XL

 

- Despierta, Erika. Despierta, princesa. Qué susto me has dado. Por un instante creí que no respirabas…

 

Una voz azulaterciopelada,

de extraño acento,

cuya procedencia me siento incapaz de adivinar,

es lo primero que mis oídos han escuchado

en este inquietante amanecer.

 

¿Quién soy?

Mi nombre debe ser Erika.

¿Quién es él?

Sus dedos, delicados,

apartan el pelo de mi frente

y sus labios, suaves,

la besan.

¿Es mi marido?

¿Mi novio?

 

- Tía, no sé. Anoche, cuando follábamos, no sé. Tienes un calor dentro que, joder, estabas ardiendo. Cómo aguantas tanto… Tía, y no puedes moverte así, estaba muy excitado. No pude controlarlo, en serio, no me enteré de cómo pasó. Bueno, ya viste… Lo siento.

- No pasa nada- le dije. Parecía preocupado.

 

Me resultó muy hermoso.

Me evocaba a los ángeles.

Seguramente,

en algún momento de mi vida

hube soñado con un ángel así,

como él.

Saber que habíamos follado me excitó.

Pero no recordaba absolutamente nada.

¿Era mi amante?

¿Mi amigo?

 

- Tengo que irme a currar, pero si quieres, esta noche vuelvo. Si quieres, claro. A la misma hora. ¿Te apetece?

- Claro – contesté.

 

Me besó en los labios

y se dispuso a salir de la habitación,

pero antes,

se detuvo un momento en la puerta

y me miró.

 

- ¿Sabes, tía? Estás dulce. Sabes dulce, cariño. Eres buena. Luego te veo.

 

Cuando oí que la puerta del piso 

al fin se cerraba

mi primera reacción

fue la de levantarme rápidamente

a investigar,

pero finalmente

decidí permanecer un segundo más

e intenté recordar.

 

Recordaba estar inmersa

en un oscuro y profundo agujero emocional

del que no podía escapar.

Recordaba puñados de antidepresivos,

ansiolíticos y tranquilizantes.

Recordaba mi cuerpo inflamado,

insano,

constantemente insaciado,

enfermo.

Enferma, mi mente también,

constantemente inconstante.

Todo a mi alrededor,

infectado.

 

Recordaba la maldad de personas

con las que me había cruzado;

las vidas miserables y arpías

de los cobardes

y embusteros;

el dolor y el miedo

que me habían provocado aquellos,

y toda la impotencia y frustración

que me había invadido

por largo tiempo.

 

Recordaba monstruos

que me habían inducido a pensar

que yo era algo que yo no era

y que sólo puede existir

en esas almas putrefactas,

que piensan mierda,

y cuando hablan,

huelen a mierda,

porque se rodean de más y más mierda,

duermen entre mierda,

se echan mierda,

los unos a los otros,

y se revuelcan en sus propios deshechos,

como los puercos y los perros. 

 

Recordaba un auténtico vertedero

de gentes de mal,

que apestaba

y me había hecho vomitar.

 

¿Y después?

Después, nada.

No recordaba nada más.

Después,

sólo sus celestes y brillantes ojos.

Sin duda era del Este. 

Mis bragas estaban empapadas.

Necesitaba urgentemente una ducha.

Me moría de ganas de volverlo a ver.

 

 —Feeling Good—

 

XXXIX

 

Estaba más que harta;

hasta el coño estaba

del ridículo vampireo que me rodeaba.

 

De repente,

miraba a mi alrededor

y en todas partes había

algún tipo de presencia pseudovampírica.

El mundo se había llenado

de falsos vampiros

e hipócritas chupasangres

sin sustancia alguna.

 

Había surgido una afición,

generalizada y desmedida,

hacia los no muertos.

Todo el mundo había sido

irremediablemente seducido,

de una u otra manera,

por el mito del vampiro.

Todo el mundo admiraba e idolatraba,

todo el mundo quería parecerse

al nosferático personaje.

El personaje del vampiro

había acaparado

todas las miradas.

 

El vampiro era en sí mismo

una fuente emanadora de erotismo,

por lo que se había convertido casi

en una prolongación del sexo,

casi en un sinónimo;

porque además contaba

con un aliciente implícito,

igual de atrayente y estimulante,

que era la violencia

del color,

del olor y del sabor

de la sangre.

 

Y las víctimas,

las víctimas más farsantes

eran sin duda los jóvenes.

 

Había toda una generación

nacida a la sombra

de La Era del Vampiro.

Una generación entera de vidas huecas

había sido educada

sobre la base de un vampirismo apócrifo:

el vampireo.

 

Se habían generado socialmente

diferentes grupos de jóvenes

que se disfrazaban de vampiros,

adoptando sus hábitos,

sus costumbres,

sus formas,

sus psicologías…

 

Sin embargo,

su conexión y conocimientos al respecto

no iban más allá

de un par de películas de culto

y cuatro relatos de rigor del XIX.

