo
que no están capacitadas para entender.
Otras muchas entienden,
pero no llegan a procesar completamente
la información recibida.
Esa es responsabilidad del analista…
VI
A la mayoría de depredadores
nos gusta actuar en solitario.
Cautelosa,
como una pantera,
me deslizo en la noche,
toda de negro;
una discreta indumentaria
con la que llamar la atención.
Adoro la aventura de salir sola
a ver qué me encuentro.
Me intento mantener alejada
de la gente vulgar,
puesto que me espanta el aburrimiento
y los ya muertos.
Como ya he dicho,
amo la vida.
Conozco sitios donde encontrar gente
“con una historia detrás”.
Y me da igual
si su historia procede del bien
o del mal.
El regalo de mi vampírico beso
requiere a cambio experiencia,
información y conocimiento.
Conozco sitios,
pero no los frecuento,
así que se me olvidan sus nombres,
aunque recuerdo el camino hasta ellos.
Y caminando instintivamente,
allí acabé.
“El circo de las almas”
puedo leer en un pequeño letrero.
Entro.
Que lo haga sola
ya deja claro que estoy receptiva,
pero me intento mantener también
lo suficientemente altiva,
para evidenciar
que acercarse a mí
requiere cierta categoría.
Me dirijo hacia la barra,
o sea, el expositor.
No veo nada especialmente apetitoso
como para renunciar a mi pose altanera,
así que me siento,
pacientemente,
a esperar.
Un vistazo rápido a mi alrededor
en busca de posibles presas
que están deseando ser muertas
a manos de una diosa del sexo.
Tenemos a un lamentable desesperado al que,
a fin de cuentas,
otro rechazo le va a dar igual.
Tenemos a un tímido payaso narcotizado,
que de pronto se siente
deshinibido e inmortal.
Tenemos a un tipo al que,
misteriosamente,
parece gustarle el local.
(Perdonad que no haga demasiadas descripciones,
pero es que me aburren sobremanera…
“Cuanta más descripción,
más límites para la imaginación”;
ese es mi lema,
y así lo corroboran algunos hechos.
Me gusta ir directa al grano.)
El tipo.
Parece muy seguro de sí mismo.
Eso me gusta.
Tenía la teoría
de que los hombres seguros de sí mismos
lo son debido al generoso tamaño de su pene,
pero me equivoqué vilmente.
De cualquier forma,
el tipo podría tener alguna oportunidad,
si no todas.
Si bien es otro el que se me acerca
el método más eficaz de disuasión
es idolatrar a personajes como Tarkovsky,
Burroughs, Rothko, Witkin…
A los hombres por lo general,
y como machos de una especie,
no les estimula lo suficiente
una mujer más intelectual que ellos.
Herencias griegas subyacentes,
me temo.
Afortunadamente
y, como persona intensamente social que soy,
finjo y miento estupendamente.
Pero en el caso de que el hombre
no mostrara prejuicios,
automáticamente,
pasaría a tener las mismas opciones
que el tipo listo seguro de sí mismo.
Después de todo,
también puede tener su gracia
follar con un desesperado
o un deshinibido.
Y de todas formas,
qué más da,
si sea quien sea
va a acabar empalado
en mis colmillos.
Finalmente,
viene a mí y me habla:
“¿Sabes? Tienes cierto parecido
con una cantante que me fascina…”.
La cuenta atrás ha comenzado.
Ya sé el tipo de mujer que le gusta,
así que se la voy a dar.
A partir de este instante,
cada gesto, cada palabra, cada movimiento
irá destinado a avivar su deseo,
manteniendo siempre
una distancia prudencial
que no le ofrezca garantías
de acercarse a mi sexo.
A mí la situación me excita aún más,
puesto que yo sí tengo la certeza
de que me lo voy a follar.
V
Esta noche la ciudad me espera.
Esta noche,
como tantas otras,
me he cogido fiesta.
Mi jornada laboral
se reduce a cuatro o cinco citas semanales
con “distinguidos caballeros”
de clase alta.
Magnates extranjeros,
en la mayoría de casos,
que se encuentran de visita
o viaje de negocios.
Ni que decir tiene
que estoy especialmente bien relacionada,
lo que me permite ser “autónoma”.
La mayoría de mis amigas
también son putas,
pero de un tipo menos carnal.
También viven en pleno centro.
Esta noche,
esta pútrida ciudad,
con sus pútridos seres nocturnos pululando,
disfrazados de ídolos de moda,
embriagados en feromonas,
colocándose
hasta la más patética imagen de sí mismos
antes de vomitar hiel,
tendrá al menos
una historia original que contar.
Creedme cuando digo que mato,
aunque no hable de los muertos.


