XXXIII

 

De nuevo,

mi alma se encontraba albergada

por una pronunciada sensación de abandono.

 

El escozor que,

gozosamente,

aún retenía en mis adentros,

era la prueba palpitante

de aquel ancestral encuentro,

tan lejano ya…

 

En esta ocasión,

antes incluso de haberme tomado,

él ya me había abandonado.

No sin antes

encender en mi interior una luz

que me permitía volver a ver o,

más bien,

darme cuenta de que aún podía hacerlo.

 

Por las últimas palabras del blue-winged angel

sabía que ellos seguirían apareciendo,

mostrándome caminos,

abriéndome puertas;

pero mi alma

siempre acabaría hallándose invadida

por una única constante:

la ausencia.

 

La insatisfacción constante

se convertía en la constante pauta de mi devenir.

Había perdido las riendas de mi vida.

 

Mi vida

era como la metáfora de otra vida.

Como si alguien me hubiera estado soñando

o imaginando

desde el comienzo.

Como si un maquiavélico poder

me estuviera manipulando

desde la oscuridad.

 

Cada uno de mis movimientos,

cada uno de mis pasos,

ya había sido dado en otro momento,

en otro lugar…

 

Yo no era yo.

Yo era el rabioso alter-ego de la paranoia,

el efecto devastador

de una extraña aleación de drogas,

el proyecto viviente

de algún vanidoso dios,

una marioneta endemoniada,

un cuento achinado,

la voz de su amo,

una siniestra mentira

encubierta de discretas verdades,

el juguete inocente de La Mente.

 

Me había desconectado del mundo.

Me había desconectado del ser humano.

Y me había desconectado,

definitivamente,

del hombre.

 

Los ángeles

no pueden perdurar más de un instante.

Son altamente evanescentes.

Y tanto los unos, como los otros,

da igual,

eran todos unos farsantes.

Así, mi mundo

se había convertido igualmente

en un fraude,

un fake,

una falsificación.

 

Yo no era más

que el reflejo de unos incisivos ojos,

observándome.

La interpretación confusa

de una perversa mente,

que me pedía más y más,

insaciablemente;

empujándome a descubrir

hasta dónde me podría desnudar,

cuánta más “carne” podría mostrar.

 

¿Dónde estás, Mente?

¿Qué soy, Mente?

¿Quién eres tú?

Háblame de ti, Mente.

Habla,

que yo ya he hablado suficiente.

 

Aham.

Aham.

Sí.

Sigue.

Qué original.

Sí, sí. Interesante.

Aham.

Sí.

Vaya por dios.

Y ¿quién tuvo la culpa?

Joder.

Ya.

De todo tiene que haber…

Sí.

Claro, claro. Por supuesto.

Ya veo.

Qué ingenioso.

No, no. Pues adelante.

De acuerdo.

¿Tú o yo?

Y ¿quién es ella?

Ah.

No, no. No importa.

Aham.

Aham…

Ningún problema con eso.

Cierto es.

Te lo agadecería profundamente.

Aham.

Como el agua cristalina.

Dime.

Aham.

¡Oh!, “constante-mental-mente”.

Sí.

Entonces, que así sea.

 

—Nude—

 

Back

 

Publicado en  on at 3:05 pm Dejar un comentario
Tags:

XXXII

 

El lobo

marchaba apenas un metro

por delante de mí.

Sabía el camino a mi casa

mejor que yo misma.

 

- Escucha lobo… ¿Sabes qué le ha pasado a mi vista?

- Tu vista está perfectamente. Ahora verás mucho mejor en la oscuridad. Deja de enfocarlo como una pérdida. Es más probable que sea un don, pero tú estás totalmente ofuscada con la idea de la pérdida. La pérdida, la pérdida, la pérdida… Eso es muy humano; ¿sabes? Me estás defraudando. Te acostumbras a algo y, luego, la costumbre se convierte en adicción, cuando dicha costumbre se ha roto. Pero eso tú ya deberías saberlo… Pobrecita Rabya, ya no puede ver los ultravioletas, pero ve cojonudamente en la oscuridad.