 

Había también paralelamente

grupos de adolescentes,

decadentes y necrófilas,

sin cultura ni imaginación,

que ofrecían su sangre sosa y aguada

a los travestidos.

 

Y, es más,

había quienes veneraban a los anteriores

porque no tenían los cojones ni el valor

de travestirse también ellos mismos

e imitarlos,

que es lo que,

en lo más profundo de su gothic heart,

realmente deseaban.

 

Había una moda neorromántica

de suicidas de boquilla,

que encarecidamente hubiera deseado

fueran de palabra.

 

Porque todos los jovenzuelos y jovenzuelas

del mundo occidental medio

se querían sentir vampíricamente inmortales,

pero no.

No.

No podían.

Y jamás podrían serlo.

 

Mientras,

los verdaderos vampiros,

nos veíamos exiliados

a los confines de la vergüenza.

 

Había nacido

El Gran Circo del Vampireo,

el espectáculo blasfemo

de los no vivos.

 

Veía caricaturas de vampiros por doquier,

pero no me parecían en absoluto divertidas.

Es más, me habían hecho llorar veneno.

 

Mucha culpa de todo esto la tenía Anne Rice

que había creado

un generoso y nutrido universo vampírico

al que le habían salido

miles de admiradores,

e imitadores, plagiadores y copiones

a cientos,

ensanchando ilimitadamente

las posibilidades de recreación del vampiro.

 

El vampiro se hacía cada vez más poderoso

e inverosímil,

pues ya no se veía afectado

por los tradicionales métodos

que solían emplearse para abatirlo,

según las antiguas supersticiones centroeuropeas.

 

Había una nueva generación de vampiros

aficionados a mirar crucifijos;

vampiros que podían oler ajo,

sin inmutase ni sufrir por ello;

vampiros que no necesitaban matar para alimentarse,

puesto que podían hacerlo de sangre sintética;

vampiros que acariciaban el fuego

sin el menor temor;

e incluso vampiros

a los que no les afectaba la luz del sol.

 

Había un mundo

de nuevos chupapollas chupasangres

dispuestos a saltarse las normas básicas de sus ancestros,

reinventando sus poderes y limitaciones

de forma que nada pudiera detenerlos

en su ascenso a una divinidad vampírica

que jamás podrían alcanzar.

 

Lo que no sabían

es que las contraindicaciones de la vampiridad

no tienen la más mínima importancia

para ser uno de ellos,

porque para ser vampiro

se necesitaba muy poco en realidad:

sustraer algún tipo de sustancia o esencia vital a otro,

o incluso a uno mismo (autovampirismo),

y hacerse adicto a ello.

 

De ahí provenían todos estos:

los vampiros sanguinarios,

los drogadictos,

las sanguijuelas,

los vampiros psíquicos y mentales

(que robaban ideas e identidad),

los vampiros mediáticos,

los sedientos de desgracia ajena,

los políticos,

los vampiros energéticos

y los vampiros emocionales,

que podían incluso succionarte el alma.

 

El mundo en sí era un enorme vampiro hambriento

devorándose a sí mismo desde dentro.

 

No obstante y para su propia desgracia,

absolutamente todos ellos,

no eran otra cosa que metáforas sublimadas

de algo mucho más humilde,

que no quería ser humilde,

y ampliamente insatisfecho consigo mismo:

el triste ser humano.

 

Sólo existía un vampiro real:

El Vampiro Esencial.

Aquel que primero

había ofrecido su sangre a los hombres,

como Jesucristo en la última cena,

y había entregado su vida por ellos,

como yo antes de mi renacimiento;

y ahora,

habíamos vuelto

a desangrar y masacrar

todo lo que,

indefectiblemente,

era nuestro.

 

-–Ticks & Leeches—

 

XXXVIII

 

Durante días,

bastantes días,

permanecí en aquella misma patética posición.

 

Aunque el teléfono sonó,

con más frecuencia de la que podía esperar

si lo hubiese pensado,

no afectó a mi estado

en ningún caso

ni me produjo la más mínima inquietud.

 

No tenía familia,

por lo que nadie me echaría a faltar.

Y mi situación laboral,

a caballo entre el freelance y la autonomía,

tampoco daba opción a que mis

ya casi eventuales clientes

me echasen de menos,

aunque bien es cierto que algunos de ellos

llamaron con perseverante interés.

 

Por último,

mis amigos y vecinos

(llámense a estos

el selecto conjunto de personas

con las que tengo un trato

de relativa frecuencia,

pero con los que jamás

he llegado verdaderamente a intimar,

y si lo he hecho,

ha sido de una forma meramente carnal)

conocían bien mi afición por viajar

y desaparecer repentínamente,

sin avisar.

 

No existía una miserable razón

que me obligara a moverme de donde estaba.

Y donde estaba

era exactamente el lugar donde quería estar.

 

El tiempo transcurría

al ritmo de un interminable goteo de tic-tacs

que se vertían sobre mi férrea inactitud.

