XXXIX

 

Estaba más que harta;

hasta el coño estaba

del ridículo vampireo que me rodeaba.

 

De repente,

miraba a mi alrededor

y en todas partes había

algún tipo de presencia pseudovampírica.

El mundo se había llenado

de falsos vampiros

e hipócritas chupasangres

sin sustancia alguna.

 

Había surgido una afición,

generalizada y desmedida,

hacia los no muertos.

Todo el mundo había sido

irremediablemente seducido,

de una u otra manera,

por el mito del vampiro.

Todo el mundo admiraba e idolatraba,

todo el mundo quería parecerse

al nosferático personaje.

El personaje del vampiro

había acaparado

todas las miradas.

 

El vampiro era en sí mismo

una fuente emanadora de erotismo,

por lo que se había convertido casi

en una prolongación del sexo,

casi en un sinónimo;

porque además contaba

con un aliciente implícito,

igual de atrayente y estimulante,

que era la violencia

del color,

del olor y del sabor

de la sangre.

 

Y las víctimas,

las víctimas más farsantes

eran sin duda los jóvenes.

 

Había toda una generación

nacida a la sombra

de La Era del Vampiro.

Una generación entera de vidas huecas

había sido educada

sobre la base de un vampirismo apócrifo:

el vampireo.

 

Se habían generado socialmente

diferentes grupos de jóvenes

que se disfrazaban de vampiros,

adoptando sus hábitos,

sus costumbres,

sus formas,

sus psicologías…

 

Sin embargo,

su conexión y conocimientos al respecto

no iban más allá

de un par de películas de culto

y cuatro relatos de rigor del XIX.

 

Había también paralelamente

grupos de adolescentes,

decadentes y necrófilas,

sin cultura ni imaginación,

que ofrecían su sangre sosa y aguada

a los travestidos.

 

Y, es más,

había quienes veneraban a los anteriores

porque no tenían los cojones ni el valor

de travestirse también ellos mismos

e imitarlos,

que es lo que,

en lo más profundo de su gothic heart,

realmente deseaban.

 

Había una moda neorromántica

de suicidas de boquilla,

que encarecidamente hubiera deseado

fueran de palabra.

 

Porque todos los jovenzuelos y jovenzuelas

del mundo occidental medio

se querían sentir vampíricamente inmortales,

pero no.

No.

No podían.

Y jamás podrían serlo.

 

Mientras,

los verdaderos vampiros,

nos veíamos exiliados

a los confines de la vergüenza.

 

Había nacido

El Gran Circo del Vampireo,

el espectáculo blasfemo

de los no vivos.

 

Veía caricaturas de vampiros por doquier,

pero no me parecían en absoluto divertidas.

Es más, me habían hecho llorar veneno.

 

Mucha culpa de todo esto la tenía Anne Rice

que había creado

un generoso y nutrido universo vampírico

al que le habían salido

miles de admiradores,

e imitadores, plagiadores y copiones

a cientos,

ensanchando ilimitadamente

las posibilidades de recreación del vampiro.

 

El vampiro se hacía cada vez más poderoso

e inverosímil,

pues ya no se veía afectado

por los tradicionales métodos

que solían emplearse para abatirlo,

según las antiguas supersticiones centroeuropeas.

 

Había una nueva generación de vampiros

aficionados a mirar crucifijos;

vampiros que podían oler ajo,

sin inmutase ni sufrir por ello;

vampiros que no necesitaban matar para alimentarse,

puesto que podían hacerlo de sangre sintética;

vampiros que acariciaban el fuego

sin el menor temor;

e incluso vampiros

a los que no les afectaba la luz del sol.

 

Había un mundo

de nuevos chupapollas chupasangres

dispuestos a saltarse las normas básicas de sus ancestros,

reinventando sus poderes y limitaciones

de forma que nada pudiera detenerlos

en su ascenso a una divinidad vampírica

que jamás podrían alcanzar.

 

Lo que no sabían

es que las contraindicaciones de la vampiridad

no tienen la más mínima importancia

para ser uno de ellos,

porque para ser vampiro

se necesitaba muy poco en realidad:

sustraer algún tipo de sustancia o esencia vital a otro,

o incluso a uno mismo (autovampirismo),

y hacerse adicto a ello.

 

De ahí provenían todos estos:

los vampiros sanguinarios,

los drogadictos,

las sanguijuelas,

los vampiros psíquicos y mentales

(que robaban ideas e identidad),

los vampiros mediáticos,

los sedientos de desgracia ajena,

los políticos,

los vampiros energéticos

y los vampiros emocionales,

que podían incluso succionarte el alma.