 

Estaba enfadado conmigo.

Eso me transmitió confianza.

 

Llegamos a mi casa y,

una vez allí,

se dirigió directamente

hacia mi dormitorio.

Lo seguí.

 

- Uhm… ¿Vas a purificarme…? –le dije irónicamente con la intención de que me desvelara su relación con aquel ser anterior, que tanto bien me había hecho.

- No, ya has sido purificada. Pero sí que me gustaría poseerte.

- Pero… eres un lobo, una bestia. Ni siquiera somos compatibles genéticamente.

- Qué cerrada eres, Rabya. ¿Quién lo diría?

 

No estaba muy segura

de cómo me iba a afectar aquello psicológicamente,

pero aquel ser,

con apariencia de lobo,

tenía poder.

Tenía algún tipo de poder sobrehumano y,

sobretodo,

tenía poder sobre mí.

Sabía cosas,

y yo quería saberlas también.

 

Me desnudé ante él.

Estaba sentado sobre sus patas traseras.

Según me iba desnudando

se fue empalmando.

Una vez hube terminado,

le di la espalda y me puse a gatas.

 

- Pero qué lindísima eres, Rabya.

 

Oí el sonido de sus patas y sus uñas,

raspando sutilmente el parqué,

acercándose a mí despacio y,

después,

no oí nada.

Y, después,

sentí una respiración suave

detrás de mis muslos.

Y después,

una lengua,

que empezó a lamerme devotamente,

a la vez que unas manos

acariciaban mis piernas.

Se me escapó un inesperado gemido.

 

Unas manos cálidas,

deslizándose hacia mis caderas.

Unas manos humanas,

dibujando el contorno de mi cintura,

de mis costillas,

de mis pechos…,

masajeándolos delicadamente y,

con tan buen gusto,

como un verdadero humano

nunca podría hacerlo.

Noté el calor de su órgano

acercándose al mío.

Giré tímidamente la cara hacia la derecha,

cuando sentí su dedo índice

hundiéndose en mi mejilla.

 

- Shhhhhh… Ni se te ocurra -me sujetó la mandíbula con su enorme mano diestra y me besó, exactamente, donde acababa de clavar su dedo-.Lo siento-se disculpó.

 

Estaba un poco acojonada.

En mi cabeza una vocecilla infantil

rezaba de alguna manera:

 

Por el culo no, por favor.

Por el culo no.

 

Contuve unos segundos la respiración,

mientras él jugueteaba con nuestros sexos y,

finalmente,

se decidía…

 

Oh, sí… Oh, Dios…

 

Y me folló.

Sentí el esplendor de su considerable tranca,

que dejaría mi vagina resentida

por los dos siguientes días venideros.

 

Lo acogí.

Lo acogí con gran afecto

y disfruté de él,

recorriéndome rígidamente por dentro,

una y otra vez.

 

Conocía él mi punto débil:

la espalda.

Tenía varias cicatrices en ella,

aunque todas bien curadas,

excepto una.

Me estremeció un escalofrío,

cuando sus labios

entraron en contacto con mi espalda.

Toda mi sensibilidad

concentrada en la espalda.

Un millón de cosquillas

bailaron en mi espalda.

Cualquier beso o caricia,

en la espalda,

hacían que me arqueara irremediablemente.

Sus besos,

su demencial erección

trabajando duro en mi interior,

y la piel de mi espalda,

erizada como la de un gato asustado.

Sus besos en mi espalda,

mi arqueo

facilitándole la profundidad de penetración.

Mis suplicantes gemidos

y sus labios

en mi espalda;

y de nuevo me arqueo

y nuevamente él profundiza en mí

y yo no puedo parar de gemir

y de quejarme

y de arquearme.

Sus manos

seguían acariciando mimosamente mis pechos,

mi cintura,

mi espalda,

mis hombros.