Mi mente se vaciaba nebulosa

arrastrada por el oleaje

de un mar de insentimientos,

que parecían efecto

de todo el valium que nunca tomé.

 

Dentro de mi cabeza, vacía,

el aleteo de una mariposa me reconfortaba.

El aleteo sordo

de una mariposa transparente… 

 

Cuando algún tipo de pensamiento

quería coger forma,

lo dispersaba rápidamente

con un manotazo de voluntad.

Involuntariamente,

tendía al pensamiento

y entonces percibía al dolor,

acechando.

Si dejaba al pensamiento

enfocarse en el dolor,

éste se haría más intenso.

Y en el caso de alcanzar el dolor más intenso,

éste se transformaría en frustración,

en ira, en vergüenza,

en odio, en la náusea…

 

Pero mi mente se había llenado ahora

de viento y de agua,

y seguiría así el tiempo que le hiciera falta.

 

De alguna manera, muerta,

mi mente,

ciega de tanta luz y de tanta ausencia,

dejaba resetearse a la memoria,

que a fuerza de no dar forma ni contenido,

ni importancia ni retención al pensamiento,

se había convertido en sanadora.

 

Qué soy cuando no soy nada.

Porque si no pienso no soy,

y no pensaba volver a pensar por el momento.

Sin embargo, estaba.

 

La luz se iba y venía por los ventanales y el balcón

del salón,

jugando con mis pupilas lentificadas

imperceptiblemente.

Veía la luz gris

y la gris oscuridad,

y mi mente, gris,

sumida en el presente;

en el regalo del presente,

en el presente de lo presente.

Y todo lo demás

no significaba nada.

No significa nada.

Mi mente iba y venía

como iba y venía la luz solar.

 

Sentí mi cuerpo.

Sentí el peso de mi cuerpo.

Recorrí mi cuerpo con la mente,

reconocí la forma de mi cuerpo,

el interior de mi cuerpo,

y todo estaba bien.

Me llevé la mano ante los ojos

y vi que me estaba quedando excesivamente delgada.

 

No siempre podía tener el control.

No tenía ninguna protección ante lo inevitable,

pero tenía el control de mi mente y,

por el momento,

era más que suficiente.

 

—Judith—

 

XXXVII

 

Cerró tras de sí el balcón

por el que había accedido a mi salón,

pero estoy segura

de no haberlo dejado abierto.

 

Era un tipo enorme.

Alto y de complexión fuerte;

muy fuerte.

Parecía un mercenario.

 

Llevaba el ojo derecho oculto bajo un parche,

a lo pirata,

y estaba completamente calvo,

o más probablemente, 

rapado al cero.

 

Era demasiado extravagante

como para ser de este mundo,

aunque eso

ya lo dejaba claro su presentación.

 

De su perilla,

colgaba una consistente trenza rojiza

que le llegaba casi hasta el ombligo,

que no asomaba,

pero casi,

por entre su camisa hawaiana desabrochada.

 

Desde donde me encontraba,

podía apreciar sus voluminosos pectorales

y abdominales

que parecían de puro acero,

y brillaban a la luz

tenuemente regulada

que alumbraba mi,

habitualmente confortable,

sala de estar.

 

Había algo en él que me daba miedo.

 

Rápida cual guepardo

y ágil como una gacela

crucé el trecho del salón

que me separaba del interruptor

y lo apagué.

 

Lo vi y vi que él me veía también.

 

 Quién eres, pregunté.

 

Su cuerpo

comenzó a moverse lentamente hacia mí,

desprendiendo un halo luminoso

que en un principio

me hacía daño a los ojos,

pero que, en pocos segundos, 

conseguí comprehender y seguir con facilidad.

 

Mi corazón no se aceleró,

pero estaba asustada.

 

Su cuerpo

seguía avanzando hacia mí,

desprendiendo un luminosos halo rojo.

 

- Quién eres -volví a preguntar.

- Soy tu hermano, querida, puesto que ambos procedemos del mismo padre y…, ¡apuesto a que no esperabas tan grata visita!

- Yo no tengo padre. Yo soy mi padre. Yo no procedo de nadie excepto de mí misma. Nací de mí misma por mí misma. Soy mi propia creadora y mi propia creación.

- Apuesto a que tu memoria se vuelve especialmente selectiva a la hora de indagar en el pasado… Debes de haber olvidado quién y lo que eres, mas no te preocupes, porque yo estoy aquí para recordártelo, para cumplir con mi deber de hermano.

 

Estaba a pocos metros de mí

cuando modificó su ruta

para aproximarse al cuerpo sin vida

de mi precioso Chimay.

 

- Apuesto a que no habías probado la sangre de un virgen. No hay nada comparado a un virgen, ¿eh? Apuesto a que has tenido un orgasmo mientras te despuntaban los colmillos.

- Sí la había probado, pero hace mucho tiempo. Y claro que, de alguna manera, he tenido un orgasmo.

- Apuesto a que te crees indomable…

 

No contesté.

