XXXVII

 

Cerró tras de sí el balcón

por el que había accedido a mi salón,

pero estoy segura

de no haberlo dejado abierto.

 

Era un tipo enorme.

Alto y de complexión fuerte;

muy fuerte.

Parecía un mercenario.

 

Llevaba el ojo derecho oculto bajo un parche,

a lo pirata,

y estaba completamente calvo,

o más probablemente, 

rapado al cero.

 

Era demasiado extravagante

como para ser de este mundo,

aunque eso

ya lo dejaba claro su presentación.

 

De su perilla,

colgaba una consistente trenza rojiza

que le llegaba casi hasta el ombligo,

que no asomaba,

pero casi,

por entre su camisa hawaiana desabrochada.

 

Desde donde me encontraba,

podía apreciar sus voluminosos pectorales

y abdominales

que parecían de puro acero,

y brillaban a la luz

tenuemente regulada

que alumbraba mi,

habitualmente confortable,

sala de estar.

 

Había algo en él que me daba miedo.

 

Rápida cual guepardo

y ágil como una gacela

crucé el trecho del salón

que me separaba del interruptor

y lo apagué.

 

Lo vi y vi que él me veía también.

 

 Quién eres, pregunté.

 

Su cuerpo

comenzó a moverse lentamente hacia mí,

desprendiendo un halo luminoso

que en un principio

me hacía daño a los ojos,

pero que, en pocos segundos, 

conseguí comprehender y seguir con facilidad.

 

Mi corazón no se aceleró,

pero estaba asustada.

 

Su cuerpo

seguía avanzando hacia mí,

desprendiendo un luminosos halo rojo.

 

- Quién eres -volví a preguntar.

- Soy tu hermano, querida, puesto que ambos procedemos del mismo padre y…, ¡apuesto a que no esperabas tan grata visita!

- Yo no tengo padre. Yo soy mi padre. Yo no procedo de nadie excepto de mí misma. Nací de mí misma por mí misma. Soy mi propia creadora y mi propia creación.

- Apuesto a que tu memoria se vuelve especialmente selectiva a la hora de indagar en el pasado… Debes de haber olvidado quién y lo que eres, mas no te preocupes, porque yo estoy aquí para recordártelo, para cumplir con mi deber de hermano.

 

Estaba a pocos metros de mí

cuando modificó su ruta

para aproximarse al cuerpo sin vida

de mi precioso Chimay.

 

- Apuesto a que no habías probado la sangre de un virgen. No hay nada comparado a un virgen, ¿eh? Apuesto a que has tenido un orgasmo mientras te despuntaban los colmillos.

- Sí la había probado, pero hace mucho tiempo. Y claro que, de alguna manera, he tenido un orgasmo.

- Apuesto a que te crees indomable…

 

No contesté.

La conversación estaba adquiriendo un cariz

que empezaba a darme muy mala espina.

 

Se puso detrás de mi pobre Chimay,

que estaba hecho un cristo.

Estaba desatándole las manos.

 

- Esta cuerdecita, querida, es una cuerdecita muy especial. Por una parte, tiene el poder de mantener alejados a esos nuevos amiguitos que has estado haciendo últimamente, y por otra, es sumamente resistente; tanto como para inmovilizar a una putita vampiresa de extraordinaria fuerza, como tú. Apuesto a que no me crees…

 

Rápido como un guepardo,

ágil cual gacela,

recorrió el trecho que lo separaba de mis muñecas

y las retorció a mi espalda,

atándolas con la fuerza necesaria

como para asegurarse

de que me tenía totamente sometida,

y ninguna contemplación más. 

 

Mierda, mierda, mierda. Pensé.

Me sentí como si me hubiese atrapado la policía.

En realidad,

la policía no me daba tanto miedo

como aquel que decía ser mi hermano.

 

Me agarró fuerte del brazo,

por debajo de la axila.

Sus dedos estaban congelados.

Sentí cómo quemaban en mi piel.

Me arrastró hasta el dormitorio

y luego me arrojó contra la cama.

 

Qué más da lo que pensara.

Sabía que él podía leer en mi mente.

Él sabía que estaba asustada

y obviamente le daba igual.

En realidad no le daba igual,

es lo que quería.

Era parte de la misión que le venía encomendada.

Yo también podía leer en la suya.

No pude hablar, ni gritar.

No podía llamar a nadie,

no me podía comunicar.