Su aliento en mi nuca y

de nuevo

sus finos labios

rozando mi espalda.

 

Durante horas

padecí aquel bendito suplicio;

durante interminables horas,

totalmente sensibilizada.

 

Me arqueo y me arqueo,

una y otra vez,

hasta que,

a fuerza de besos y caricias,

voy perdiendo la sensibilidad.

 

Pero para ese momento,

en el que la sensibilidad

llega a desaparecer por completo

y ceso de sufrir y disfrutar

y puedo evadirme

y dejar mi mente en blanco al fin,

él ya se me había corrido dentro.

 

Intenté mantenerme un segundo

apretada contra su pubis,

reteniendo esa sensación de cobertura,

protección,

resguardo y plenitud,

entre aquellas poderosas garras

con repentina forma humana.

 

Había empezado a oscurecer.

Se apartó de mí

y sentí un gran desasosiego,

y frío.

Oí sus pasos descalzos

distanciándonos

y encendió la luz.

Cuando me giré hacia él,

su aspecto

era nuevamente el de un lobo.

 

- Y ahora, Rabya, cierra bien las ventanas, la puerta, el balcón. Ciérralo todo para que no entre absolutamente nada de luz –me dijo. Por supuesto, obedecí-. Y ahora, por favor, apaga de nuevo.

 

Apagué

y me di cuenta de la nitidez

con la que podía ver.

No había ni una hebra de luz

a la que mis retinas pudieran haberse aferrado.

Miré cada objeto de mi dormitorio

y lo vi todo gris, sí,

pero tan claramente

como a plena luz del día.

Todo gris, sí,

excepto él,

que resplandecía en un luminoso azul cielo.

 

Qué visión tan gloriosa.

Diría que tenía forma humana,

pero estaría faltando a la realidad,

porque lo que se mostraba ante mí

no podía ser otra cosa

que un ángel.

 

- Ahora, Rabya, tienes la capacidad de reconocernos.

 

Me di cuenta

de que la luz que lo envolvía

había empezado a desvanecerse

y de que,

al mismo tiempo,

él se desvanecería también.

 

Me senté en la cama,

observándolo.

Abrí los muslos

y empecé a tocarme.

Aún estaba mojada.

Aún, ardiendo.

 

Me masturbé

para inmortalizar aquel mágico momento

con el orgasmo

al que yo no había podido llegar,

antes de que sus ojos evanescentes,

que seguían mirándome directamente,

se terminaran de desdibujar.

 

Sus frígidos ojos

se perderían por siempre

entre aquellos últimos jadeos.

Y su sonrisa soviética

quedaría por siempre grabada

en la oscuridad de mis pupilas

y de mi corazón.

 

—Passenger—

 

The Sign

 

Publicado en  on Noviembre 14, 2008 at 4:01 pm Dejar un comentario
Tags:

XXXI

 

Lo malo de tomar una decisión

es el riesgo de equivocarse al hacerlo.

Lo bueno,

las hermosas cicatrices

que se van dibujando en la línea de tu vida.

 

Si perdiera mi consciencia

dejaría de ser yo.

Y quiero preservar mi cerebro,

pero para ello

me tendría que haber decantado

por una filosofía como la budista,

o el ateísmo,

y no esta maldita-bendita religión del arte.

 

Para mantener un sistema nervioso saludable,

lo más recomendable es evitar las emociones,

puesto que éstas pueden ser fuente

de una gran variedad de transtornos nerviosos.

 

La complejidad de nuestros sentimientos

va en función a la complejidad

de nuestro sistema nervioso,

lo cual dota a cada cual

de una sensibilidad diferente.

 

¿Tienes tú la culpa de estar torturándome,

cuando ni siquiera estás psicológicamente capacitado

para sentir el dolor

bajo una sensibilidad como la mía?

 

Pues posiblemente no, pero

¿tengo yo la culpa de que tu inconsecuencia

esté haciendo estragos en mi sistema nervioso?