La conversación estaba adquiriendo un cariz

que empezaba a darme muy mala espina.

 

Se puso detrás de mi pobre Chimay,

que estaba hecho un cristo.

Estaba desatándole las manos.

 

- Esta cuerdecita, querida, es una cuerdecita muy especial. Por una parte, tiene el poder de mantener alejados a esos nuevos amiguitos que has estado haciendo últimamente, y por otra, es sumamente resistente; tanto como para inmovilizar a una putita vampiresa de extraordinaria fuerza, como tú. Apuesto a que no me crees…

 

Rápido como un guepardo,

ágil cual gacela,

recorrió el trecho que lo separaba de mis muñecas

y las retorció a mi espalda,

atándolas con la fuerza necesaria

como para asegurarse

de que me tenía totamente sometida,

y ninguna contemplación más. 

 

Mierda, mierda, mierda. Pensé.

Me sentí como si me hubiese atrapado la policía.

En realidad,

la policía no me daba tanto miedo

como aquel que decía ser mi hermano.

 

Me agarró fuerte del brazo,

por debajo de la axila.

Sus dedos estaban congelados.

Sentí cómo quemaban en mi piel.

Me arrastró hasta el dormitorio

y luego me arrojó contra la cama.

 

Qué más da lo que pensara.

Sabía que él podía leer en mi mente.

Él sabía que estaba asustada

y obviamente le daba igual.

En realidad no le daba igual,

es lo que quería.

Era parte de la misión que le venía encomendada.

Yo también podía leer en la suya.

No pude hablar, ni gritar.

No podía llamar a nadie,

no me podía comunicar.

 

No sé si él tenía el suficiente poder

como para retener mi voz y mi fuerza 

por propia voluntad

o era el poder de la cuerdecita 

lo que se lo permitía,

o eran los efectos de un miedo

que hasta ese momento no había conocido,

o si lo había conocido,

también lo había olvidado.

 

No sé si fue resignación

o mentalmente me estaba manipulando,

o si estaba embrujada o hechizada 

por él o su maligno cordel,

pero no luché.

 

De pronto me sentí sumamente cansada.

No intenté huir.

Mis manos

se encontraban férreamente atadas a la espalda

y mi cara se hundió en la cama,

ayudada por su mano

que había recogido mi cabello en un puñado

por encima de la nuca.

 

No podía respirar,

pero qué más daba.

Al fin y al cabo,

no podía morir asfixiada.

 

Así que no me moví,

ni me canteé,

ni gesto hice de ello,

cuando me bajó con suma maestría

los pantalones y las bragas,

dejándome, literalmente,

con el culo al aire.

 

Me soltó el pelo

y respiré ansiosamente.

Me giré hacia él

y vi que se echaba la trenza de la barba

por encima del hombro,

a la manera de una bufanda,

y sacaba y me enseñaba amenazadoramente su arma.

 

Luego volvió a hundir mi cara en la cama,

esta vez con su pie

y sentí cómo me azotaba con su arma

en el trasero,

que quemaba,

y me picaba.

 

- Has/sido/una/mala/perrita/ma/la/pe/rri/ta/perrita/mala -verseó al ritmo que me azotaba-. Yo te enseñaré el camino a complacer al hombre, zorra. 

 

Y me sentí largamente humillada y ultrajada.  

Sentía la presión de su pie contra mi cabeza,

tenía los hombros doloridos

y las muñecas en carne viva.

Quería meter mi cara hasta el fondo de la cama,

atravesar el colchón con mi cara

y después el somier

y el suelo de mi habitación

y hundir mi cara en los cimientos de la casa

y luego atravesar el asfalto y la tierra,

y después, La Tierra,

y salir finalmente allí lejos,

donde nadie me reconociera jamás.

Pero lo único que pude hacer

fue morder mi edredón con tanta fuerza

como para hacerlo sangrar.

 

Sabía lo que aún estaba por llegar,

pero los efectos psicológicos

ya se habían desarrollado,

porque podía leer en su mente

y ya todo había pasado para mí.

 

Ya me había recuperado psicológicamente

cuando me violó con su arma,

ya me había recuperado psicológicamente

cuando noté que algo se me rompía por dentro.

 

Las heridas de mi carne vampírica

cicatrizan a una velocidad pasmosa,

pero recordé que,

la última vez que me atacaron con un arma

mi carne no tenía ningún poder extraordinario

y cómo había sangrado,

durante meses y meses,

día tras día,

porque este tipo de fisuras

tardan muchísimo en cicatrizar.

 

Pero ahora daba igual,

porque psicológicamente ya estaba repuesta y,

en el mometo en que dejara de darme por culo,

la cicatriz se cerraría en cuestión de segundos.

En cuestión de segundos,

dejaría de sangrar.

 

Él parecía divertirse de lo lindo, 

pero en esta ocasión,

no puedo narrar la experiencia

con ningún tipo de calor,

porque yo, no.

 

Tengo una gran capacidad

para sopotar el dolor físico intenso.

