XXIV

 

Contaba con cierta información

para reconocer a un ángel,

pero no tenía ni la más remota idea

de cómo encontrar uno con alas azules.

 

Desde que me salió aquella hermosa barba,

incluso después de haberla perdido,

mis intuiciones vampíricas

se habían disparado,

derivando en auténticas premoniciones.

 

Tenía la certeza

de hechos que iban a sucederse,

aunque desconocía el camino

que me conduciría hasta ellos.

 

Desde mi regreso

no había vuelto a soñar.

Había olvidado mis recuerdos,

mis deseos

eran sencillos de complacer,

y no tenía pesadillas,

porque también había olvidado mis miedos.

 

Sin embargo,

esa misma noche soñé.

Soñé que me reunía con alguien

que ya conocía,

pero no pude reconocer su rostro.

Le conocía,

pero no sé quién era.

 

Soñé que nos besábamos.

Que sus labios se unían a los míos,

como dos sangrientas rosas gemelas,

y nos fundíamos

en un lento y húmedo beso.

 

Me sentía en el putísimo cielo,

enmimismada con el único sonido

de unos suaves gemidos

que acariciaban el interior de mi garganta.

 

Y entonces sonó el teléfono.

 

Era un viejo cliente.

Precisamente,

no era de los más viejos,

pero sí de los más antiguos.

 

¿Por qué no estaba muerto?

Fácil;

porque era uno de los mejores fotógrafos

que, en persona,

nunca había conocido.

Y porque fue profesor mío.

 

No se puede matar a un profesor,

como no se puede matar a un artista.

Eso se acercaría bastante

a mi concepto de crimen.

 

Puede resultar paradójico

oir mentar el respeto

por boca de una puta homicida,

pero,

por gracia o desgracia,

soy una persona muy cuerda

y conozco, perfectamente,

esa delgada línea roja

que separa el bien del mal,

aunque me encante saltar a la comba en ella.

 

Aquel que de la nada,

y con la única herramienta de su imaginación,

consigue transmitir a otro

un sentimiento de identificación,

por medio del arte,

en cualquiera de sus múltiples vertientes,

merece todos mis respetos.

Porque el arte es mi vida.

Y mi vida es arte a su vez.

 

Yo sólo quería salvar el mundo.

Posiblemente,

Hitler pensara igual que yo,

pero afortunadamente,

mi poder se reduce

a la mera ficción…

de la palabra.

Al igual que el de Jesucristo,

el artista por antonomasia.

 

Es mi deber mostrar gratitud

a aquel que me enseñó,

y qué mayor gratitud

podría mostrarle yo a un ser humano

que la de concederle,

ni más ni menos,

la libertad de vivir.

 

Él nunca sería consciente de su privilegiada situación.

 

Oí su voz,

pero yo seguía pensando

en recuperar por un segundo más

el placer que aquellos labios,

recién soñados,

me estaban proporcionando.

 

Porque Ella siempre vuelve,

con sus más negros ojos.

Siempre.

 

—Stairway to Heaven—