XIX

 

“Sé buena, Rabya”.

Vaya chorrada.

¿Qué coño quería decir con eso?

Si quería que fuera buena,

quería que no lo llamase,

porque llamándolo,

perjudicaba sin duda su relación conyugal,

por una parte,

y por otra,

lo perjudicaba a él directamente,

(aunque esto él no lo sabía).

 

En el mejor de los casos,

acabaría arrancándole la cabeza a bocados

mientras me estuviera copulando,

al más puro estilo mantis religiosa.

Sólo de pensarlo se me hace la boca agua.

 

“Sé buena, Rabya”.

Sin embargo,

ese imperativo

me instaba a hacer algo,

y no llamarlo,

que yo sepa,

era no hacer nada.

 

¿Por qué querría alguién

que me conoce tan superficialmente

darme un consejo moral bienintencionado

sin querer nada a cambio?

 

Sin olvidar

que lo último que yo había hecho

antes de comentar él aquello

era apretarme a su cuerpo

con exacta intensidad

con que su cuerpo se apretaba al mío.

 

“Sé buena, Rabya”.

Esto ya no era sexo.

Era comunicación.

Y en cuanto a la comunicación entre humanos,

yo me pierdo.

 

Recuerdo haber empleado esa expresión

cuando era más joven y otra persona,

con mis parejas,

en las separaciones;

“Sé bueno”,

como “No me engañes” o “Seme fiel”,

pero en este caso,

esa posibilidad era impensable.

 

Quizá la situación le evocó

el mismo tipo de sensación a él

y aquellas palabras

fueron el fruto de una especie de acto reflejo.

 

O quizá iban cargadas de cinismo

y lo que realmente querían decir era:

“Sé mala, búscame”.

 

Incluso cabe la amplia posibilidad

de ser una frase sin ningún significado,

escogida al azar

de algún bodrio cinematográfico

que hubiera visto recientemente

o muchas veces,

por ejemplo.

 

Dicen que la explicación más sencilla

es la más probable,

pero

¿cuál es la explicación más sencilla

en este caso?

¿Y cuál es la probabilidad realmente?

¿Y si se me estaba escapando alguna posibilidad?

 

Seguramente,

éste hubiera sido el fin de mis divagaciones

si esa misma noche,

en la mesilla de mi dormitorio,

no hubiera encontrado un pequeño trozo de papel

en el que había escrito en lapicero:

 

“Sé buena, Rabya”.

 

—What Happens Now?—

 

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Publicado en on Mayo 29, 2008 at 6:12 pm Dejar un comentario
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XVIII

 

Es curiosa la manera

en que el subconsciente manipula

nuestra imaginación a su antojo,

absolviéndonos,

automáticamente,

de toda culpa

en la ingenuidad de nuestro consciente.

 

Saber que aquel semi-desconocido era padre

despertó en mí cierta ternura

que ningún otro padre

me había despertado jamás antes.

 

Me sorprendí a mí misma

buscando el contacto de su cuerpo,

de una forma casi adolescente,

cuando,

amistosamente,

extendía su brazo tatuado,

de marinero follador,

para recoger mis hombros en un abrazo.

 

Y cuando deslizaba su mano,

bajo mi cabello,

masajeando con sus dedos mi nuca,

yo me entregaba,

mansamente,

adivinando en su mirada

un mensaje sobrecogedor:

 

“Déjame enredarme por siempre

en los preciosos mechones

de tu interminable barba”.

 

Por un momento

quise dejar de sentirme adulta y racional,

invencible e independiente,

y decirle:

 

“Cuídame, mímame.

Ya no tengo nada que enseñar.

Ahora quiero que me enseñen.

Cambia la percepción de mi mundo.

Humanízame de nuevo”.

 

Pero no lo hice, no.

A veces,

tus ojos intentan transmitir un mensaje,

pero el cerebro del receptor

interpretará lo que le salga de los cojones,

que fácilmente

puede ser todo lo contrario.

 

Toda la fe que me queda,

se limita a la química.

La química de tenerlo a mi lado,

paseando por el corredor,

y sentir su mano

acariciando mi cintura

hasta abarcar,

con sus dedos,

mi vientre impreñable,

y notar la presión

de su mano abierta y caliente,

prometiéndome todo lo contrario.