Capacidad que ya poseía

antes de nacer en la vampiridad, 

y si no,

me desconecto y me desmayo,

ese es mi plan B,

pero esta vez aguanté hasta el final

despierta, consciente.

 

Cuando terminó de joderme

me soltó y liberó mis muñecas.

Estaban descarnadas,

pero en cuanto la cuerda se apartó de mi piel, 

ésta empezó a recomponerse,

junto con mi carne,

como si nunca hubieran sido heridas.

 

Me dejé caer sobre la cama.

Agotada y dolorida

me dejé caer

como un saco de patatas.

Toda mi energía,

todo mi poder,

parecían haber sido sustraídos.

 

Me sentí una piltrafa humana,

tendida allí bocabajo 

con el culo al descubierto

y la sangre manchádome el edredón,

me cago en la puta,

siempre estábamos igual con la ropa de mi cama.

 

Me sentí una mierda

y sólo quise que se fuera pronto

y me dejara sentirme una mierda

sola,

porque ahora quería sentirme una mierda en soledad.

 

Miré de reojo lo que hacía,

más allá del quicio de la puerta de mi dormitorio, 

sabía que no le quedaba mucho más por hacer.

Recogió la bolsa que hubiera dejado en el baño

y de nuevo se acercó a mi afortunado Chimay.

 

 - Apuesto a que te hago un favor llevándome esto de aquí.

- No necesito ningún favor tuyo, gilipollas -No reconocí mi voz.

- Me lo llevaré igualmente, y esto también -Balanceó la cuerdecita mirándome, como yo hiciera también con el rumano.

 

Se dirigió hacia el balcón.

Mi voz volvió a sonarme desconocida:

 

- Espera, ¿cómo me llamo?

- Que cómo te llamas. ¿Qué pregunta es esa? ¿Es que sufres amnesia repentina?

- No. Cuál es mi nombre.

- Rabya, querida. Ese es tu nombre. Rabya. ¿De qué otra manera te podrías llamar?

 

—Apple of Sodom—

 

XXXVI

 

Chimay y yo

andábamos juntos de camino a casa,

como ya había hecho,

no demasiado tiempo atrás,

con el lobo;

pero en esta ocasión

Chimay iba a mi par.

 

Era algo más alto que yo;

unos quince centímetros.

Llevaba un corte de pelo bastante extraño,

pero tenía un bonito cabello rubio.

Me entraron ganas de acariciárselo,

aunque me contuve.

 

No me había dado cuenta

de que parecía mucho más joven

que el ángel-lobo

tal y como yo lo recordaba.

No hablamos en todo el trayecto.

De vez en cuando

nos mirábamos y sonreíamos.

 

Observé su perfil.

Cuanto más lo observaba,

más aniñado me resultaba,

aunque no sabría decir

cuántos años tendría exactamente.

Me entraron ganas de cogerle la mano.

Esta vez me rendí a mi impulso.

 

Y entonces me di cuenta.

Al sentir el calor de su mano.

Al sentir el calor

de la sangre fluyendo

por todo su cuerpo.

Entonces lo supe.

Que era virgen.

 

Mi corazón volvió a acelerarse,

sorprendiéndome por segunda vez

en muy poco rato.

 

El corazón de un vampiro

late a un ritmo anormalmente lento:

unas cuatro o cinco pulsaciones por minuto.

Excepto en los momentos de sexo

y a la hora de alimentarnos con sangre.

En estas situaciones,

nuestro corazón puede alcanzar,

tranquilamente,

las 300 pulsaciones por minuto.

 

Ahora mi corazón

se había acelerado ligeramente

por la cercanía de aquella sangre virgen.

Porque todo el mundo conoce

el inconmensurable placer proteínico

que supone para una vampira,

la sangre de un virgen.

¿Acaso era aquello una suerte de regalo?

 

Deseé llegar cuanto antes a casa,

así que aceleré el paso.

 

No quería que notara

los infinitos deseos

que me estaban embargando por dentro,

así que lo retuve en el salón,

invitándole a un trago

y poniéndole música

que lo mantuviera acomodado.

 

Cogí la bolsa de deporte,

que había dejado junto a sus pies,

y la llevé al baño.

 

La estaba soltando en las baldosas del suelo

y no pude evitarlo.

Lo juro que no pude.

Tuve que abrirla

y husmear lo que había dentro.

 

Tampoco había demasiado;

el mono sucio de trabajo,

con el que lo había encontrado,

una botella de agua medio llena

y una pequeña cuerdecita enrollada,

que es lo único que llamó mi atención.

 

Al tocarla,

un escalofrío recorrió mi columna vertebral

de arriba abajo.

Había algo familiar en aquella cuerdecita,

pero no sabría decir el qué.

 

La cogí por un extremo,

como si me resultara repulsiva,

pero no era así.

La llevé por delante,

con el brazo estirado,

hasta el salón,

donde estaba Chimay,

que se había sentado en una silla,

junto a la mesa

donde le había preparado el trago.

