Contaba con cierta información
para reconocer a un ángel,
pero no tenía ni la más remota idea
de cómo encontrar uno con alas azules.
Desde que me salió aquella hermosa barba,
incluso después de haberla perdido,
mis intuiciones vampíricas
se habían disparado,
derivando en auténticas premoniciones.
Tenía la certeza
de hechos que iban a sucederse,
aunque desconocía el camino
que me conduciría hasta ellos.
Desde mi regreso
no había vuelto a soñar.
Había olvidado mis recuerdos,
mis deseos
eran sencillos de complacer,
y no tenía pesadillas,
porque también había olvidado mis miedos.
Sin embargo,
esa misma noche soñé.
Soñé que me reunía con alguien
que ya conocía,
pero no pude reconocer su rostro.
Le conocía,
pero no sé quién era.
Soñé que nos besábamos.
Que sus labios se unían a los míos,
como dos sangrientas rosas gemelas,
y nos fundíamos
en un lento y húmedo beso.
Me sentía en el putísimo cielo,
enmimismada con el único sonido
de unos suaves gemidos
que acariciaban el interior de mi garganta.
Y entonces sonó el teléfono.
Era un viejo cliente.
Precisamente,
no era de los más viejos,
pero sí de los más antiguos.
¿Por qué no estaba muerto?
Fácil;
porque era uno de los mejores fotógrafos
que, en persona,
nunca había conocido.
Y porque fue profesor mío.
No se puede matar a un profesor,
como no se puede matar a un artista.
Eso se acercaría bastante
a mi concepto de crimen.
Puede resultar paradójico
oir mentar el respeto
por boca de una puta homicida,
pero,
por gracia o desgracia,
soy una persona muy cuerda
y conozco, perfectamente,
esa delgada línea roja
que separa el bien del mal,
aunque me encante saltar a la comba en ella.
Aquel que de la nada,
y con la única herramienta de su imaginación,
consigue transmitir a otro
un sentimiento de identificación,
por medio del arte,
en cualquiera de sus múltiples vertientes,
merece todos mis respetos.
Porque el arte es mi vida.
Y mi vida es arte a su vez.
Yo sólo quería salvar el mundo.
Posiblemente,
Hitler pensara igual que yo,
pero afortunadamente,
mi poder se reduce
a la mera ficción…
de la palabra.
Al igual que el de Jesucristo,
el artista por antonomasia.
Es mi deber mostrar gratitud
a aquel que me enseñó,
y qué mayor gratitud
podría mostrarle yo a un ser humano
que la de concederle,
ni más ni menos,
la libertad de vivir.
Él nunca sería consciente de su privilegiada situación.
Oí su voz,
pero yo seguía pensando
en recuperar por un segundo más
el placer que aquellos labios,
recién soñados,
me estaban proporcionando.
Porque Ella siempre vuelve,
con sus más negros ojos.
Siempre.