 

El amor de los amores

hervía dentro de mí

por aquel maestro de la pulsión.

 

De alguna manera nos parecíamos.

Estábamos a años luz,

pero en lo básico

éramos cómplices perfectos;

nuestro intenso amor por el sexo.

 

Mi amor

por la naturalidad del suyo.

El suyo

por los oscuros misterios del mío.

 

Un día,

tras la jornada laboral,

incluso nos fuimos a tomar algo por ahí.

Nos deshinibimos un poco todos,

bebiendo y fumando porros.

Pero él no dejaba de pensar en la coca que no tenía.

 

Esa noche

le permití besarme en la boca

y acariciarme la barba públicamente

y luego,

a escondidas,

también le acogí un beso menos formal

y una caricia algo más íntima.

 

Llegó el último día

y todo se estaba terminando

en manos de una extraña inercia

que parecía llevarnos a actuar

de alguna forma predeterminada socialmente

y que empezaba a resolverse

en insatisfacción para ambos,

pero sobretodo para mí.

 

Nos estábamos despidiendo

y noté las miradas indiscretas de los demás.

Él también las notó.

 

No nos pudimos besar,

así que nos abrazamos.

Tan estrechamente

que pude notar cada músculo y hueso de su cuerpo

amoldándose correspondientemente al mío.

Sentí que me besaba el cuello

y me susurraba al oído:

 

“Sé buena, Rabya”.

 

—Parasomnia—

 

XVII

 

Se acercaba el verano.

En esta ciudad,

no es difícil alcanzar los 40º

en plena canícula.

 

En el estío

la libido se me vuelve loquísima

y estoy más activa de lo normal.

 

El caso

es que se me había estropeado

la instalación de aire acondicionado

y quería tenerla reparada

antes de que empezara a apretar fuerte el calor.

Las reparaciones durarían

al menos 7 ó 9 días.

 

Algunos amigos y vecinos

se ofrecieron a acogerme en sus casas,

para que no tuviera que sufrir

las incomodidades de la obra,

pero yo tenía intención de supervisar,

personalmente,

todo lo que se fuera a hacer

en mi dulce y solitario hogar.

 

De ahí que,

inevitablemente,

empezara a tratar regularmente

con el encargado del proyecto en cuestión.

Como le pedí,

me mantenía informada

de cada movimiento que tuviera pensado hacer

y me explicaba,

con todo detalle,

las modificaciones que podía sufrir

cada habitación

con las nuevas reformas.

 

Empecé a percibir cómo,

cuando hablábamos,

se quedaba embelesado

mirando mi dorada y suave barba,

y cuando conseguía reaccionar,

subía su mirada hasta la mía

y me sonreía pícaramente.

 

Sé que otros empleados

también la miraban

de reojillo, marujonamente,

pero él me sonreía de una forma

muy intencionada y casi desafiante,

diría yo.

Cosa que llamó poderosamente mi atención,

puesto que no es muy habitual

que un hombre se me muestre desafiante.

 

A medida que fueron pasando los días

me fui acostumbrarlo a verlo por allí,

bajo mi propio techo.

Me fui acostumbrando

a saludarlo por las mañanas,

a buscarlo con la mirada

cuando lo perdía de vista,

a ofrecerle algo fresco

cuando lo veía sudar,

a aceptarle un cigarro,

a invitarle yo a otro,

a encendérselo para que me sujetara la mano,

a sus bromas sexualmente condescendientes

de hombre infelizmente casado,

pero experimentado

y embaucador.

A corresponder sus miradas,

sus sonrisas,

a sus comentarios jocosos

acerca del color de mi barba,

a provocarlos,

a provocarlo,

a dejar que me provocara.

 

Hasta que se creó entre nosotros

una dinámica de flirteo

que a nadie pasaba ya desapercibida

y que sólo podía acabar

en encontronazo sexual

o alguna estúpida obsesión que,

ahora mismo,

rechazábamos los dos.

 

Él tenía familia

y yo era una puta asesina.

 

Pero sabía moverse

en el sofisticado mundo de la seducción.

No me importaba

si lo que albergaban su cerebro y su mente

era o no de mi agrado.

Me daba igual.

