Los vampiros
tenemos ciertos poderes extraordinarios,
pero también somos vulnerables a muchas cosas.
Estamos condenados a vivir en la suspicacia,
por eso somos especialmente solitarios,
y extremadamente selectivos
a la hora de depositar nuestra confianza;
porque depositar nuestra confianza
en alguien equivocado
puede arrastrarnos a la inminente catástrofe.
Se supone que somos inmortales,
pero nada podemos hacer
en caso de vernos sorprendidos por una traición.
Si un vampiro halla su muerte,
lo más probable es que haya sido
a efecto de una traición.
El vínculo de la confianza
es muy fuerte para un vampiro,
pero el vínculo de la traición,
si no se ha perdido la vida por su causa,
es aún mayor.
(Sobre el “vínculo de la traición”
me gustaría contar
“la historia del hombre que me rechazó”,
pero en otra ocasión).
El caso es que yo había depositado mi confianza
en aquel ser desconocido.
Le había abierto mi alma
y le había entregado sumisamente mi cuerpo
para que lo purificara.
Y sentí que aquel ser
me había curado de mi vampírica soledad
por un brevísimo margen temporal.
Sentí que podía confiar en él.
Y ahora me sentía sola y desamparada.
Averiguar por sus palabras si volvería a verlo
era imposible.
Y aunque supiera con seguridad
que aquello iba a suceder,
el no saber cuándo ocurriría
era también una tortura
que no quería sufrir.
Me sentía perdida.
Tenía que romper cuanto antes
ese extraño e imprevisto vínculo
que había creado hacia (que no con) él.
Él;
alguien que ni siquiera tenía muy claro que existiera.
Quizá todo había sido un sueño.
Quizá pensar
que todo había sido un sueño
era lo más adecuado.
Un sueño no debería afectar a nuestra realidad.
No a la realidad
de una puta vampira,
borracha de poder,
en busca de aventuras.
Lo mejor era hacerse a la idea
de que no volvería a verlo,
o de que estaba muerto.
Presentí que no tendría más noticias de él.
Si la información no se renueva,
tampoco los sentimientos,
y la información, aunque intensa,
era muy poca.
Ahora todo es sólo cuestión de tiempo.
No es necesario forzar nada.
Tan sólo dar tiempo al olvido
para que éste haga su sabia labor.
Todo va bien
cuando todo está bajo control,
pero joder,
un día te encuentras
con un hermoso ángel de azules alas,
que saquea tu soledad
y le da a tu vida un giro de 180º
y joder,
todo tu “particular equilibrio”
se viene abajo.
Sentí que me estaba empezando a quedar ciega.
Como si todos los parámetros
que habían estado constituyendo mi vida de vampira
se desvanecieran de toda comprensión.
Empecé a verlo todo muy gris.
Oh, Dios, somos polvo, somos ceniza.
Somos cambio tras cambio,
muerte tras muerte,
resurrección tras resurrección.
Todo ante mis ojos había empezado a perder su color.
Todo se fundía en un solo color: el gris.
Me sentí en un limbo del quinto infierno,
en la más absoluta soledad.
- ¡Eeecoo Eeecoo!
(Eeecoo-Eeecoo-Eeecoo)
- ¿Hay alguién ahí?!
(ahí-ahí-ahí)
- ¡Hijo de puuuuu-ta!
(ta-ta-ta)
El gris más absoluto.
La más absoluta soledad.
Visión monocroma.
Romper el apego.
No es la primera vez.
Cadenas mucho más rígidas has roto.
Ese gris me está congelando el alma.
No siento felicidad,
pero lo realmente importante
es que tampoco siento sufrimiento ni frustración.
Paciencia…
Piensa en algo que hayas desarrollado
con verdadera vehemencia
en los últimos tiempos.
Paciencia.
No lo necesitas.
Olvídalo.
Olvídalo todo con total tranquilidad.