Estaba más que harta;
hasta el coño estaba
del ridículo vampireo que me rodeaba.
De repente,
miraba a mi alrededor
y en todas partes había
algún tipo de presencia pseudovampírica.
El mundo se había llenado
de falsos vampiros
e hipócritas chupasangres
sin sustancia alguna.
Había surgido una afición,
generalizada y desmedida,
hacia los no muertos.
Todo el mundo había sido
irremediablemente seducido,
de una u otra manera,
por el mito del vampiro.
Todo el mundo admiraba e idolatraba,
todo el mundo quería parecerse
al nosferático personaje.
El personaje del vampiro
había acaparado
todas las miradas.
El vampiro era en sí mismo
una fuente emanadora de erotismo,
por lo que se había convertido casi
en una prolongación del sexo,
casi en un sinónimo;
porque además contaba
con un aliciente implícito,
igual de atrayente y estimulante,
que era la violencia
del color,
del olor y del sabor
de la sangre.
Y las víctimas,
las víctimas más farsantes
eran sin duda los jóvenes.
Había toda una generación
nacida a la sombra
de La Era del Vampiro.
Una generación entera de vidas huecas
había sido educada
sobre la base de un vampirismo apócrifo:
el vampireo.
Se habían generado socialmente
diferentes grupos de jóvenes
que se disfrazaban de vampiros,
adoptando sus hábitos,
sus costumbres,
sus formas,
sus psicologías…
Sin embargo,
su conexión y conocimientos al respecto
no iban más allá
de un par de películas de culto
y cuatro relatos de rigor del XIX.
Había también paralelamente
grupos de adolescentes,
decadentes y necrófilas,
sin cultura ni imaginación,
que ofrecían su sangre sosa y aguada
a los travestidos.
Y, es más,
había quienes veneraban a los anteriores
porque no tenían los cojones ni el valor
de travestirse también ellos mismos
e imitarlos,
que es lo que,
en lo más profundo de su gothic heart,
realmente deseaban.
Había una moda neorromántica
de suicidas de boquilla,
que encarecidamente hubiera deseado
fueran de palabra.
Porque todos los jovenzuelos y jovenzuelas
del mundo occidental medio
se querían sentir vampíricamente inmortales,
pero no.
No.
No podían.
Y jamás podrían serlo.
Mientras,
los verdaderos vampiros,
nos veíamos exiliados
a los confines de la vergüenza.
Había nacido
El Gran Circo del Vampireo,
el espectáculo blasfemo
de los no vivos.
Veía caricaturas de vampiros por doquier,
pero no me parecían en absoluto divertidas.
Es más, me habían hecho llorar veneno.
Mucha culpa de todo esto la tenía Anne Rice
que había creado
un generoso y nutrido universo vampírico
al que le habían salido
miles de admiradores,
e imitadores, plagiadores y copiones
a cientos,
ensanchando ilimitadamente
las posibilidades de recreación del vampiro.
El vampiro se hacía cada vez más poderoso
e inverosímil,
pues ya no se veía afectado
por los tradicionales métodos
que solían emplearse para abatirlo,
según las antiguas supersticiones centroeuropeas.
Había una nueva generación de vampiros
aficionados a mirar crucifijos;
vampiros que podían oler ajo,
sin inmutase ni sufrir por ello;
vampiros que no necesitaban matar para alimentarse,
puesto que podían hacerlo de sangre sintética;
vampiros que acariciaban el fuego
sin el menor temor;
e incluso vampiros
a los que no les afectaba la luz del sol.
Había un mundo
de nuevos chupapollas chupasangres
dispuestos a saltarse las normas básicas de sus ancestros,
reinventando sus poderes y limitaciones
de forma que nada pudiera detenerlos
en su ascenso a una divinidad vampírica
que jamás podrían alcanzar.
Lo que no sabían
es que las contraindicaciones de la vampiridad
no tienen la más mínima importancia
para ser uno de ellos,
porque para ser vampiro
se necesitaba muy poco en realidad:
sustraer algún tipo de sustancia o esencia vital a otro,
o incluso a uno mismo (autovampirismo),
y hacerse adicto a ello.
De ahí provenían todos estos:
los vampiros sanguinarios,
los drogadictos,
las sanguijuelas,
los vampiros psíquicos y mentales
(que robaban ideas e identidad),
los vampiros mediáticos,
los sedientos de desgracia ajena,
los políticos,
los vampiros energéticos
y los vampiros emocionales,
que podían incluso succionarte el alma.
El mundo en sí era un enorme vampiro hambriento
devorándose a sí mismo desde dentro.
No obstante y para su propia desgracia,
absolutamente todos ellos,
no eran otra cosa que metáforas sublimadas
de algo mucho más humilde,
que no quería ser humilde,
y ampliamente insatisfecho consigo mismo:
el triste ser humano.
Sólo existía un vampiro real:
El Vampiro Esencial.
Aquel que primero
había ofrecido su sangre a los hombres,
como Jesucristo en la última cena,
y había entregado su vida por ellos,
como yo antes de mi renacimiento;
y ahora,
habíamos vuelto
a desangrar y masacrar
todo lo que,
indefectiblemente,
era nuestro.