 

No sé si él tenía el suficiente poder

como para retener mi voz y mi fuerza 

por propia voluntad

o era el poder de la cuerdecita 

lo que se lo permitía,

o eran los efectos de un miedo

que hasta ese momento no había conocido,

o si lo había conocido,

también lo había olvidado.

 

No sé si fue resignación

o mentalmente me estaba manipulando,

o si estaba embrujada o hechizada 

por él o su maligno cordel,

pero no luché.

 

De pronto me sentí sumamente cansada.

No intenté huir.

Mis manos

se encontraban férreamente atadas a la espalda

y mi cara se hundió en la cama,

ayudada por su mano

que había recogido mi cabello en un puñado

por encima de la nuca.

 

No podía respirar,

pero qué más daba.

Al fin y al cabo,

no podía morir asfixiada.

 

Así que no me moví,

ni me canteé,

ni gesto hice de ello,

cuando me bajó con suma maestría

los pantalones y las bragas,

dejándome, literalmente,

con el culo al aire.

 

Me soltó el pelo

y respiré ansiosamente.

Me giré hacia él

y vi que se echaba la trenza de la barba

por encima del hombro,

a la manera de una bufanda,

y sacaba y me enseñaba amenazadoramente su arma.

 

Luego volvió a hundir mi cara en la cama,

esta vez con su pie

y sentí cómo me azotaba con su arma

en el trasero,

que quemaba,

y me picaba.

 

- Has/sido/una/mala/perrita/ma/la/pe/rri/ta/perrita/mala -verseó al ritmo que me azotaba-. Yo te enseñaré el camino a complacer al hombre, zorra. 

 

Y me sentí largamente humillada y ultrajada.  

Sentía la presión de su pie contra mi cabeza,

tenía los hombros doloridos

y las muñecas en carne viva.

Quería meter mi cara hasta el fondo de la cama,

atravesar el colchón con mi cara

y después el somier

y el suelo de mi habitación

y hundir mi cara en los cimientos de la casa

y luego atravesar el asfalto y la tierra,

y después, La Tierra,

y salir finalmente allí lejos,

donde nadie me reconociera jamás.

Pero lo único que pude hacer

fue morder mi edredón con tanta fuerza

como para hacerlo sangrar.

 

Sabía lo que aún estaba por llegar,

pero los efectos psicológicos

ya se habían desarrollado,

porque podía leer en su mente

y ya todo había pasado para mí.

 

Ya me había recuperado psicológicamente

cuando me violó con su arma,

ya me había recuperado psicológicamente

cuando noté que algo se me rompía por dentro.

 

Las heridas de mi carne vampírica

cicatrizan a una velocidad pasmosa,

pero recordé que,

la última vez que me atacaron con un arma

mi carne no tenía ningún poder extraordinario

y cómo había sangrado,

durante meses y meses,

día tras día,

porque este tipo de fisuras

tardan muchísimo en cicatrizar.

 

Pero ahora daba igual,

porque psicológicamente ya estaba repuesta y,

en el mometo en que dejara de darme por culo,

la cicatriz se cerraría en cuestión de segundos.

En cuestión de segundos,

dejaría de sangrar.

 

Él parecía divertirse de lo lindo, 

pero en esta ocasión,

no puedo narrar la experiencia

con ningún tipo de calor,

porque yo, no.

 

Tengo una gran capacidad

para sopotar el dolor físico intenso.

Capacidad que ya poseía

antes de nacer en la vampiridad, 

y si no,

me desconecto y me desmayo,

ese es mi plan B,

pero esta vez aguanté hasta el final

despierta, consciente.

 

Cuando terminó de joderme

me soltó y liberó mis muñecas.

Estaban descarnadas,

pero en cuanto la cuerda se apartó de mi piel, 

ésta empezó a recomponerse,

junto con mi carne,

como si nunca hubieran sido heridas.

 

Me dejé caer sobre la cama.

Agotada y dolorida

me dejé caer

como un saco de patatas.

Toda mi energía,

todo mi poder,

parecían haber sido sustraídos.

 

Me sentí una piltrafa humana,

tendida allí bocabajo 

con el culo al descubierto

y la sangre manchádome el edredón,

me cago en la puta,

siempre estábamos igual con la ropa de mi cama.

 

Me sentí una mierda

y sólo quise que se fuera pronto

y me dejara sentirme una mierda

sola,

porque ahora quería sentirme una mierda en soledad.

 

Miré de reojo lo que hacía,

más allá del quicio de la puerta de mi dormitorio, 

sabía que no le quedaba mucho más por hacer.