 

En algún punto

entre mis nervios ópticos y mi cerebro

algo se había desconectado,

impidiéndome detectar el color.

 

Cuando estás acostumbrada

a una magnífica y tetracromática

vista de vampiro,

verlo de repente todo gris

puede resultar muy traumático.

 

Tendría que aprender a mirar

desde la perspectiva de una lechuza,

cuando estaba acostumbrada a hacerlo

desde la de un halcón.

 

Si podría o no

recuperar mi vista natural

era ahora un terrible secreto del destino.

 

Mis instintos sexuales estaban a bajo cero.

Mis instintos asesinos,

igual.

 

Empecé a trabajar intensivamente,

aceptando un montón de encuentros

y recuperando así mis abandonadas cuentas,

que se habían resentido últimamente,

debido a mi escasa actividad laboral.

 

Cuando lo ves todo tan gris,

lo mejor es hacer dinero.

En cualquier momento puede surgir

una buena razón en la que invertirlo,

o una crisis,

a lo peor.

 

No maté a nadie en algún tiempo.

No violenta o directamente al menos;

pero las alas de mi pequeña mariposa

no dejaban de provocar catástrofes

en el mundo entero.

 

Una mañana temprano,

antes de lo que acostumbro a levantarme,

sentí una gran necesidad

de echarme a la calle

en busca de mis adorados,

tanto como odiados,

y grises zombis;

que esta vez serían más grises que nunca.

 

Me fui cruzando con ellos,

caminando,

percatándome de todas aquellas miradas,

extrañas y extrañadas.

Algunos me miraban por el rabillo del ojo,

pero otros

incluso se giraban descaradamente.

 

Me paré desconcertada

y entonces un hombre se me acercó

y me habló en voz baja:

 

- He soñado contigo.

 

Me quedé algo sorprendida, así que le pregunté: 

 

- ¿Y qué has soñado?

- Que me salvabas la vida.

 

Se dió media vuelta y se marchó,

dejándome algo sobrecogida.

 

- Qué fuerte… –Susurré.

 

Seguí caminando,

intentando leer en aquellas miradas,

cuando sentí una mano

llamándome en la espalda.

Me giré.

Era una mujer.

 

- He soñado contigo –Me dijo.

- ¿Y qué has soñado? –Pregunté.

- Que me salvabas la vida.

- Qué fuerte.

 

Se fue y yo me quedé quieta.

Me empecé a sentir incómoda

y de nuevo la mano de alguien me sujetó,

esta vez por la muñeca.

Era un ciego.

 

- He soñado contigo.

- ¿Cómo sabes que soy yo con quien has soñado?

- Porque en mi sueño también podía verte.

- ¿Puedes verme?

- Perfectamente.

- Pues yo lo veo todo muy gris.

- A lo mejor necesitas un perro lazarillo, como el mío.

 

Miré la correa que llevaba en la mano,

pero lo que sujetaba aquella correa

no era un perro lazarillo,

ni mucho menos,

sino una cabra macho,

de enroscados y grises cuernos.

 

- No es quien tú crees el que te guía –le dije.

- Eso mismo soñé que me decías.

 

Me sacudí su mano de la muñeca y me fui,

buscando un camino

por el que no tuviera que cruzarme

con tanta gente.

 

Caminaba ya por una calle

apartada del centro,

cuando unos ruidos,

 que parecían salir de un callejón,

llamaron mi atención.

 

Me acerqué.

Oí algo que parecían cadenas,

y también algo que parecían gruñidos.

Empecé a adentrarme en el callejón.

 

Encontré una valla,

prolongación de una pequeña parcela.

La valla estaba cubierta de cañas y cuerdas,

así que no pude ver lo que había al otro lado,

de donde procedían aquellos ruidos.

 

Fui buscando a lo largo de la valla,

metro por metro,

hasta que, finalmente,

encontré un pequeño orificio.

 

Miré por él

y vi un famélico lobo gris,

encadenado a una caseta de perro.

