XXI

 

- Hola.

- Hola, Rabya, qué agradable sorpresa volver a oír tu voz.

- Por el mensaje que dejaste en mi dormitorio, presumo que se te hizo corta la despedida.

- La verdad es que sí, se me hizo corta.

- A mí también.

- Pues cuando quieras lo acabamos.

- Pues acabémoslo esta noche.

 

En mi profesión es bastante usual

que sea la mujer la que lleva la iniciativa sexual.

Es como si la iniciativa sexual

viniera automáticamente incluida

en las poco discretas tasas del servicio.

 

El cliente es exigente.

Además de un indispensable atractivo físico,

demanda experiencia, habilidad e intuición,

que le garanticen satisfacción.

 

Sexo y dinero.

¿Quién mueve a quién?

En realidad significan la misma cosa: poder.

Flavio Briatore lo sabe.

Traci Lords lo sabe.

Y yo.

 

Si ahora el sexo extralaboral

estaba cobrando tanta relevancia en mi vida

era, precisamente, para equilibrar.

 

Yo también tenía la necesidad

de guías hábiles y experimentados

que me supieran proporcionar placer.

Yo también tenía la necesidad

de cuerpos y rostros atractivos

que potenciaran mi deseo,

que alimentaran mi insaciable ego.

Y contaba con lo más importante:

predisposición.

 

Lo cierto es que los vampiros

somos seres profundamente nostálgicos.

Los vampiros anhelamos volver a ser humanos

en el fondo de nuestros gélidos corazones.

Pasamos todo nuestro purgatorio

añorando volver a sentir emociones humanas.

Los vampiros somos unos románticos empedernidos.

 

Aquel hombre llegó a mí

en una fecha doblemente satánica de 2011.

A esa hora en que las brujas

empiezan a lubricar los palos de sus escobas

con lisérgicas sustancias

extraídas de raices mágicas,

lomos de sapo y dientes de serpiente,

que después frotan contra sus sexos

para echar a “volar”.

 

Prácticas que,

como bien sabemos,

están penalizadas con la caza y hoguera

por los Justicieros del Señor.

En realidad, los Justicieros del Señor

cazan y queman brujas

porque su religión de mierda no les permite

lamer sus lisérgicos coños,

que es lo que realmente desean.

 

Aquel hombre llegó a mí

en el momento más apropiado,

con el único cometido de complacerme tenazmente,

como confirmaba la húmeda lava transparente

que me resbalaba muslos abajo,

mientras aquel hermoso engendro

me empalaba con su cálida carne

en el borde de la mesa del salón.

 

Los dedos de mis pies apenas tocaban suelo, y no,

al compás del tempestuoso balanceo

que sus caderas imperaban.

Mi cerebro empezó a sentirse como anestesiado.

Mi mente se vaciaba a cada instante,

sumergiéndose en el suave placer que

estratégicamente

me proporcionaba aquel arcángel infiel,

dibujando rígidamente

la más sublime poesía

en mi interior.

 

La lava me llegaba ya por las rodillas

y lo empapaba del todo a él.

Mi mente seguía en blanco,

como volando.

Tan sólo dos palabras

se alternaban lejanas en mis pensamientos:

dentro – fuera.

 

Cuanto más simplificaba mi mente

más se intensificaba el placer,

hasta que empezó a confundirse con el dolor,

cuando mi servicial anticristo

se puso repentinamente muy violento abajo,

en nuestro íntimo beso descarnado.

 

Como mi sistema nervioso periférico

está algo deteriorado,

a veces me resulta bastante dificultoso

separar las sensaciones de dolor y placer.

Su masculina agresividad

me inspiraba un enorme placer,

contrarrestando en mi cerebro el dolor físico

que su polla se esforzaba en asestarme.

 

dentro – fuera

dolor – placer

bueno – malo

hombre – mujer

 

Todos los dualismos se fundieron magistralmente

justo en el momento de sentir

la expectante tensión

y posterior temblororsa explosión

que me invadió en el orgasmo,

al que siguieron otros tantos.

 

Me di cuenta de que había perdido totalmente el control

cuando sentí unos nerviosos dedos sobre mi boca,

luchando por acallar los estridentes aullidos

que empezaron a escaparse de mi garganta.

 

Algo en lo más profundo de mi ser

se veía al fin consumado.

 

Como diría aquel:

“Venganza” no es la palabra adecuada,

pero es la primera palabra que viene a la mente.

 

—Someone is in the Wolf—

 

Waiting

 

Publicado en on Junio 19, 2008 at 3:32 pm Dejar un comentario
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XX

 

Mi preciosa mata de barba rubia

había comenzado a debilitarse y engrisecer

paulatinamente.

Hasta que una mañana,

al despertar,

pasé mi mano por ella,

acariciándola,

y los mechones de pelo

empezaron a desprenderse de mi piel

como si nada.

Sin esfuerzo ni dolor.

 

La serenidad

había desaparecido de mi alma

tal y como vino.

Y con ella,

mi don.

 

Sin embargo,

cuando volví a ver el reflejo de mi cara,

mi mentón y mi cuello desnudos,

me resultaron especialmente apetecibles.

 

Mi misión en este mundo es complacer al hombre.

Complacerlo,

succionar su esencia vital

y después matarlo.

 

Si hubiese nacido hombre

habría sido el mayor Don Juan de la historia,

pero como nací mujer…

mi título se reduce a superputón.

 

El ansia de sangre y semen

volvía a mí con un vigor desquiciante.

El ansia de vivir intensamente

se incendiaba en mis ojos vampíricos,

mientras todos morían a mi alrededor.

 

Todos morían por y para mí,

como es justo y necesario.

Algunos,

de inanición intelectual o espiritual.

Otros,

enamorados de aburridas rutinas.

Otros tantos,

derrotados en miserias ficticias.

Había quienes morían

disueltos en el flujo social,

o infectados

por mis múltiples sidas.

Y también había muchos otros

que morían a manos del cruel olvido,

o la desatención.

 

Todos aquellos fantasmas

pasaban sin pena ni gloria por mi vida,

excepto por el pequeño detalle

de que sus esquemáticas y grises vidas

llenaban de vibrantes colores la mía.

 

El sexo extralaboral

se estaba apoderando de toda mi energía.

Lo cual no era nada práctico.

Una romántica idea

me estaba distrayendo

de mis demoníacos quehaceres:

si una determinada cualidad

en una determinada persona

había podido activar así mi interés,

despertar mi pasión,

avivar mi ingenio,

aportarme algún tipo de conocimiento,

hacerme sentir humana y real,

de carne y hueso;

 

Si una determinada cualidad

en una determinada persona

me había brindado una mínima experiencia,

confianza, seguridad, sinceridad,

entendimiento y comprensión,

de una forma tan natural y sencilla,

entonces

no era tan descabellado el pensar

que en algún lugar del vasto universo

pudiera hallarse otro de mi especie,

que las reuniera todas.

 

De cualquier manera,

daba igual lo que hiciera o dejara de hacer.

Yo no podía ser buena.

Nunca podría ser buena,

por el mero hecho

de que mi concepto de bondad

se proyectaba en el resto de humanos

como todo lo contrario.

 

Así que…

A tomar por culo.

Aquel hombre necesitaba un huequito cálido donde anidar.

Y yo lo tenía.

Yo tenía el huequito más jodidamente cálido

que nunca nadie podría imaginar.

 

Entre mis sedientos muslos

se encontraba

la puta entrada al fuego del averno.

 

—Dead Bodies Everywhere—