Mi preciosa mata de barba rubia
había comenzado a debilitarse y engrisecer
paulatinamente.
Hasta que una mañana,
al despertar,
pasé mi mano por ella,
acariciándola,
y los mechones de pelo
empezaron a desprenderse de mi piel
como si nada.
Sin esfuerzo ni dolor.
La serenidad
había desaparecido de mi alma
tal y como vino.
Y con ella,
mi don.
Sin embargo,
cuando volví a ver el reflejo de mi cara,
mi mentón y mi cuello desnudos,
me resultaron especialmente apetecibles.
Mi misión en este mundo es complacer al hombre.
Complacerlo,
succionar su esencia vital
y después matarlo.
Si hubiese nacido hombre
habría sido el mayor Don Juan de la historia,
pero como nací mujer…
mi título se reduce a superputón.
El ansia de sangre y semen
volvía a mí con un vigor desquiciante.
El ansia de vivir intensamente
se incendiaba en mis ojos vampíricos,
mientras todos morían a mi alrededor.
Todos morían por y para mí,
como es justo y necesario.
Algunos,
de inanición intelectual o espiritual.
Otros,
enamorados de aburridas rutinas.
Otros tantos,
derrotados en miserias ficticias.
Había quienes morían
disueltos en el flujo social,
o infectados
por mis múltiples sidas.
Y también había muchos otros
que morían a manos del cruel olvido,
o la desatención.
Todos aquellos fantasmas
pasaban sin pena ni gloria por mi vida,
excepto por el pequeño detalle
de que sus esquemáticas y grises vidas
llenaban de vibrantes colores la mía.
El sexo extralaboral
se estaba apoderando de toda mi energía.
Lo cual no era nada práctico.
Una romántica idea
me estaba distrayendo
de mis demoníacos quehaceres:
si una determinada cualidad
en una determinada persona
había podido activar así mi interés,
despertar mi pasión,
avivar mi ingenio,
aportarme algún tipo de conocimiento,
hacerme sentir humana y real,
de carne y hueso;
Si una determinada cualidad
en una determinada persona
me había brindado una mínima experiencia,
confianza, seguridad, sinceridad,
entendimiento y comprensión,
de una forma tan natural y sencilla,
entonces
no era tan descabellado el pensar
que en algún lugar del vasto universo
pudiera hallarse otro de mi especie,
que las reuniera todas.
De cualquier manera,
daba igual lo que hiciera o dejara de hacer.
Yo no podía ser buena.
Nunca podría ser buena,
por el mero hecho
de que mi concepto de bondad
se proyectaba en el resto de humanos
como todo lo contrario.
Así que…
A tomar por culo.
Aquel hombre necesitaba un huequito cálido donde anidar.
Y yo lo tenía.
Yo tenía el huequito más jodidamente cálido
que nunca nadie podría imaginar.
Entre mis sedientos muslos
se encontraba
la puta entrada al fuego del averno.