Se movía sistemáticamente

de un lado al otro,

totalmente obcecado,

y me pareció muy afligido.

 

Rápidamente trepé por la valla

y salté al otro lado,

pues los vampiros somos ágiles y decididos.

 

El lobo me miró directamente,

con sus chispeantes ojos grises.

Nunca había visto unos ojos tan tristes…

Dejó de gruñir.

 

Si intentas acariciar a un lobo,

lo más probable es que te muerda la mano.

No es que el lobo tenga nada en tu contra.

Es, simplemente, que los seres humanos

le producen auténtico terror.

 

Pero aquel lobo no estaba asustado.

 

He oído muchas historias sobre los lobos.

De los lobos solitarios,

los lobos de mar,

la loba capitolina,

la loba herida,

el lobo estepario,

el hombre lobo,

Fenris,

Lobezno,

cinco lobitos tiene la loba,

¡que viene el lobo!

los tres cerditos… 

y el lobo.

 

No hay cultura o civilización

que no recoja su particular concepción del lobo.

El lobo,

animal mítico y místico.

Mito en sí mismo, el lobo.

 

Y ahí estaba yo,

frente a un dios.

 

Alargué mi mano hacia él,

puse el dorso ante su hocico

y dejé que lo olisqueara.

No apartó sus ojos de los míos

ni por un momento.

Entonces sentí la humedad caliente

de su lengua sobre mi piel.

No pude contener una sonrisa.

Deslicé cautelosamente mis dedos

hacia el exterior de su oreja

y lo acaricié.

Noté la presión de su cabeza contra mi mano

y sus ojos se fueron cerrando poco a poco.

 

Que un lobo te muerda, si intentas acariciarlo,

es lo más natural del mundo,

pero que un lobo no te oponga resistencia

y te permita acercarte tanto a él,

puede convertirte por unos instantes

en el ser más feliz del planeta.

 

- Lo veo todo gris, amigo.

- Yo puedo enseñarte a ver en la oscuridad.

- Pensé que los lobos nacidos en estado salvaje carecían del gen de la gobernabilidad.

- Soy un lobo-lazarillo.

- ¿Cómo te llamas?

- No tengo nombre.

- ¿Quieres que te ponga uno?

- Si me pones nombre adquirirás poder sobre mí.

- Entonces te llamaré simplemente lobo.

- Y yo a ti, simplemente Erika.

- ¿Erika? Pero mi nombre es Rabya.

- Ja, ja, ja. ¿Rabya? Qué nombre tan ridículo. Ese no es el nombre de una princesa.

- Pero es mi nombre…

- De acuerdo, Rabya, vámonos de aquí.

 

Solté la cadena que lo ataba

y saltamos la valla.

 

—Monochrome—

 

XXX

 

Una vez me equivoqué

pensando que me había equivocado.

 

Conocí un niño que,

en vez de corazón,

tenía una maquinita de hielo.

No había en él generosidad

ni ternura ni caridad alguna.

Era el niño más infeliz del planeta,

y quería que cualquiera que se le acercara

también lo fuera.

 

Como no podía sentir amor,

odiaba a los que tenían el corazón lleno.

“Sufre conmigo” –decía–. “Muere por mí”.

 

Porque los niños son así,

envidiosos y egoístas.

Me hizo sentir tanta pena…

 

Lo observé por un tiempo.

Tenía que existir alguna manera de ayudarlo.

Tenía que existir alguna pequeña esperanza

en aquel pequeño y frío corazón.

 

Lo veía jugar

 con la crueldad típica,

cuasi inocente, de los niños,

utilizando los sentimientos de las personas,

y también los míos,

sin ningún tipo de remordimiento

ni compasión.

No había nada a lo que le diera valor.

 

Un alma tan negra

debía de haber recibido muy poquito cariño

y muy poquita comprensión.

 

No, aquel niño

no sabía lo que era el amor.

No tenía ni puta idea.

