Lo malo de tomar una decisión
es el riesgo de equivocarse al hacerlo.
Lo bueno,
las hermosas cicatrices
que se van dibujando en la línea de tu vida.
Si perdiera mi consciencia
dejaría de ser yo.
Y quiero preservar mi cerebro,
pero para ello
me tendría que haber decantado
por una filosofía como la budista,
o el ateísmo,
y no esta maldita-bendita religión del arte.
Para mantener un sistema nervioso saludable,
lo más recomendable es evitar las emociones,
puesto que éstas pueden ser fuente
de una gran variedad de transtornos nerviosos.
La complejidad de nuestros sentimientos
va en función a la complejidad
de nuestro sistema nervioso,
lo cual dota a cada cual
de una sensibilidad diferente.
¿Tienes tú la culpa de estar torturándome,
cuando ni siquiera estás psicológicamente capacitado
para sentir el dolor
bajo una sensibilidad como la mía?
Pues posiblemente no, pero
¿tengo yo la culpa de que tu inconsecuencia
esté haciendo estragos en mi sistema nervioso?
En algún punto
entre mis nervios ópticos y mi cerebro
algo se había desconectado,
impidiéndome detectar el color.
Cuando estás acostumbrada
a una magnífica y tetracromática
vista de vampiro,
verlo de repente todo gris
puede resultar muy traumático.
Tendría que aprender a mirar
desde la perspectiva de una lechuza,
cuando estaba acostumbrada a hacerlo
desde la de un halcón.
Si podría o no
recuperar mi vista natural
era ahora un terrible secreto del destino.
Mis instintos sexuales estaban a bajo cero.
Mis instintos asesinos,
igual.
Empecé a trabajar intensivamente,
aceptando un montón de encuentros
y recuperando así mis abandonadas cuentas,
que se habían resentido últimamente,
debido a mi escasa actividad laboral.
Cuando lo ves todo tan gris,
lo mejor es hacer dinero.
En cualquier momento puede surgir
una buena razón en la que invertirlo,
o una crisis,
a lo peor.
No maté a nadie en algún tiempo.
No violenta o directamente al menos;
pero las alas de mi pequeña mariposa
no dejaban de provocar catástrofes
en el mundo entero.
Una mañana temprano,
antes de lo que acostumbro a levantarme,
sentí una gran necesidad
de echarme a la calle
en busca de mis adorados,
tanto como odiados,
y grises zombis;
que esta vez serían más grises que nunca.
Me fui cruzando con ellos,
caminando,
percatándome de todas aquellas miradas,
extrañas y extrañadas.
Algunos me miraban por el rabillo del ojo,
pero otros
incluso se giraban descaradamente.
Me paré desconcertada
y entonces un hombre se me acercó
y me habló en voz baja:
- He soñado contigo.
Me quedé algo sorprendida, así que le pregunté:
- ¿Y qué has soñado?
- Que me salvabas la vida.
Se dió media vuelta y se marchó,
dejándome algo sobrecogida.
- Qué fuerte… –Susurré.
Seguí caminando,
intentando leer en aquellas miradas,
cuando sentí una mano
llamándome en la espalda.
Me giré.
Era una mujer.
- He soñado contigo –Me dijo.
- ¿Y qué has soñado? –Pregunté.
- Que me salvabas la vida.
- Qué fuerte.
Se fue y yo me quedé quieta.
Me empecé a sentir incómoda
y de nuevo la mano de alguien me sujetó,
esta vez por la muñeca.
Era un ciego.
- He soñado contigo.
- ¿Cómo sabes que soy yo con quien has soñado?
- Porque en mi sueño también podía verte.
- ¿Puedes verme?
- Perfectamente.
- Pues yo lo veo todo muy gris.
- A lo mejor necesitas un perro lazarillo, como el mío.
Miré la correa que llevaba en la mano,
pero lo que sujetaba aquella correa
no era un perro lazarillo,
ni mucho menos,
sino una cabra macho,
de enroscados y grises cuernos.
- No es quien tú crees el que te guía –le dije.
- Eso mismo soñé que me decías.
Me sacudí su mano de la muñeca y me fui,
buscando un camino
por el que no tuviera que cruzarme
con tanta gente.
Caminaba ya por una calle
apartada del centro,
cuando unos ruidos,
que parecían salir de un callejón,
llamaron mi atención.
Me acerqué.
Oí algo que parecían cadenas,
y también algo que parecían gruñidos.
Empecé a adentrarme en el callejón.
Encontré una valla,
prolongación de una pequeña parcela.
La valla estaba cubierta de cañas y cuerdas,
así que no pude ver lo que había al otro lado,
de donde procedían aquellos ruidos.
Fui buscando a lo largo de la valla,
metro por metro,
hasta que, finalmente,
encontré un pequeño orificio.
Miré por él
y vi un famélico lobo gris,
encadenado a una caseta de perro.
Se movía sistemáticamente
de un lado al otro,
totalmente obcecado,
y me pareció muy afligido.
Rápidamente trepé por la valla
y salté al otro lado,
pues los vampiros somos ágiles y decididos.
El lobo me miró directamente,
con sus chispeantes ojos grises.
Nunca había visto unos ojos tan tristes…
Dejó de gruñir.
Si intentas acariciar a un lobo,
lo más probable es que te muerda la mano.
No es que el lobo tenga nada en tu contra.
Es, simplemente, que los seres humanos
le producen auténtico terror.
Pero aquel lobo no estaba asustado.
He oído muchas historias sobre los lobos.
De los lobos solitarios,
los lobos de mar,
la loba capitolina,
la loba herida,
el lobo estepario,
el hombre lobo,
Fenris,
Lobezno,
cinco lobitos tiene la loba,
¡que viene el lobo!
los tres cerditos…
y el lobo.
No hay cultura o civilización
que no recoja su particular concepción del lobo.
El lobo,
animal mítico y místico.
Mito en sí mismo, el lobo.
Y ahí estaba yo,
frente a un dios.
Alargué mi mano hacia él,
puse el dorso ante su hocico
y dejé que lo olisqueara.
No apartó sus ojos de los míos
ni por un momento.
Entonces sentí la humedad caliente
de su lengua sobre mi piel.
No pude contener una sonrisa.
Deslicé cautelosamente mis dedos
hacia el exterior de su oreja
y lo acaricié.
Noté la presión de su cabeza contra mi mano
y sus ojos se fueron cerrando poco a poco.
Que un lobo te muerda, si intentas acariciarlo,
es lo más natural del mundo,
pero que un lobo no te oponga resistencia
y te permita acercarte tanto a él,
puede convertirte por unos instantes
en el ser más feliz del planeta.
- Lo veo todo gris, amigo.
- Yo puedo enseñarte a ver en la oscuridad.
- Pensé que los lobos nacidos en estado salvaje carecían del gen de la gobernabilidad.
- Soy un lobo-lazarillo.
- ¿Cómo te llamas?
- No tengo nombre.
- ¿Quieres que te ponga uno?
- Si me pones nombre adquirirás poder sobre mí.
- Entonces te llamaré simplemente lobo.
- Y yo a ti, simplemente Erika.
- ¿Erika? Pero mi nombre es Rabya.
- Ja, ja, ja. ¿Rabya? Qué nombre tan ridículo. Ese no es el nombre de una princesa.
- Pero es mi nombre…
- De acuerdo, Rabya, vámonos de aquí.
Solté la cadena que lo ataba
y saltamos la valla.
—Monochrome—