XX

 

Mi preciosa mata de barba rubia

había comenzado a debilitarse y engrisecer

paulatinamente.

Hasta que una mañana,

al despertar,

pasé mi mano por ella,

acariciándola,

y los mechones de pelo

empezaron a desprenderse de mi piel

como si nada.

Sin esfuerzo ni dolor.

 

La serenidad

había desaparecido de mi alma

tal y como vino.

Y con ella,

mi don.

 

Sin embargo,

cuando volví a ver el reflejo de mi cara,

mi mentón y mi cuello desnudos,

me resultaron especialmente apetecibles.

 

Mi misión en este mundo es complacer al hombre.

Complacerlo,

succionar su esencia vital

y después matarlo.

 

Si hubiese nacido hombre

habría sido el mayor Don Juan de la historia,

pero como nací mujer…

mi título se reduce a superputón.

 

El ansia de sangre y semen

volvía a mí con un vigor desquiciante.

El ansia de vivir intensamente

se incendiaba en mis ojos vampíricos,

mientras todos morían a mi alrededor.

 

Todos morían por y para mí,

como es justo y necesario.

Algunos,

de inanición intelectual o espiritual.

Otros,

enamorados de aburridas rutinas.

Otros tantos,

derrotados en miserias ficticias.

Había quienes morían

disueltos en el flujo social,

o infectados

por mis múltiples sidas.

Y también había muchos otros

que morían a manos del cruel olvido,

o la desatención.

 

Todos aquellos fantasmas

pasaban sin pena ni gloria por mi vida,

excepto por el pequeño detalle

de que sus esquemáticas y grises vidas

llenaban de vibrantes colores la mía.

 

El sexo extralaboral

se estaba apoderando de toda mi energía.

Lo cual no era nada práctico.

Una romántica idea

me estaba distrayendo

de mis demoníacos quehaceres:

si una determinada cualidad

en una determinada persona

había podido activar así mi interés,

despertar mi pasión,

avivar mi ingenio,

aportarme algún tipo de conocimiento,

hacerme sentir humana y real,

de carne y hueso;

 

Si una determinada cualidad

en una determinada persona

me había brindado una mínima experiencia,

confianza, seguridad, sinceridad,

entendimiento y comprensión,

de una forma tan natural y sencilla,

entonces

no era tan descabellado el pensar

que en algún lugar del vasto universo

pudiera hallarse otro de mi especie,

que las reuniera todas.

 

De cualquier manera,

daba igual lo que hiciera o dejara de hacer.

Yo no podía ser buena.

Nunca podría ser buena,

por el mero hecho

de que mi concepto de bondad

se proyectaba en el resto de humanos

como todo lo contrario.

 

Así que…

A tomar por culo.

Aquel hombre necesitaba un huequito cálido donde anidar.

Y yo lo tenía.

Yo tenía el huequito más jodidamente cálido

que nunca nadie podría imaginar.

 

Entre mis sedientos muslos

se encontraba

la puta entrada al fuego del averno.

 

—Dead Bodies Everywhere—