Mi nuevo instinto

también requería experiencia,

pero ahora

requería la experiencia

de aquellas manos ajadas

dibujando su historia sobre mi piel.

 

—Make it Wit Chu—

 

XVI

 

Todo lo que respiro

está impregnado de sexo.

 

El sexo,

el amor de los amores.

El amor a la naturaleza del hombre,

el sexo.

Aún en los momentos de mayor calma,

ahí sigue,

latente,

esperando despertar de nuevo.

 

El subconsciente,

invadido totalmente

por sexo.

En el cine y la televisión,

inyecciones de sexo.

El arte, supersexo.

Consumidores de pornografía,

más y más sexo.

El rey de las etiquetas

en los buscadores de internet: SEXO.

 

Hipócritas y pretenciosas mentalidades occidentales,

sedadas y gobernadas absolutamente

por el más puro sexo.

 

“Rabya,

tienes que ser más selectiva.

No puedo, no puedo.

Sexo, sexo, sexo”.

 

El sexo no entiende de comunicación.

Es amor en estado salvaje.

 

Necesitaba re-conocer el sexo

bajo este nuevo entendimiento

que venía acompañando mi nuevo aspecto.

Necesitaba urgentemente explorar

las nuevas capacidades sensuales,

emocionales e instintivas

que tan repentinamente

habían florecido en mí

con la llegada de mi celestial barba.

 

Necesitaba follar sin matar,

el erotismo de sentir afecto

por la cálida carne

que estaba consumiendo.

Y lo que necesitaba

no podía encontrarlo entre mis viejos clientes,

puesto que ya estaban

más muertos que vivos.

Ni tenía sentido buscarlo en un completo extraño

del que no conociera alguna peculiaridad

a la que pudiera hacerme adicta.

Necesitaba un semi-desconocido

del que no supiera tanto

como para despreciarlo,

pero sí lo suficiente

como para tener el impulso

de querer saber más.

 

Por primera vez,

en mucho tiempo,

me sentí como si llevara años sin follar,

como si volviera de un peregrinaje espiritual

que finalmente

había comenzado a dar sus frutos.

 

Mantenía mi instinto sexual intacto;

mi instinto asesino,

sin embargo,

parecía haber disminuído.

 

Lo que aquel tupido apéndice

me estaba ofreciendo,

además de serenidad,

era la sensualidad de un nuevo juego.

 

—Like a Virgin—

 

XV

 

Aquella mañana al despertar,

una agradable sensación de armonía y equilibrio

me invadió por completo.

 

Ningún recuerdo,

ningún nombre,

ningún rostro,

ninguna vivencia pasada

acompañó mi despertar.

Sólo calma

y una inconmensurable ola de serenidad

recorriendo mi mente,

y también mi cuerpo.

 

Me estiré sobre la cama,

arqueando el pecho

hasta superar la altura de mis ojos,

y entonces vi “aquello”.

 

Desde mi regreso

no había dejado de sufrir

continuas transformaciones.

Que fueran fruto de una evolución

o de una involución

carecía de importancia.

No podía dejar de cambiar.

Y aquello que contemplaban ahora

mis ojos estupefactos

era la prueba fehaciente

de una auténtica mutación.

 

Rápidamente salté de la cama

y me coloqué delante del espejo.

No podía salir del asombro.

No podía creer lo que estaba viendo ante el espejo.

Una hermosa,

sedosa

y larga barba rubia

había nacido de mi cara.

Era increíble,

deliciosamente bella.

Si me hubiesen nacido alas o colmillos

no me habría asemejado más a un ángel.

 

Aquella suave barba

se extendía desde mi mentón,

cayendo graciosamente entre mis senos,

y acabando en un ondulado mechón,

justo a la altura de mi pubis,

donde contrastaba atrevidamente

con el escaso vello oscuro

que revestía mi sexo.

 

Tenía que compartir aquello sin más demora.

 

Iba a vestirme

para lanzarme a la calle,

cuando me di cuenta de que “aquello”

sólo podía lucirse debidamente

en la más completa desnudez.

Ponerme cualquier tipo de prenda

enturbiaría la belleza natural

de aquella cascada rubia

que se vertía por entre mis pechos.

