Gift of Silence, porque comenzó siendo un onírico proyecto secreto que, con el tiempo, he ido compartiendo. Durante dos años, apenas seis personas lo han leído.
Living Project, porque cuando empecé a escribirlo no hice ningún guión ni seguimiento literario ni boceto o estructura, ni tenía una idea preconcebida de lo que quería o iba a salir de esto, ni siquiera cómo lo iba a terminar, si es que lo terminaba, y no se convertía en una especie de diario camuflado y eterno.
El formato blog. Si empiezas por el capítulo 40 estarás empezando por el final. Para hacerlo correctamente habrías de empezar leyendo en marzo del 2008, por la introducción, y seguir ascendentemente hasta marzo del 2009, que es cuando terminó. Esto puede dificultar un poco la lectura, pero tenía que ser así.
No quería que fuese exclusivamente un proyecto literario. De ahí que la música y la fotografía pasaran a convertirse en parte imprescindible del mismo. De hecho, la propia lectura de los capítulos sigue un ritmo muy claro, a veces interrumpido, siempre con alguna intención.
Cada capítulo se cierra con el título del mismo, que es a su vez un tema musical, complementando, resumiendo o especificando la idea subyacente. En el mismo título hay un link que te lleva directamente a la canción que cita, por eso recomiendo el “Abrir en una nueva pestaña” para poder escucharla sin abandonar el hilo del texto.
Ni que decir tiene que cada uno de los artistas que involuntariamente han participado en este proyecto tienen todo mi respeto y admiración, pero el arte en cualquiera de sus vertientes debiera ser gratis, así como su distribución. Y gratis no quiere decir que lo paguen los propios artistas, sino todo lo contrario, que también ellos lo puedan producir gratuitamente, sin impedimentos ni censuras, pero por supuesto esto es una utopía. Cualquiera que tenga el privilegio de poder aportar al mundo algún bien que nos haga más humanos y más conscientes de lo que somos debería ofrecerlo sin ánimo de lucro. Para mí un artista ha de ser íntegro y comerciar con el arte no me lo parece.
Me gustaría también, ya que estamos, dar unas cuantas gracias:
A los que se interesaron por mi proyecto, fuera por la razón que fuera. A los que disfrutaron de él. A quien me ayudó a corregirlo y me dió toda la autoconfianza que no tenía, especiales. Y en definitiva, a quienes me ayudaron a convertir a Rabya en alguien más. Muchas gracias.
Por último, Rabya es un bifronte de mi propio apellido: Aybar. Ella no soy yo, pero ella está en mí y, seguramente, también en ti. Si en algún momento durante la lectura has apreciado algún sentimiento de empatía o simpatía por el personaje, si no has dejado de leerlo, no lo dudes: está en ti.