XXIII

 

El primer signo para reconocer a un ángel

es que los ángeles

nunca se dirigen a ti en tu mismo idioma.

 

Si tu lengua natal es,

pongamos por ejemplo, el español,

un ángel te hablará en irlandés,

islandés o flamenco,

pero jamás en tu mismo idioma.

 

Esto tiene un meditado fin.

 Como tú no hablas su idioma

ni él el tuyo,

recurriréis al método comodín por excelencia,

es decir,

intentar comunicaros en inglés,

puesto que es el idioma universal,

o sea,

el idioma que se utiliza en el Universo entero,

incluyendo el supramundo

y el inframundo también.

 

El problema

es que el inglés no es tu lengua natal,

ni la suya,

por supuesto, tampoco.

Y que en medio de vuestra comunicación

se abre un agujero

de 1.500 kilómetros de diámetro.

“El agujero anglosajón”,

lo podríamos llamar.

 

Para poder comunicarte con un ángel

necesitas simplificarte al máximo,

sintetizarte en pensamientos y emociones.

Necesitas volver a aprender a hablar.

Necesitas reinventar la comunicación.

Necesitas volver al origen,

a la base,

al idioma original,

y necesitas buscar en la memoria del Universo,

en la sabiduría de los ancestros,

en la pureza de lo primigenio.

 

“Return to be a child again…”.

 

Los ángeles no tienen recuerdos,

ni tienen pasado,

y si lo tienen,

lo han olvidado.

Su camino determina una única dirección:

hacia delante.

A la espalda no queda nada,

sólo un par de generosas alas.

 

En el origen del mundo no existe la maldad,

sólo la fuerza inconmensurable de querer comunicar.

Los ángeles conocen todos los símbolos del Universo,

y cada símbolo no es otra cosa

que la imperiosa necesidad de reunir

aquello que originalmente fue separado.

 

Como el amor no es otra cosa

que la imperiosa necesidad de reunir

aquello que originalmente fue separado.

 

—Universal Mind—