 

Me sentía

como una Lady Godiva postmodernista,

que a falta de caballo en el que montar,

se apañó a lomos de la BMW “prestada”

del hijo del vecino,

el notario cabrón,

para recorrer la ciudad.

 

Que mi mente resultara un engendro

para el resto del mundo

no dejaba de ser algo inmaterial,

al fin y al cabo.

Pero ahora

existía una prueba física

que me convertía

en un auténtico engendro sensorial.

 

Hubo quienes me veían

como pasto de algún circo

(bajo su propia visión despectiva del circo,

claro está),

los mismos

que fingían no percibir mi esplendorosa barba.

Quizá hubo también

quien realmente no la podía ver…

 

Pero cualquier persona,

con un mínimo de sensibilidad estética,

podía verla,

sin duda.

 

Lo leía en sus ojos con total claridad,

y era ciertamente gratificante,

porque aquellas personas

me transmitían vítreamente un mensaje:

 

“La paz de Dios esté con tu barba”.

 

Y entonces no pude parar.

Quería compartir aquello con más y más gente.

Pero no con intención vanidosa

o condescendiente,

sino con la certeza

de que aquellos que podían disfrutar de mi barba

podían sentir la misma paz y serenidad

que emanaba de ella.

 

Aquellos que fingían no ver mi barba

o se reían de ella,

al poco tiempo

salían con un postizo a la calle

y empezaban a gritar:

 

¡Miradme, miradme! ¡Me ha salido barba!

 

—Peeping Tom—

 

Lilith

 

Publicado en on Mayo 11, 2008 at 6:41 pm Dejar un comentario
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XIV

 

Y el hombre le habló a la mujer:

 

“- Sométete, mujer.

Él nos dictó unas normas que yo te haré obedecer.

De ninguna manera te alzarás contra la voluntad del hombre.

De ninguna manera eclipsarás al hombre.

No brillarás más que el hombre.

No aprenderás más que el hombre.

No sabrás más que el hombre.

Y sobretodo, y de ninguna manera,

tendrás un instinto sexual superior al del hombre.

Mujer, el hombre será tu maestro,

tu tutor y tu guía.

Todo lo que tengas que conocer,

lo conocerás a través del hombre.

El hombre te enseñará el camino a complacerlo.

No pienses. No seas, y entonces tendrás el amor del hombre.

El hombre te creará a su imagen y semejanza

y a la de Él, que es la ley y el poder.

El hombre te mostrará cómo has de ser,

cómo has de actuar,

cómo has de comportarte,

cómo has de sentir y de mostrarle amor.

Sufrirás por el hombre.

Te arrastrarás a los pies del hombre.

Dependerás del hombre.

No serás, nada, sin el hombre.

No pienses. No seas, y entonces tendrás el amor del hombre.”

 

Y la mujer le habló al hombre:


“- No puedes darme ni quitarme el amor del hombre,

porque el amor del hombre no existiría

si la mujer no lo hubiera puesto en sus labios por primera vez.

No, hombre, no me someteré por algo que no existe.

No, hombre, no te concederé méritos que no te corresponden.

Los dos nacimos del mismo barro,

tuvimos las mismas oportunidades,

pero mientras la mujer las aprovechaba

el hombre se dedicaba a lamerle el culo a su patético dios de mierda.

No, hombre, no hay nada que puedas darme ni quitarme”.

 

El hombre replicó a la mujer:


“- Entonces el hombre le pedirá a Él una nueva mujer que no sea de barro,

sino extraída de su propia materia.

Una mujer de esencia miserable e infantil,

para que el hombre pueda someterla y así poblar la tierra”.

 

La mujer calló, desplegó sus enormes alas blancas y voló lejos.

 

El hombre pobló la tierra de debilidad,

sumisión y muerte.

 

…Y Lilith

se folló a todos los descendientes del hombre,

por los siglos de los siglos…

 

Amen.

 

—Lilith—

 

XIII

 

“Érase una vez

una rebelde princesita

a la que mucho le gustaba

frecuentar el castillo del reino vecino,

gobernado por un apuesto príncipe

con el que mantenía una relación romántica.

 

Su padre

había intentado domarla

de todas las formas posibles,

pero la princesita

hacía lo que le daba la gana.

