Cerró tras de sí el balcón
por el que había accedido a mi salón,
pero estoy segura
de no haberlo dejado abierto.
Era un tipo enorme.
Alto y de complexión fuerte;
muy fuerte.
Parecía un mercenario.
Llevaba el ojo derecho oculto bajo un parche,
a lo pirata,
y estaba completamente calvo,
o más probablemente,
rapado al cero.
Era demasiado extravagante
como para ser de este mundo,
aunque eso
ya lo dejaba claro su presentación.
De su perilla,
colgaba una consistente trenza rojiza
que le llegaba casi hasta el ombligo,
que no asomaba,
pero casi,
por entre su camisa hawaiana desabrochada.
Desde donde me encontraba,
podía apreciar sus voluminosos pectorales
y abdominales
que parecían de puro acero,
y brillaban a la luz
tenuemente regulada
que alumbraba mi,
habitualmente confortable,
sala de estar.
Había algo en él que me daba miedo.
Rápida cual guepardo
y ágil como una gacela
crucé el trecho del salón
que me separaba del interruptor
y lo apagué.
Lo vi y vi que él me veía también.
Quién eres, pregunté.
Su cuerpo
comenzó a moverse lentamente hacia mí,
desprendiendo un halo luminoso
que en un principio
me hacía daño a los ojos,
pero que, en pocos segundos,
conseguí comprehender y seguir con facilidad.
Mi corazón no se aceleró,
pero estaba asustada.
Su cuerpo
seguía avanzando hacia mí,
desprendiendo un luminosos halo rojo.
- Quién eres -volví a preguntar.
- Soy tu hermano, querida, puesto que ambos procedemos del mismo padre y…, ¡apuesto a que no esperabas tan grata visita!
- Yo no tengo padre. Yo soy mi padre. Yo no procedo de nadie excepto de mí misma. Nací de mí misma por mí misma. Soy mi propia creadora y mi propia creación.
- Apuesto a que tu memoria se vuelve especialmente selectiva a la hora de indagar en el pasado… Debes de haber olvidado quién y lo que eres, mas no te preocupes, porque yo estoy aquí para recordártelo, para cumplir con mi deber de hermano.
Estaba a pocos metros de mí
cuando modificó su ruta
para aproximarse al cuerpo sin vida
de mi precioso Chimay.
- Apuesto a que no habías probado la sangre de un virgen. No hay nada comparado a un virgen, ¿eh? Apuesto a que has tenido un orgasmo mientras te despuntaban los colmillos.
- Sí la había probado, pero hace mucho tiempo. Y claro que, de alguna manera, he tenido un orgasmo.
- Apuesto a que te crees indomable…
No contesté.
La conversación estaba adquiriendo un cariz
que empezaba a darme muy mala espina.
Se puso detrás de mi pobre Chimay,
que estaba hecho un cristo.
Estaba desatándole las manos.
- Esta cuerdecita, querida, es una cuerdecita muy especial. Por una parte, tiene el poder de mantener alejados a esos nuevos amiguitos que has estado haciendo últimamente, y por otra, es sumamente resistente; tanto como para inmovilizar a una putita vampiresa de extraordinaria fuerza, como tú. Apuesto a que no me crees…
Rápido como un guepardo,
ágil cual gacela,
recorrió el trecho que lo separaba de mis muñecas
y las retorció a mi espalda,
atándolas con la fuerza necesaria
como para asegurarse
de que me tenía totamente sometida,
y ninguna contemplación más.
Mierda, mierda, mierda. Pensé.
Me sentí como si me hubiese atrapado la policía.
En realidad,
la policía no me daba tanto miedo
como aquel que decía ser mi hermano.
Me agarró fuerte del brazo,
por debajo de la axila.
Sus dedos estaban congelados.
Sentí cómo quemaban en mi piel.
Me arrastró hasta el dormitorio
y luego me arrojó contra la cama.
Qué más da lo que pensara.
Sabía que él podía leer en mi mente.
Él sabía que estaba asustada
y obviamente le daba igual.
En realidad no le daba igual,
es lo que quería.
Era parte de la misión que le venía encomendada.
Yo también podía leer en la suya.
No pude hablar, ni gritar.
No podía llamar a nadie,
no me podía comunicar.
No sé si él tenía el suficiente poder
como para retener mi voz y mi fuerza
por propia voluntad
o era el poder de la cuerdecita
lo que se lo permitía,
o eran los efectos de un miedo
que hasta ese momento no había conocido,
o si lo había conocido,
también lo había olvidado.
No sé si fue resignación
o mentalmente me estaba manipulando,
o si estaba embrujada o hechizada
por él o su maligno cordel,
pero no luché.
De pronto me sentí sumamente cansada.
No intenté huir.