Recogió la bolsa que hubiera dejado en el baño

y de nuevo se acercó a mi afortunado Chimay.

 

 - Apuesto a que te hago un favor llevándome esto de aquí.

- No necesito ningún favor tuyo, gilipollas -No reconocí mi voz.

- Me lo llevaré igualmente, y esto también -Balanceó la cuerdecita mirándome, como yo hiciera también con el rumano.

 

Se dirigió hacia el balcón.

Mi voz volvió a sonarme desconocida:

 

- Espera, ¿cómo me llamo?

- Que cómo te llamas. ¿Qué pregunta es esa? ¿Es que sufres amnesia repentina?

- No. Cuál es mi nombre.

- Rabya, querida. Ese es tu nombre. Rabya. ¿De qué otra manera te podrías llamar?

 

—Apple of Sodom—

 

XXXVI

 

Chimay y yo

andábamos juntos de camino a casa,

como ya había hecho,

no demasiado tiempo atrás,

con el lobo;

pero en esta ocasión

Chimay iba a mi par.

 

Era algo más alto que yo;

unos quince centímetros.

Llevaba un corte de pelo bastante extraño,

pero tenía un bonito cabello rubio.

Me entraron ganas de acariciárselo,

aunque me contuve.

 

No me había dado cuenta

de que parecía mucho más joven

que el ángel-lobo

tal y como yo lo recordaba.

No hablamos en todo el trayecto.

De vez en cuando

nos mirábamos y sonreíamos.

 

Observé su perfil.

Cuanto más lo observaba,

más aniñado me resultaba,

aunque no sabría decir

cuántos años tendría exactamente.

Me entraron ganas de cogerle la mano.

Esta vez me rendí a mi impulso.

 

Y entonces me di cuenta.

Al sentir el calor de su mano.

Al sentir el calor

de la sangre fluyendo

por todo su cuerpo.

Entonces lo supe.

Que era virgen.

 

Mi corazón volvió a acelerarse,

sorprendiéndome por segunda vez

en muy poco rato.

 

El corazón de un vampiro

late a un ritmo anormalmente lento:

unas cuatro o cinco pulsaciones por minuto.

Excepto en los momentos de sexo

y a la hora de alimentarnos con sangre.

En estas situaciones,

nuestro corazón puede alcanzar,

tranquilamente,

las 300 pulsaciones por minuto.

 

Ahora mi corazón

se había acelerado ligeramente

por la cercanía de aquella sangre virgen.

Porque todo el mundo conoce

el inconmensurable placer proteínico

que supone para una vampira,

la sangre de un virgen.

¿Acaso era aquello una suerte de regalo?

 

Deseé llegar cuanto antes a casa,

así que aceleré el paso.

 

No quería que notara

los infinitos deseos

que me estaban embargando por dentro,

así que lo retuve en el salón,

invitándole a un trago

y poniéndole música

que lo mantuviera acomodado.

 

Cogí la bolsa de deporte,

que había dejado junto a sus pies,

y la llevé al baño.

 

La estaba soltando en las baldosas del suelo

y no pude evitarlo.

Lo juro que no pude.

Tuve que abrirla

y husmear lo que había dentro.

 

Tampoco había demasiado;

el mono sucio de trabajo,

con el que lo había encontrado,

una botella de agua medio llena

y una pequeña cuerdecita enrollada,

que es lo único que llamó mi atención.

 

Al tocarla,

un escalofrío recorrió mi columna vertebral

de arriba abajo.

Había algo familiar en aquella cuerdecita,

pero no sabría decir el qué.

 

La cogí por un extremo,

como si me resultara repulsiva,

pero no era así.

La llevé por delante,

con el brazo estirado,

hasta el salón,

donde estaba Chimay,

que se había sentado en una silla,

junto a la mesa

donde le había preparado el trago.

 

Me acerqué a él

balanceando la cuerdecita

y le dije:

 

¿Qué es esto, Chimay? ¿Sabías que ibas a conocerme, o qué?

 

No dijo nada.

Por supuesto no tenía ni puta idea

de lo que le había dicho;

pero al mirar el cordel

puso un gesto de incertidumbre,

como si no reconociera aquel objeto

en absoluto.

 

Me puse ante él,

moviendo la cuerdecita

a la manera de un péndulo,

como tantas veces

había visto en películas

cuando se trataba de hipnotizar.