 

Me acerqué a él

balanceando la cuerdecita

y le dije:

 

¿Qué es esto, Chimay? ¿Sabías que ibas a conocerme, o qué?

 

No dijo nada.

Por supuesto no tenía ni puta idea

de lo que le había dicho;

pero al mirar el cordel

puso un gesto de incertidumbre,

como si no reconociera aquel objeto

en absoluto.

 

Me puse ante él,

moviendo la cuerdecita

a la manera de un péndulo,

como tantas veces

había visto en películas

cuando se trataba de hipnotizar.

 

Ahora, vas a concentrarte en esta cuerdecita y yo contaré hasta tres. Cuando diga ‘tres’ tu voluntad estará sometida a la mía. Uno…, dos…, tres.

 

No sé si simplemente

aceptó el juego que le proponía,

o realmente

conseguí algún tipo de poder hipnótico sobre él,

pero no hizo absolutamente nada

cuando me coloqué detrás de él

y recorrí sus brazos con mis manos,

llevando las suyas a la espalda

y atándolas con el cordelito que había encontrado.

 

Rodeé sus muñecas,

cruzando la cuerdecita entre ellas

y volviendo a rodearlas otra vez.

Luego hice un nudo.

Intenté no apretar demasiado

para no lastimarlo,

pero asegurándome de que lo tenía totalmente dominado.

 

Nuevamente me puse frente a él

y me arrodillé entre sus piernas,

le desabroché el pantalón

y lo bajé hasta el suelo,

por supuesto con su colaboración,

y entonces, desaparecí…

 

Me teletransporté siglos,

qué digo siglos: milenios atrás.

 

Me encontré ante el Árbol del Conocimiento del Bien y el Mal,

en el Jardín del Edén.

Estaba allí la manzana prohibida,

tan roja y brillante

como la sangre de la que me alimento.

Tan nutritiva, tan sana, tan dulce…

Y enroscada en la misma rama,

la serpiente,

tentándome.

Que no me decía muérdela, no;

me decía lámeme.

Eso me decía.

 

Así que la cogí por su largo cuello

y me la llevé a la boca.

Me la acerqué a la lengua

y la deslicé por ella,

una y otra vez.

 

Pero no me entretuve demasiado,

porque lo que ahora me estaba pidiendo

aquella culebra,

que parecía venenosa,

era meterse en mi boca.

 

Aflojé los dedos

y dejé que resbalara dentro.

Abarqué con mis labios su angular cabeza

y la succioné debilmente.

 

Ella quería entrar más adentro,

así que la dejé pasar un poco más,

para en seguida tirar de ella hacia fuera.

 

Su piel resultaba resbaladiza,

cuando entraba;

pero al salir…,

de su carne se separaban unas pequeñas escamas

que me hacían cosquillas

en el interior de los labios.

 

No era tan nutritiva ni sana,

y mucho menos dulce,

como la manzana,

pero encontré un gran placer en chuparla.

No podía dejar de meterla en,

y sacarla de,

mi boca;

de saborearla,

de mimarla,

de complacerla.

 

Adapté el ritmo de sus movimientos cómplices

a mi succión,

sujetándola con fuerza por el cuello.

 

Creo que empezó a sentirse asfixiada,

porque de pronto la noté nerviosa,

excesivamente tensa,

y me asusté un poco.

Pero yo ya no podía dejar de chuparla.

Yo ya no tenía ningún autocontrol,

porque todo mi control se cernía sobre ella.

 

Noté la vigorosa lucha de su cuerpo

entre mis dedos,

que se aferraban a ella

como cinco estranguladoras cadenas de metal. 

 

Ahora la serpiente comprendía que era mi presa,

que no podía escapar de mis zarpas

y que podía hacer con ella lo que quisiera.

 

Y yo lo que quería

era demostrarle mi poder.

Que iba a catapultarla al mayor placer

que podría disfrutar en su vida,

y que no podía hacer nada,

absolutamente nada,

por remediarlo.

 

La seguí sujetando con fuerza

y empecé a chuparla enérgicamente.

Sabía que estaba verdaderamente cabreada,

porque hacía fuerza,

porque oía el silbido nervioso

del extremo de su cola,

que se agitaba enloquecida,

y entonces hizo lo único que podía hacer,

o sea,

escupirme una descomunal dosis de veneno

que se vertió en mi lengua

y que consumí automáticamente.

 

En pocos segundos,

el veneno

ya se había flitrado en mi sangre,

pero, por supuesto,

no morí.

Porque era una puta vampira del siglo XXI

extasiada de poder.

Y no iba a acabar conmigo un animal mitológico

de un tiempo que ni siquiera había existido.

 

Aún tenía su carne atrapada en mi boca,

cuando noté algo que jamás me había ocurrido.

No literalmente,

lo juro.

 

Sentí que mis colmillos

se doblaban en tamaño

y se afilaban al extremo.

