Si hay algo que me jode sobremanera
es tener que ir,
expresamente,
a trabajar a un hotel.
No me importa trabajar en un hotel,
siempre y cuando,
primero,
me hayan proporcionado una grata velada,
llevándome a cenar,
a dar un paseo por el parque,
o la playa,
a tomar un cóctel, a la ópera,
a un buen concierto…
Entonces no me cuesta nada ser complaciente.
De hecho,
es un placer complacer
a quien me invita a disfrutar.
Prefiero, todo sea dicho,
recibir la visita en mi casa,
pero eso sólo puedo hacerlo
con los clientes de mayor confianza.
Doy por sentado
que cada hombre que conozco
tiene una historia interesante y diferente
a sus espaldas.
Que con cada uno de ellos
tengo temas comunes que poder tratar.
Necesito absorber información, estilos,
carácteres, almas, emociones, mentes…
y rubricarlo todo con un buen polvo,
y algo de sangre, quizás.
Me gusta la gente diferente,
eso no lo puedo negar.
De diferentes lugares,
diferentes lenguas,
diferentes colores,
diferente mentalidad.
Me gusta la gente
a la que también le gusta la gente diferente.
Dentro de un pequeño universo de pensamientos,
unos mandan y otros obedecen.
Y no hay más.
Alguien dicta unas normas,
alguien se encarga de hacerlas obedecer
y el resto las cumple obedientemente.
Así se crea una sociedad.
Y tanto dentro como fuera de la misma
hay gente diferente
que se cuestiona esa sociedad,
que abre un margen con respecto a ella,
adquiriendo así una visión más global
y objetiva.
Gente diferente.
Llámenlos artistas, ángeles, vampiros,
profetas, librefolladores,
u ’open-minded’, eso da igual.
La vida está llena de diferentes colores
de diferentes aromas,
de diferentes melodías.
Sólo hay que aprender a mirar,
a respirar, a escuchar.
La mayoría
se deja arrastrar por esa amplia paleta de grises
que se limita a la sociedad a la que pertenecen,
pero fuera,
hay mucho más.
Me gusta complacer a mis clientes.
Ese es mi trabajo.
Trabajo que he escogido voluntariamente.
Me gusta beber sangre y desgarrar entrañas.
Me gusta que me seduzcan elegantemente.
Soy una princesa.
La más puta del universo,
si ustedes quieren,
pero una princesa al fin y al cabo,
y quiero que se me trate como tal.
Si tengo que presentarme
en un hotel del quinto coño
para follar,
voy a follar muy cabreada.
Y cuando eso ocurre,
el final siempre es el mismo.
No necesitaba esta cita.
No sé lo que mi profesor opinaría al respecto,
pero no establezco vínculos afectivos con nadie,
así que me daba igual.
Iba a anular aquella cita
que me estaba empezando a incomodar demasiado.
Sólo tenía que mandar un mensaje de texto
con mi teléfono móvil
y ya no habría vuelta atrás.
Ya no quería conocer a aquel tipo.
No tenía nada que hacer con él.
No lo conocía ni lo conocería ya jamás.
Quién era me daba igual.
Si era un ángel o un demonio del infierno.
Me daba igual lo que quisiera,
porque no me había tratado como lo que soy,
sino como una vulgar putilla sin clase
a la que se le manda un taxi a casa
para traérsela al hotel.
Así que,
estaba terminando de escribir aquel mensaje,
a punto ya de mandarlo,
cuando el teléfono
empezó a vibrar entre mis manos.
No conocía el número,
pero descolgué.
- ¿Diga?
- ¿Erika?
- Lo siento, ha debido de equivocarse. Yo no soy Erika.
- Erika, escúchame, por favor. No anules la cita.
- ¿Perdón?
- No anules la cita, por favor.
- ¿Quién eres?
- Te estaré esperando en la suite del lugar acordado.
- Pero mi nombre es Rabya.
- Da igual el nombre que te pongas. Tú eres siempre la misma.
Si hubiera enviado el mensaje
ya no hubiera habido vuelta atrás,
pero a veces las cosas suceden,
en una misteriosa sincronización
de casualidades temporales
que enredan los hilos del destino.
Ahora no había marcha atrás,
pero en esto otro:
él me estaba llamando,
él me estaba esperando,
y yo quería conocerle.