 

El mundo en sí era un enorme vampiro hambriento

devorándose a sí mismo desde dentro.

 

No obstante y para su propia desgracia,

absolutamente todos ellos,

no eran otra cosa que metáforas sublimadas

de algo mucho más humilde,

que no quería ser humilde,

y ampliamente insatisfecho consigo mismo:

el triste ser humano.

 

Sólo existía un vampiro real:

El Vampiro Esencial.

Aquel que primero

había ofrecido su sangre a los hombres,

como Jesucristo en la última cena,

y había entregado su vida por ellos,

como yo antes de mi renacimiento;

y ahora,

habíamos vuelto

a desangrar y masacrar

todo lo que,

indefectiblemente,

era nuestro.

 

-–Ticks & Leeches—

 

Cristiana

 

Publicado en on Enero 10, 2009 at 4:58 pm Dejar un comentario

XXXVIII

 

Durante días,

bastantes días,

permanecí en aquella misma patética posición.

 

Aunque el teléfono sonó,

con más frecuencia de la que podía esperar

si lo hubiese pensado,

no afectó a mi estado

en ningún caso

ni me produjo la más mínima inquietud.

 

No tenía familia,

por lo que nadie me echaría a faltar.

Y mi situación laboral,

a caballo entre el freelance y la autonomía,

tampoco daba opción a que mis

ya casi eventuales clientes

me echasen de menos,

aunque bien es cierto que algunos de ellos

llamaron con perseverante interés.

 

Por último,

mis amigos y vecinos

(llámense a estos

el selecto conjunto de personas

con las que tengo un trato

de relativa frecuencia,

pero con los que jamás

he llegado verdaderamente a intimar,

y si lo he hecho,

ha sido de una forma meramente carnal)

conocían bien mi afición por viajar

y desaparecer repentínamente,

sin avisar.

 

No existía una miserable razón

que me obligara a moverme de donde estaba.

Y donde estaba

era exactamente el lugar donde quería estar.

 

El tiempo transcurría

al ritmo de un interminable goteo de tic-tacs

que se vertían sobre mi férrea inactitud.

Mi mente se vaciaba nebulosa

arrastrada por el oleaje

de un mar de insentimientos,

que parecían efecto

de todo el valium que nunca tomé.

 

Dentro de mi cabeza, vacía,

el aleteo de una mariposa me reconfortaba.

El aleteo sordo

de una mariposa transparente… 

 

Cuando algún tipo de pensamiento

quería coger forma,

lo dispersaba rápidamente

con un manotazo de voluntad.

Involuntariamente,

tendía al pensamiento

y entonces percibía al dolor,

acechando.

Si dejaba al pensamiento

enfocarse en el dolor,

éste se haría más intenso.

Y en el caso de alcanzar el dolor más intenso,

éste se transformaría en frustración,

en ira, en vergüenza,

en odio, en la náusea…

 

Pero mi mente se había llenado ahora

de viento y de agua,

y seguiría así el tiempo que le hiciera falta.

 

De alguna manera, muerta,

mi mente,

ciega de tanta luz y de tanta ausencia,

dejaba resetearse a la memoria,

que a fuerza de no dar forma ni contenido,

ni importancia ni retención al pensamiento,

se había convertido en sanadora.

 

Qué soy cuando no soy nada.

Porque si no pienso no soy,

y no pensaba volver a pensar por el momento.

Sin embargo, estaba.

 

La luz se iba y venía por los ventanales y el balcón

del salón,

jugando con mis pupilas lentificadas

imperceptiblemente.

Veía la luz gris

y la gris oscuridad,

y mi mente, gris,

sumida en el presente;

en el regalo del presente,

en el presente de lo presente.

Y todo lo demás

no significaba nada.

No significa nada.

Mi mente iba y venía

como iba y venía la luz solar.

 

Sentí mi cuerpo.

Sentí el peso de mi cuerpo.

Recorrí mi cuerpo con la mente,

reconocí la forma de mi cuerpo,

el interior de mi cuerpo,

y todo estaba bien.

Me llevé la mano ante los ojos

y vi que me estaba quedando excesivamente delgada.

 

No siempre podía tener el control.

No tenía ninguna protección ante lo inevitable,

pero tenía el control de mi mente y,

por el momento,

era más que suficiente.

 

—Judith—