- Hola.
- Hola, Rabya, qué agradable sorpresa volver a oír tu voz.
- Por el mensaje que dejaste en mi dormitorio, presumo que se te hizo corta la despedida.
- La verdad es que sí, se me hizo corta.
- A mí también.
- Pues cuando quieras lo acabamos.
- Pues acabémoslo esta noche.
En mi profesión es bastante usual
que sea la mujer la que lleva la iniciativa sexual.
Es como si la iniciativa sexual
viniera automáticamente incluida
en las poco discretas tasas del servicio.
El cliente es exigente.
Además de un indispensable atractivo físico,
demanda experiencia, habilidad e intuición,
que le garanticen satisfacción.
Sexo y dinero.
¿Quién mueve a quién?
En realidad significan la misma cosa: poder.
Flavio Briatore lo sabe.
Traci Lords lo sabe.
Y yo.
Si ahora el sexo extralaboral
estaba cobrando tanta relevancia en mi vida
era, precisamente, para equilibrar.
Yo también tenía la necesidad
de guías hábiles y experimentados
que me supieran proporcionar placer.
Yo también tenía la necesidad
de cuerpos y rostros atractivos
que potenciaran mi deseo,
que alimentaran mi insaciable ego.
Y contaba con lo más importante:
predisposición.
Lo cierto es que los vampiros
somos seres profundamente nostálgicos.
Los vampiros anhelamos volver a ser humanos
en el fondo de nuestros gélidos corazones.
Pasamos todo nuestro purgatorio
añorando volver a sentir emociones humanas.
Los vampiros somos unos románticos empedernidos.
Aquel hombre llegó a mí
en una fecha doblemente satánica de 2011.
A esa hora en que las brujas
empiezan a lubricar los palos de sus escobas
con lisérgicas sustancias
extraídas de raices mágicas,
lomos de sapo y dientes de serpiente,
que después frotan contra sus sexos
para echar a “volar”.
Prácticas que,
como bien sabemos,
están penalizadas con la caza y hoguera
por los Justicieros del Señor.
En realidad, los Justicieros del Señor
cazan y queman brujas
porque su religión de mierda no les permite
lamer sus lisérgicos coños,
que es lo que realmente desean.
Aquel hombre llegó a mí
en el momento más apropiado,
con el único cometido de complacerme tenazmente,
como confirmaba la húmeda lava transparente
que me resbalaba muslos abajo,
mientras aquel hermoso engendro
me empalaba con su cálida carne
en el borde de la mesa del salón.
Los dedos de mis pies apenas tocaban suelo, y no,
al compás del tempestuoso balanceo
que sus caderas imperaban.
Mi cerebro empezó a sentirse como anestesiado.
Mi mente se vaciaba a cada instante,
sumergiéndose en el suave placer que
estratégicamente
me proporcionaba aquel arcángel infiel,
dibujando rígidamente
la más sublime poesía
en mi interior.
La lava me llegaba ya por las rodillas
y lo empapaba del todo a él.
Mi mente seguía en blanco,
como volando.
Tan sólo dos palabras
se alternaban lejanas en mis pensamientos:
dentro – fuera.
Cuanto más simplificaba mi mente
más se intensificaba el placer,
hasta que empezó a confundirse con el dolor,
cuando mi servicial anticristo
se puso repentinamente muy violento abajo,
en nuestro íntimo beso descarnado.
Como mi sistema nervioso periférico
está algo deteriorado,
a veces me resulta bastante dificultoso
separar las sensaciones de dolor y placer.
Su masculina agresividad
me inspiraba un enorme placer,
contrarrestando en mi cerebro el dolor físico
que su polla se esforzaba en asestarme.
dentro – fuera
dolor – placer
bueno – malo
hombre – mujer
Todos los dualismos se fundieron magistralmente
justo en el momento de sentir
la expectante tensión
y posterior temblororsa explosión
que me invadió en el orgasmo,
al que siguieron otros tantos.
Me di cuenta de que había perdido totalmente el control
cuando sentí unos nerviosos dedos sobre mi boca,
luchando por acallar los estridentes aullidos
que empezaron a escaparse de mi garganta.
Algo en lo más profundo de mi ser
se veía al fin consumado.
Como diría aquel:
“Venganza” no es la palabra adecuada,
pero es la primera palabra que viene a la mente.