Mis manos
se encontraban férreamente atadas a la espalda
y mi cara se hundió en la cama,
ayudada por su mano
que había recogido mi cabello en un puñado
por encima de la nuca.
No podía respirar,
pero qué más daba.
Al fin y al cabo,
no podía morir asfixiada.
Así que no me moví,
ni me canteé,
ni gesto hice de ello,
cuando me bajó con suma maestría
los pantalones y las bragas,
dejándome, literalmente,
con el culo al aire.
Me soltó el pelo
y respiré ansiosamente.
Me giré hacia él
y vi que se echaba la trenza de la barba
por encima del hombro,
a la manera de una bufanda,
y sacaba y me enseñaba amenazadoramente su arma.
Luego volvió a hundir mi cara en la cama,
esta vez con su pie
y sentí cómo me azotaba con su arma
en el trasero,
que quemaba,
y me picaba.
- Has/sido/una/mala/perrita/ma/la/pe/rri/ta/perrita/mala -verseó al ritmo que me azotaba-. Yo te enseñaré el camino a complacer al hombre, zorra.
Y me sentí largamente humillada y ultrajada.
Sentía la presión de su pie contra mi cabeza,
tenía los hombros doloridos
y las muñecas en carne viva.
Quería meter mi cara hasta el fondo de la cama,
atravesar el colchón con mi cara
y después el somier
y el suelo de mi habitación
y hundir mi cara en los cimientos de la casa
y luego atravesar el asfalto y la tierra,
y después, La Tierra,
y salir finalmente allí lejos,
donde nadie me reconociera jamás.
Pero lo único que pude hacer
fue morder mi edredón con tanta fuerza
como para hacerlo sangrar.
Sabía lo que aún estaba por llegar,
pero los efectos psicológicos
ya se habían desarrollado,
porque podía leer en su mente
y ya todo había pasado para mí.
Ya me había recuperado psicológicamente
cuando me violó con su arma,
ya me había recuperado psicológicamente
cuando noté que algo se me rompía por dentro.
Las heridas de mi carne vampírica
cicatrizan a una velocidad pasmosa,
pero recordé que,
la última vez que me atacaron con un arma,
mi carne no tenía ningún poder extraordinario
y cómo había sangrado,
durante meses y meses,
día tras día,
porque este tipo de fisuras
tardan muchísimo en cicatrizar.
Pero ahora daba igual,
porque psicológicamente ya estaba repuesta y,
en el mometo en que dejara de darme por culo,
la cicatriz se cerraría en cuestión de segundos.
En cuestión de segundos,
dejaría de sangrar.
Él parecía divertirse de lo lindo,
pero en esta ocasión,
no puedo narrar la experiencia
con ningún tipo de calor,
porque yo, no.
Tengo una gran capacidad
para sopotar el dolor físico intenso.
Capacidad que ya poseía
antes de nacer en la vampiridad,
y si no,
me desconecto y me desmayo,
ese es mi plan B,
pero esta vez aguanté hasta el final
despierta, consciente.
Cuando terminó de joderme
me soltó y liberó mis muñecas.
Estaban descarnadas,
pero en cuanto la cuerda se apartó de mi piel,
ésta empezó a recomponerse,
junto con mi carne,
como si nunca hubieran sido heridas.
Me dejé caer sobre la cama.
Agotada y dolorida
me dejé caer
como un saco de patatas.
Toda mi energía,
todo mi poder,
parecían haber sido sustraídos.
Me sentí una piltrafa humana,
tendida allí bocabajo
con el culo al descubierto
y la sangre manchádome el edredón,
me cago en la puta,
siempre estábamos igual con la ropa de mi cama.
Me sentí una mierda
y sólo quise que se fuera pronto
y me dejara sentirme una mierda
sola,
porque ahora quería sentirme una mierda en soledad.
Miré de reojo lo que hacía,
más allá del quicio de la puerta de mi dormitorio,
sabía que no le quedaba mucho más por hacer.
Recogió la bolsa que hubiera dejado en el baño
y de nuevo se acercó a mi afortunado Chimay.
- Apuesto a que te hago un favor llevándome esto de aquí.
- No necesito ningún favor tuyo, gilipollas -No reconocí mi voz.
- Me lo llevaré igualmente, y esto también -Balanceó la cuerdecita mirándome, como yo hiciera también con el rumano.
Se dirigió hacia el balcón.
Mi voz volvió a sonarme desconocida:
- Espera, ¿cómo me llamo?
- Que cómo te llamas. ¿Qué pregunta es esa? ¿Es que sufres amnesia repentina?
- No. Cuál es mi nombre.
- Rabya, querida. Ese es tu nombre. Rabya. ¿De qué otra manera te podrías llamar?
