- Despierta, Erika. Despierta, princesa. Qué susto me has dado. Por un instante creí que no respirabas…
Una voz azulaterciopelada,
de extraño acento,
cuya procedencia me siento incapaz de adivinar,
es lo primero que mis oídos han escuchado
en este inquietante amanecer.
¿Quién soy?
Mi nombre debe ser Erika.
¿Quién es él?
Sus dedos, delicados,
apartan el pelo de mi frente
y sus labios, suaves,
la besan.
¿Es mi marido?
¿Mi novio?
- Tía, no sé. Anoche, cuando follábamos, no sé. Tienes un calor dentro que, joder, estabas ardiendo. Cómo aguantas tanto… Tía, y no puedes moverte así, estaba muy excitado. No pude controlarlo, en serio, no me enteré de cómo pasó. Bueno, ya viste… Lo siento.
- No pasa nada- le dije. Parecía preocupado.
Me resultó muy hermoso.
Me evocaba a los ángeles.
Seguramente,
en algún momento de mi vida
hube soñado con un ángel así,
como él.
Saber que habíamos follado me excitó.
Pero no recordaba absolutamente nada.
¿Era mi amante?
¿Mi amigo?
- Tengo que irme a currar, pero si quieres, esta noche vuelvo. Si quieres, claro. A la misma hora. ¿Te apetece?
- Claro – contesté.
Me besó en los labios
y se dispuso a salir de la habitación,
pero antes,
se detuvo un momento en la puerta
y me miró.
- ¿Sabes, tía? Estás dulce. Sabes dulce, cariño. Eres buena. Luego te veo.
Cuando oí que la puerta del piso
al fin se cerraba
mi primera reacción
fue la de levantarme rápidamente
a investigar,
pero finalmente
decidí permanecer un segundo más
e intenté recordar.
Recordaba estar inmersa
en un oscuro y profundo agujero emocional
del que no podía escapar.
Recordaba puñados de antidepresivos,
ansiolíticos y tranquilizantes.
Recordaba mi cuerpo inflamado,
insano,
constantemente insaciado,
enfermo.
Enferma, mi mente también,
constantemente inconstante.
Todo a mi alrededor,
infectado.
Recordaba la maldad de personas
con las que me había cruzado;
las vidas miserables y arpías
de los cobardes
y embusteros;
el dolor y el miedo
que me habían provocado aquellos,
y toda la impotencia y frustración
que me había invadido
por largo tiempo.
Recordaba monstruos
que me habían inducido a pensar
que yo era algo que yo no era
y que sólo puede existir
en esas almas putrefactas,
que piensan mierda,
y cuando hablan,
huelen a mierda,
porque se rodean de más y más mierda,
duermen entre mierda,
se echan mierda,
los unos a los otros,
y se revuelcan en sus propios deshechos,
como los puercos y los perros.
Recordaba un auténtico vertedero
de gentes de mal,
que apestaba
y me había hecho vomitar.
¿Y después?
Después, nada.
No recordaba nada más.
Después,
sólo sus celestes y brillantes ojos.
Sin duda era del Este.
Mis bragas estaban empapadas.
Necesitaba urgentemente una ducha.
Me moría de ganas de volverlo a ver.