Tenía que existir alguna manera de ayudarlo.

 

Le di 20 litros seguidos de amor,

Y se bebió los 20 litros de sangre

trago por trago.

Así que por algún tiempo

estuvo alienado por mi amor.

Pero cuanto más amor se me bebía,

más se engordaba su ego y su odio,

y más intensamente me pedía:

“Sufre conmigo. Muere por mí”.

 

Se estuvo alimentando de mis sentimientos

por mucho mucho tiempo.

Adaptó mis símbolos a su comunicación.

Transfiguró el vínculo que yo había creado,

reinventando ominosos lazos

que extraía de mi imaginación.

 

Luego

empezó a utilizar los más íntimos secretos

que mi corazón le había confesado

para herirme

cuando me sentía débil y desvalida.

Hacía promesas sagradas,

que inmediatamente rompía.

Me torturaba

aprovechándose de toda la información

que, ingenuamente,

yo desconocía.

Me ofrecía su confianza

y en cuanto me daba la vuelta,

me vendía.

 

Si alguna vez tocaba mi mano,

en seguida decía:

“Todo es fruto de la casualidad.

No admitiré otra verdad”.

 

Porque así son los niños…

frágiles y temerosos,

tan vulnerables y asustadizos…

 

Le gustaba jugar a ser Dios,

impresionando pequeños cerebros

con mis sofísticados métodos.

Unos métodos

que habían sido creados para AMAR,

y no para aquello.

 

Y hasta vergüenza llegué a llorar.

 

Convirtió el precioso poder que le di

en un circo de hipocresía y mentiras.

Preciosas mentiras,

adornadas con mis versos.

Preciosas mentiras que nunca buscaron amar,

sino desmentir las irreversibles verdades

que yo le desvestía.

 

Le di consciencia, pero no…

No la recibió.

 

Le di un complejo sistema de comunicación,

pero no conté con su irresponsabilidad,

lo cual me hace igualmente irresponsable a mí,

y tendré que cargar por mucho tiempo

con esa culpa.

 

No fui yo quien lo llamé,

pero igualmente me arrepiento.

 

Rápidamente se convirtió en un violador.

En un violador niño.

Malentendió el amor que le ofrecí

y, en consecuencia,

sólo pudo crear sentimientos ambiguos y carroñeros.

Estaba vacío

y sólo robándome se llenaba.

No tenía fuente de inspiración,

así que imitaba la mía.

 

Pero una imitación del amor

no es amor.

Es un fraude,

una mentira,

un error.

 

Los hombres aman a las mujeres,

Pero ¿a quién podía amar un niño?

Los hombres follan, hacen el amor,

pero los niños

sólo se pajean con ositos.

Pensé que podía brillar,

pero sólo era un niño jugando a ser Dios.

 

Sentí que no podía liberarlo

de su oscura ceguera,

y que, si seguía así,

acabaría arrebatándome

hasta la última gota de libertad.

 

Me equivoqué,

me equivoqué y cometí un terrible pecado.

Lo amé para hacerlo un hombre,

pero él nunca podrá crecer.

Lo amé como una madre ama a su hijo,

llegando a mentir si es necesario,

para protegerlo del dolor.

 

Me equivoqué.

Lo confundí con un artista,

con un ángel,

con un poeta,

pero resultó ser un falso profeta.

Lo confundí con un hombre lobo,

pero resultó ser un perro baboso.

Lo confundí con un vampiro,

pero sólo era una sanguijuela.

Me confundí,

forzándolo a ser alguien que no es

y que además nunca podría ser.

 

Una vez me equivoqué

pensando que me había equivocado.

 

Dicen

que la primera impresión es la que cuenta,

pero nunca me dejé guiar por tópicos.

Sin embargo,

al cabo de los años,

aquella impresión primera

es todo lo que ha quedado.

 

Y siento tanto no haber podido ayudarlo…

Lo siento tanto todo, tanto…

 

—The Blood is Love—