“Sé buena, Rabya”.
Vaya chorrada.
¿Qué coño quería decir con eso?
Si quería que fuera buena,
quería que no lo llamase,
porque llamándolo,
perjudicaba sin duda su relación conyugal,
por una parte,
y por otra,
lo perjudicaba a él directamente,
(aunque esto él no lo sabía).
En el mejor de los casos,
acabaría arrancándole la cabeza a bocados
mientras me estuviera copulando,
al más puro estilo mantis religiosa.
Sólo de pensarlo se me hace la boca agua.
“Sé buena, Rabya”.
Sin embargo,
ese imperativo
me instaba a hacer algo,
y no llamarlo,
que yo sepa,
era no hacer nada.
¿Por qué querría alguién
que me conoce tan superficialmente
darme un consejo moral bienintencionado
sin querer nada a cambio?
Sin olvidar
que lo último que yo había hecho
antes de comentar él aquello
era apretarme a su cuerpo
con exacta intensidad
con que su cuerpo se apretaba al mío.
“Sé buena, Rabya”.
Esto ya no era sexo.
Era comunicación.
Y en cuanto a la comunicación entre humanos,
yo me pierdo.
Recuerdo haber empleado esa expresión
cuando era más joven y otra persona,
con mis parejas,
en las separaciones;
“Sé bueno”,
como “No me engañes” o “Seme fiel”,
pero en este caso,
esa posibilidad era impensable.
Quizá la situación le evocó
el mismo tipo de sensación a él
y aquellas palabras
fueron el fruto de una especie de acto reflejo.
O quizá iban cargadas de cinismo
y lo que realmente querían decir era:
“Sé mala, búscame”.
Incluso cabe la amplia posibilidad
de ser una frase sin ningún significado,
escogida al azar
de algún bodrio cinematográfico
que hubiera visto recientemente
o muchas veces,
por ejemplo.
Dicen que la explicación más sencilla
es la más probable,
pero
¿cuál es la explicación más sencilla
en este caso?
¿Y cuál es la probabilidad realmente?
¿Y si se me estaba escapando alguna posibilidad?
Seguramente,
éste hubiera sido el fin de mis divagaciones
si esa misma noche,
en la mesilla de mi dormitorio,
no hubiera encontrado un pequeño trozo de papel
en el que había escrito en lapicero:
“Sé buena, Rabya”.