 

Ahora, vas a concentrarte en esta cuerdecita y yo contaré hasta tres. Cuando diga ‘tres’ tu voluntad estará sometida a la mía. Uno…, dos…, tres.

 

No sé si simplemente

aceptó el juego que le proponía,

o realmente

conseguí algún tipo de poder hipnótico sobre él,

pero no hizo absolutamente nada

cuando me coloqué detrás de él

y recorrí sus brazos con mis manos,

llevando las suyas a la espalda

y atándolas con el cordelito que había encontrado.

 

Rodeé sus muñecas,

cruzando la cuerdecita entre ellas

y volviendo a rodearlas otra vez.

Luego hice un nudo.

Intenté no apretar demasiado

para no lastimarlo,

pero asegurándome de que lo tenía totalmente dominado.

 

Nuevamente me puse frente a él

y me arrodillé entre sus piernas,

le desabroché el pantalón

y lo bajé hasta el suelo,

por supuesto con su colaboración,

y entonces, desaparecí…

 

Me teletransporté siglos,

qué digo siglos: milenios atrás.

 

Me encontré ante el Árbol del Conocimiento del Bien y el Mal,

en el Jardín del Edén.

Estaba allí la manzana prohibida,

tan roja y brillante

como la sangre de la que me alimento.

Tan nutritiva, tan sana, tan dulce…

Y enroscada en la misma rama,

la serpiente,

tentándome.

Que no me decía muérdela, no;

me decía lámeme.

Eso me decía.

 

Así que la cogí por su largo cuello

y me la llevé a la boca.

Me la acerqué a la lengua

y la deslicé por ella,

una y otra vez.

 

Pero no me entretuve demasiado,

porque lo que ahora me estaba pidiendo

aquella culebra,

que parecía venenosa,

era meterse en mi boca.

 

Aflojé los dedos

y dejé que resbalara dentro.

Abarqué con mis labios su angular cabeza

y la succioné debilmente.

 

Ella quería entrar más adentro,

así que la dejé pasar un poco más,

para en seguida tirar de ella hacia fuera.

 

Su piel resultaba resbaladiza,

cuando entraba;

pero al salir…,

de su carne se separaban unas pequeñas escamas

que me hacían cosquillas

en el interior de los labios.

 

No era tan nutritiva ni sana,

y mucho menos dulce,

como la manzana,

pero encontré un gran placer en chuparla.

No podía dejar de meterla en,

y sacarla de,

mi boca;

de saborearla,

de mimarla,

de complacerla.

 

Adapté el ritmo de sus movimientos cómplices

a mi succión,

sujetándola con fuerza por el cuello.

 

Creo que empezó a sentirse asfixiada,

porque de pronto la noté nerviosa,

excesivamente tensa,

y me asusté un poco.

Pero yo ya no podía dejar de chuparla.

Yo ya no tenía ningún autocontrol,

porque todo mi control se cernía sobre ella.

 

Noté la vigorosa lucha de su cuerpo

entre mis dedos,

que se aferraban a ella

como cinco estranguladoras cadenas de metal. 

 

Ahora la serpiente comprendía que era mi presa,

que no podía escapar de mis zarpas

y que podía hacer con ella lo que quisiera.

 

Y yo lo que quería

era demostrarle mi poder.

Que iba a catapultarla al mayor placer

que podría disfrutar en su vida,

y que no podía hacer nada,

absolutamente nada,

por remediarlo.

 

La seguí sujetando con fuerza

y empecé a chuparla enérgicamente.

Sabía que estaba verdaderamente cabreada,

porque hacía fuerza,

porque oía el silbido nervioso

del extremo de su cola,

que se agitaba enloquecida,

y entonces hizo lo único que podía hacer,

o sea,

escupirme una descomunal dosis de veneno

que se vertió en mi lengua

y que consumí automáticamente.

 

En pocos segundos,

el veneno

ya se había flitrado en mi sangre,

pero, por supuesto,

no morí.

Porque era una puta vampira del siglo XXI

extasiada de poder.

Y no iba a acabar conmigo un animal mitológico

de un tiempo que ni siquiera había existido.

 

Aún tenía su carne atrapada en mi boca,

cuando noté algo que jamás me había ocurrido.

No literalmente,

lo juro.

 

Sentí que mis colmillos

se doblaban en tamaño

y se afilaban al extremo.

 

No podía creer

lo que estaba aconteciendo en mi boca

y me pinché tres veces en la lengua,

pero fueron los desgarradores berridos de Chimay

los que me consiguieron regresar.