 

No podía creer

lo que estaba aconteciendo en mi boca

y me pinché tres veces en la lengua,

pero fueron los desgarradores berridos de Chimay

los que me consiguieron regresar.

 

No hubo ningún pensamiento

previo a la acción,

lo juro.

 

Clavé mis colmillos en su carne

y comencé a succionar,

esta vez,

auténtico alimento.

 

La sangre virgen del chico

invadió mi boca y mi garganta

como una explosión ancestral,

llenándome de un placer desquiciante.

Me mareé.

 

Antes siquiera de poder tomar aire

me encontré desgarrándole el estómago,

el pecho y la garganta

con los vertiginosos caninos

que me habían aflorado.

 

Dejé a mi pobre Chimay

hecho un auténtico Guernica

y me di cuenta

de que no había sido muy buena idea

lo de la mascota…

 

Plas plas plas… Plas.

 

Unas palmadas procedentes del balcón

consiguieron sobresaltarme.

 

Esa es mi chica.

 

Y entonces, lo vi.

 

-–Working For The Man—

 

XXXV

 

Puesto que el tiempo transcurría

y mi sentimiento de ausencia permanecía,

pensé que quizá una mascota

menguaría en alguna medida

esa sensación.

 

Necesitaba algún animal de compañía

que se acomodara con sencillez

a mis necesidades y estilo de vida.

 

Descarté al ser humano,

por ese dudoso privilegio comunicativo suyo,

que es la palabra,

y que suele derrochar y vulgarizar

hasta la saciedad.

Oír hablar de nada a la gente vacía

me produce unas terribles ganas de matar

y últimamente mi ansiedad asesina

estaba muy relajada.

 

Sin embargo,

escuchar la palabra de lobos y vampiros

es como música celestial para mis oídos.

 

La compañía de un ser humano

me resultaba algo tremendamente complejo

como para reportarme más tranquilidad

que todo lo contrario.

Así que, finalmente,

resolví que fuera un animal

lo más irracional posible.

Pero, como viene siendo habitual,

mis planes siempre acaban viéndose modificados

por esa mano,

sigilosa y oscura,

que mueve los hilos de mi sino…

 

Me encaminé hacia La Paz,

pues allí recordaba haber visto

algunas tiendas de animales

con una gran variedad de ellos:

Desde peces multicolor

(que ahora no distinguiría),

exóticas aves

o escurridizas serpientes

(a éstas también las había descartado,

ya que poseen

un poderoso efecto hipnotizante sobre mí

y me entran tentaciones de lamerlas),

hasta iguanas, chinchillas, hurones,

conejillos de indias,

ratones de laboratorio…

 

Caminaba enmimismada,

absorta en la búsqueda de un nombre

con el que bautizar a mi mascota.

Como ya me había dicho el lobo-ángel,

el hecho de ponerle un nombre

me otorgaría cierto poder sobre él,

y yo no quería tener ningún poder sobre un ángel,

pero sí que lo quería

sobre mi mascota.

 

Empecé a pensar nombres al azar,

inspirándome en lo que veían mis ojos

y los recuerdos que conseguían enlazarse a ello,

pero no se me ocurría nada serio.

Me planteé delimitarlo a un nombre unisex,

que pudiera servirme

para cualquiera de los dos sexos.

Entonces pasé por delante de una cervecería,

recordé y decidí.

Le llamaré Chimay.

 

Me encontraba ya cerca de mi destino,

a penas a tres o cuatro manzanas.

Estaban levantando allí unas oficinas,

un hotel y un centro comercial,

con multicines, restaurantes y aparcamientos.

Aquello era un auténtico caos.

El ruido de la maquinaria era insoportable,

estridente y ensordecedor.

Aceleré el paso para dejarlo atrás

a la mayor brevedad posible

y entonces…

me quedé petrificada.

 

Me tapé los oídos,

pues los vampiros tenemos hipersensibles los sentidos,

y me quedé boquiabierta,

mirándolo.

Era un obrero rumano

de los que estaban trabajando.

 

Un rumano,

como Tepes, como Drácula,

pero con un mono sucio de trabajo,

en vez de capa,

y exactamente la misma apariencia física

del lobo-ángel

que algunos días antes me había follado

como la bestia que era.

 

Incluso a la distancia que se encontraba

podía reconocer esa mirada transparente.

Transparentemente gris.

No azul.

Cuando sus ojos se desviaron hacia mí,

sentí que el corazón se me aceleraba,

lo cual es algo

que me ocurre con muy poca frecuencia.

 

Pero no era azul, no brillaba.

Y sin embargo era él.

Quizá, a la luz del día,

no se pueden apreciar esos signos;

pero a plena luz del día,

mi extrañado ángel

se mostraba como un lobo.

 

No entendía nada,

pero no podía apartar mis ojos de él.

Pensé en alguna forma de atraerlo hacia mí e,

inmediatamente,

él se acercó.

 

- Hola –me dijo-. No habla español.

- Eso es perfecto –le dije, y se rió.

- Do you speak english?

- No.

- It’s perfect!

