Cuando conseguí reaccionar,
él ya no estaba.
Me sentí
como si acabara de despertar
de un sueño extraño y agotador.
Nunca en mi vida
me habían producido una sensación similar.
¿Qué le había hecho aquel ser a mi cuerpo
que de pronto resplandecía
como si le hubieran aplicado
una fina capa del más precioso metal?
¿Qué clase de poder había ejercido
su alma en la mía
que ésta había comenzado a dilatarse
irrefrenable e ilimitadamente?
Miré hacia la cama,
que parecía el escenario
de un pequeño e íntimo campo de batalla.
Sentí una leve nostalgia
agujereándome el estómago.
Miré hacia la cama,
dulce santuario.
Las sábanas aún estaban mojadas con su sangre.
Vamos, Rabya. Lame su sangre.
Eso es todo lo que te voy a permitir echarlo de menos.
Me digo.
Tan sólo un instante evanescente en el que mi lengua se deleite
lamiendo los restos vitales de su inhumano cuerpo.
Tan sólo un insignificante suspiro
en el que mi lengua
se fusione con su esencia.
Tan sólo su preciada esencia
entrando en contacto con mi sedienta lengua.
Tan sólo un momento mínimo
en el que sentir el sabor de su recuerdo
desplegándose a lo largo y ancho de mi paladar.
Oh, tan sólo un minuto.
No más.
Tan sólo un minuto es lo que necesito
para lamer el fruto de su dolor;
la cercanía ausente,
el contacto desvanecido,
el abandonado encuentro.
Un minuto. No más. Es lo que te voy a permitir echarlo de menos.
Me dije.
Y me di cuenta de que tenía muchas cosas que limpiar.
Esta vez has tocado el cielo,
pero la vida sigue.
Jamás había conocido a alguien
que me mostrara semejante condescendencia.
¿Tan poderoso era que se sentía capacitado
para protegerme, purificarme y salvarme?
¿Quién era aquel ser
que había despertado en mí la confianza necesaria
como para dejar por un rato en sus manos
la batuta de la responsabilidad?
La responsabilidad de cuidar del mundo,
de velar por el mundo,
de querer protegerlo y salvarlo.
Alguien que pudiera hacer eso
debía de ser alguien muy poderoso.
Tanto o más que yo.
Me sentí vencida.
Me rendí,
confié y me entregué.
Me olvidé del mundo.
¿Acaso es el dolor del mundo mi responsabilidad?
Que siga girando el mundo
y no pare de dar vueltas y más vueltas
en su eje estático y frígido.
De pronto supe
que estaba empezando a perderme algo…
Y me gustó.
Entendí, de algún modo,
que la ignorancia puede ser felicidad…
Y me gustó.
Tanto
que quise convertirme en la mayor de las ignorantes.
No quiero saber nada del mundo
ni de su dolor.
Él me había salvado de mi condena,
pero me sentí castigada con su abandono.
Dicen que quien bien quiere, bien castiga.
Y así lo quise ver.
Tenía que seguir mi camino,
tenía que seguir buscando,
pero en otra dirección;
la que él me había señalado.
En otras tierras, en otros mares.
El mundo no me necesitaba,
y yo no necesitaba al mundo.
Él me castigaba por amor,
y yo castigaba al mundo
por lo mismo.