 

No hubo ningún pensamiento

previo a la acción,

lo juro.

 

Clavé mis colmillos en su carne

y comencé a succionar,

esta vez,

auténtico alimento.

 

La sangre virgen del chico

invadió mi boca y mi garganta

como una explosión ancestral,

llenándome de un placer desquiciante.

Me mareé.

 

Antes siquiera de poder tomar aire

me encontré desgarrándole el estómago,

el pecho y la garganta

con los vertiginosos caninos

que me habían aflorado.

 

Dejé a mi pobre Chimay

hecho un auténtico Guernica

y me di cuenta

de que no había sido muy buena idea

lo de la mascota…

 

Plas plas plas… Plas.

 

Unas palmadas procedentes del balcón

consiguieron sobresaltarme.

 

Esa es mi chica.

 

Y entonces, lo vi.

 

-–Working For The Man—

 

Protect Me From What I Want

 

 

Publicado en on Diciembre 20, 2008 at 11:05 am Dejar un comentario
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XXXV

 

Puesto que el tiempo transcurría

y mi sentimiento de ausencia permanecía,

pensé que quizá una mascota

menguaría en alguna medida

esa sensación.

 

Necesitaba algún animal de compañía

que se acomodara con sencillez

a mis necesidades y estilo de vida.

 

Descarté al ser humano,

por ese dudoso privilegio comunicativo suyo,

que es la palabra,

y que suele derrochar y vulgarizar

hasta la saciedad.

Oír hablar de nada a la gente vacía

me produce unas terribles ganas de matar

y últimamente mi ansiedad asesina

estaba muy relajada.

 

Sin embargo,

escuchar la palabra de lobos y vampiros

es como música celestial para mis oídos.

 

La compañía de un ser humano

me resultaba algo tremendamente complejo

como para reportarme más tranquilidad

que todo lo contrario.

Así que, finalmente,

resolví que fuera un animal

lo más irracional posible.

Pero, como viene siendo habitual,

mis planes siempre acaban viéndose modificados

por esa mano,

sigilosa y oscura,

que mueve los hilos de mi sino…

 

Me encaminé hacia La Paz,

pues allí recordaba haber visto

algunas tiendas de animales

con una gran variedad de ellos:

Desde peces multicolor

(que ahora no distinguiría),

exóticas aves

o escurridizas serpientes

(a éstas también las había descartado,

ya que poseen

un poderoso efecto hipnotizante sobre mí

y me entran tentaciones de lamerlas),

hasta iguanas, chinchillas, hurones,

conejillos de indias,

ratones de laboratorio…

 

Caminaba enmimismada,

absorta en la búsqueda de un nombre

con el que bautizar a mi mascota.

Como ya me había dicho el lobo-ángel,

el hecho de ponerle un nombre

me otorgaría cierto poder sobre él,

y yo no quería tener ningún poder sobre un ángel,

pero sí que lo quería

sobre mi mascota.

 

Empecé a pensar nombres al azar,

inspirándome en lo que veían mis ojos

y los recuerdos que conseguían enlazarse a ello,

pero no se me ocurría nada serio.

Me planteé delimitarlo a un nombre unisex,

que pudiera servirme

para cualquiera de los dos sexos.

Entonces pasé por delante de una cervecería,

recordé y decidí.

Le llamaré Chimay.

 

Me encontraba ya cerca de mi destino,

a penas a tres o cuatro manzanas.

Estaban levantando allí unas oficinas,

un hotel y un centro comercial,

con multicines, restaurantes y aparcamientos.

Aquello era un auténtico caos.

El ruido de la maquinaria era insoportable,

estridente y ensordecedor.

Aceleré el paso para dejarlo atrás

a la mayor brevedad posible

y entonces…

me quedé petrificada.

 

Me tapé los oídos,

pues los vampiros tenemos hipersensibles los sentidos,

y me quedé boquiabierta,

mirándolo.

Era un obrero rumano

de los que estaban trabajando.

 

Un rumano,

como Tepes, como Drácula,

pero con un mono sucio de trabajo,

en vez de capa,

y exactamente la misma apariencia física

del lobo-ángel

que algunos días antes me había follado

como la bestia que era.

 

Incluso a la distancia que se encontraba

podía reconocer esa mirada transparente.

Transparentemente gris.

No azul.

Cuando sus ojos se desviaron hacia mí,

sentí que el corazón se me aceleraba,

lo cual es algo

que me ocurre con muy poca frecuencia.

 

Pero no era azul, no brillaba.