Ignoraba las palabras de sus mayores,

que hace ya tiempo

estaban en conflicto político

con el reino vecino,

y se sentía enamorada e inmortal.

 

Como tantos otros atardeceres,

se dirigió al castillo de su amante

en busca de calor y morbo.

 

Una vez allí,

fue dirigida a los aposentos reales,

que ya bien conocía,

donde el mismo príncipe la recibió.

 

El virtuoso joven

la estrechó en un abrazo,

la besó cálidamente

y la invitó a su alcoba,

donde ambos

se desprendieron de toda ropa.

 

Dos humanos desnudos,

como tú y como yo.

La única realidad del mundo

se desarrollaba entre aquellas cuatro paredes.

Se besaban erguidos,

acariciándose las espaldas,

incendiándose poco a poco internamente.

 

El príncipe,

aún deleitándose en los labios

de su dulce acompañante,

deslizó sus dedos

a lo largo de la femenina columna vertebral,

haciéndola vibrar placenteramente.

En la parte alta de la espalda

abrió su mano

y la sujetó fuerte por la nuca.

Sus ojos se cruzaron por última vez

en una caricia líquida.

 

La puso contra la pared,

golpeándola ligeramente con la bonita cara.

Se llevó los dedos a la boca,

los humedeció con saliva

y los introdujo en el culo de la princesita.

No debió de lubricarlos lo suficiente,

ya que la princesita

se quejó de forma contenida.

 

- ¿Te duele?- Preguntó él.

- Un poco – Contestó ella, diplomática, como siempre.

 

Él continuó penetrando el azul culito

con sus azules dedos,

para en seguida reemplazarlos

por su real pollón azul.

La princesita

se retorció y le dió un codazo.

Ahora sí que le había hecho realmente daño.

Él la inmovilizó

con sus protectores brazos,

besándole cariñosamente el cuello,

y siguió penetrándola via rectal.

 

La princesita musitó: “Nononononononono…”.

El principito susurró: “Sisisisisisisisisisisisisi…”.

 

-–Blue— 

 

XII

 

No puedo concebir hijos.

No puedo desarrollar ninguna enfermedad sexual,

aunque mucho me temo

que habré contraído

todas las habidas y por haber

en el mundo occidental.

 

Es sorprendente

lo complicado que resulta

que un hombre

use protección motu proprio.

Y es algo que no atiende

a educación o estatus alguno.

 

Si bien mis clientes,

puesto que me conocen por mi profesión,

suelen preservarse pertinentemente,

y no todos,

mis aventuras esporádicas

se dejan arrastrar fácilmente

por la pasión y fiabilidad

que inspiran mi saludable aspecto.

 

Y es que

sana estoy.

Pero también llena de enfermedades

que sólo otros pueden padecer.

 

Así que creedme

cuando digo que mato,

aunque no hable de los muertos,

y conozca cientos de formas de matar.

 

¿Aún no he mencionado

lo mucho que me gusta contar cuentos?

 

—Stinkfist—

 

XI

 

Si mi historia siguiese un patrón,

posiblemente ahora

os tendría que relatar una nueva escena

de sexo asesino.

El caso es que soy tan dispersa

como los sucesos

que han ido trazando mi vida.

Y me gustaría dejar constancia

de esta condición;

de esta persistente dispersión mía,

porque

si mi concepción del mundo

fuera similar

a la del resto de seres humanos

entendería que mi sentido del orden

se correspondiera

con el del resto de seres humanos.

Pero no es así.

 

El solo acto de intentar comunicarme

con el resto de humanos

mediante un lenguaje

tan limitado como este

me condena,

de hecho,

al irremediable error,

cosa que,

por otra parte y a estas alturas,

me importa ya bien poco.

 

Perdido el miedo a la soledad,

la esperanza,

la conciencia y la moral,

sólo me queda una cosa:

libertad.

 

Si hubiera nacido hace dos mil años,

me habrían crucificado.

Si hubiera nacido hace quinientos,

me habrían quemado en la hoguera.

Por eso me veo en el deber de aprovechar.

 

Y llegados a este punto,

espero que no estéis aquí

solo por el sexo

y la violencia,

porque inmediatamente dejaré de follar,

o peor,

de matar.

 

—Schism—