Y sin embargo era él.

Quizá, a la luz del día,

no se pueden apreciar esos signos;

pero a plena luz del día,

mi extrañado ángel

se mostraba como un lobo.

 

No entendía nada,

pero no podía apartar mis ojos de él.

Pensé en alguna forma de atraerlo hacia mí e,

inmediatamente,

él se acercó.

 

- Hola –me dijo-. No habla español.

- Eso es perfecto –le dije, y se rió.

- Do you speak english?

- No.

- It’s perfect!

- Quiero verte a oscuras.

- I don’t understand.

- Ven a mi casa. Come to my home.

- Now? I cannot. I’m working.

- Later… Maybe?

- Perfecta – chapurreó y sonrió.

 

Podría haber pasado por ruso,

finlandés o incluso alemán,

pero era rumano,

no me cabía la menor duda,

porque los extranjeros que trabajan en la construcción

sólo pueden ser africanos,

sudacas o rumanos.

 

Necesitaba exponerlo a la oscuridad

y escanearlo con mis ojos monocromáticos.

Aunque en realidad ya sabía lo que no era,

pero si llegaba a intimar con él,

evocaría irremediablemente al lobo-ángel

que brevemente me amó,

lo que me empezó a parecer realmente excitante.

 

Sólo un pequeño emplazamiento,

la más perfecta sustitución,

el más puro fetichismo,

y estaría ahí de nuevo,

sufriendo y disfrutando aquel complaciente cuerpo

que ya conocía.

 

Volví a la hora que me había dicho.

Me estaba esperando.

Se había lavado y vestido de calle.

Llevaba una bolsa de deporte,

con sus cosas, supongo,

y sonrió al verme aparecer.

 

- Vamos a mi casa, Chimay.

- Chimay?

- Sí

- C’mon.

 

—Somethin’  Hot—

 

XXXIV

 

Tras mi primer nacimiento,

mi madre entró en depresiones.

Era yo muy pequeña

cuando mi madre se intentó suicidar

de nuevo.

 

La hermana de mi padre,

que era una arpía bellaca

que no había tenido hijos

y que se había dedicado a aprovecharse

de la mayoría de hombres

con los que había mantenido una relación,

quería adoptarme,

porque decía

que mi madre no estaba capacitada

para educarme;

lo que a lo mejor era cierto,

o no,

pero era mi madre.

 

Recuerdo oír decir a mi tía

lo mucho que me quería,

más que mi madre,

me decía.   

 

Según fui creciendo,

pero aún muy niña,

me volví muy rebelde,

muy desobediente

y muy mala.

 

Mi madre me pegaba;

por supuesto,

porque me portaba fatal.

Mi hermana era buena,

pero yo era un pequeño monstruo.

 

Recuerdo haber desquiciado de los nervios a mi madre,

y el odio con el que me pegaba,

que no era un odio dirigido hacia mí,

como ahora entiendo,

sino hacia su violador.

 

Pero era a mí a quien pegaba.

Y era yo quien sufría su odio.

Mi comportamiento la encolerizaba

y el sentimiento de cólera

le rememoraba a su violador.

 

Recuerdo que, una vez,

me rompió un palo de escoba en la espalda.

Y otra vez,

un cajón.

 Recuerdo haber llevado

un mordisco morado

tatuado en mi mano.

 

Cuando yo era pequeña,

mi madre era una suicida en potencia;

y yo,

yo era la víctima colateral de su violador.

 

Sé que, antes de que yo muriera,

mi madre se había sentido culpable,

en innumerables ocasiones,

por todos los transtornos que padecí

durante mi desarrollo.

Sé que mi madre

hubiera dado su vida por mí,

hubiera padecido

todos los transtornos que me abatieron

por mí,

que se escaparía de la muerte

por mí,

que, si pudiera,

volvería a los primeros años de mi vida

para cambiarlos

y me salvaría.

Sé que mi madre me amó con toda su alma,

y lo sigue haciendo,

y que no tengo una miserable cosa que perdonarle.

Todo lo que siento hacia ella

es una inmensa gratitud.

 

Antes de morirme,

amé profunda y sinceramente a mi madre.

Recibí toda su fuerza

y todo su valor.

Y quizá esa fue la razón

que me permitió volver a nacer

cuando pensaba que no podría.

 

Es curiosa la manera en que

los actos imprudentes de los otros

nos afectan,

de una manera que ellos

jamás podrán imaginar.

 

—A Place Called Home—