- Quiero verte a oscuras.

- I don’t understand.

- Ven a mi casa. Come to my home.

- Now? I cannot. I’m working.

- Later… Maybe?

- Perfecta – chapurreó y sonrió.

 

Podría haber pasado por ruso,

finlandés o incluso alemán,

pero era rumano,

no me cabía la menor duda,

porque los extranjeros que trabajan en la construcción

sólo pueden ser africanos,

sudacas o rumanos.

 

Necesitaba exponerlo a la oscuridad

y escanearlo con mis ojos monocromáticos.

Aunque en realidad ya sabía lo que no era,

pero si llegaba a intimar con él,

evocaría irremediablemente al lobo-ángel

que brevemente me amó,

lo que me empezó a parecer realmente excitante.

 

Sólo un pequeño emplazamiento,

la más perfecta sustitución,

el más puro fetichismo,

y estaría ahí de nuevo,

sufriendo y disfrutando aquel complaciente cuerpo

que ya conocía.

 

Volví a la hora que me había dicho.

Me estaba esperando.

Se había lavado y vestido de calle.

Llevaba una bolsa de deporte,

con sus cosas, supongo,

y sonrió al verme aparecer.

 

- Vamos a mi casa, Chimay.

- Chimay?

- Sí

- C’mon.

 

—Somethin’  Hot—

 

XXXIV

 

Tras mi primer nacimiento,

mi madre entró en depresiones.

Era yo muy pequeña

cuando mi madre se intentó suicidar

de nuevo.

 

La hermana de mi padre,

que era una arpía bellaca

que no había tenido hijos

y que se había dedicado a aprovecharse

de la mayoría de hombres

con los que había mantenido una relación,

quería adoptarme,

porque decía

que mi madre no estaba capacitada

para educarme;

lo que a lo mejor era cierto,

o no,

pero era mi madre.

 

Recuerdo oír decir a mi tía

lo mucho que me quería,

más que mi madre,

me decía.   

 

Según fui creciendo,

pero aún muy niña,

me volví muy rebelde,

muy desobediente

y muy mala.

 

Mi madre me pegaba;

por supuesto,

porque me portaba fatal.

Mi hermana era buena,

pero yo era un pequeño monstruo.

 

Recuerdo haber desquiciado de los nervios a mi madre,

y el odio con el que me pegaba,

que no era un odio dirigido hacia mí,

como ahora entiendo,

sino hacia su violador.

 

Pero era a mí a quien pegaba.

Y era yo quien sufría su odio.

Mi comportamiento la encolerizaba

y el sentimiento de cólera

le rememoraba a su violador.

 

Recuerdo que, una vez,

me rompió un palo de escoba en la espalda.

Y otra vez,

un cajón.

 Recuerdo haber llevado

un mordisco morado

tatuado en mi mano.

 

Cuando yo era pequeña,

mi madre era una suicida en potencia;

y yo,

yo era la víctima colateral de su violador.

 

Sé que, antes de que yo muriera,

mi madre se había sentido culpable,

en innumerables ocasiones,

por todos los transtornos que padecí

durante mi desarrollo.

Sé que mi madre

hubiera dado su vida por mí,

hubiera padecido

todos los transtornos que me abatieron

por mí,

que se escaparía de la muerte

por mí,

que, si pudiera,

volvería a los primeros años de mi vida

para cambiarlos

y me salvaría.

Sé que mi madre me amó con toda su alma,

y lo sigue haciendo,

y que no tengo una miserable cosa que perdonarle.

Todo lo que siento hacia ella

es una inmensa gratitud.

 

Antes de morirme,

amé profunda y sinceramente a mi madre.

Recibí toda su fuerza

y todo su valor.

Y quizá esa fue la razón

que me permitió volver a nacer

cuando pensaba que no podría.

 

Es curiosa la manera en que

los actos imprudentes de los otros

nos afectan,

de una manera que ellos

jamás podrán imaginar.

 

—A Place Called Home—

 

XXXIII

 

De nuevo,

mi alma se encontraba albergada

por una pronunciada sensación de abandono.

 

El escozor que,

gozosamente,

aún retenía en mis adentros,

era la prueba palpitante

de aquel ancestral encuentro,

tan lejano ya…

 

En esta ocasión,

antes incluso de haberme tomado,

él ya me había abandonado.

No sin antes

encender en mi interior una luz

que me permitía volver a ver o,

más bien,

darme cuenta de que aún podía hacerlo.

 

Por las últimas palabras del blue-winged angel

sabía que ellos seguirían apareciendo,

mostrándome caminos,

abriéndome puertas;

pero mi alma

siempre acabaría hallándose invadida

por una única constante:

la ausencia.

 

La insatisfacción constante

se convertía en la constante pauta de mi devenir.

Había perdido las riendas de mi vida.

 

Mi vida

era como la metáfora de otra vida.

Como si alguien me hubiera estado soñando

o imaginando

desde el comienzo.

Como si un maquiavélico poder

me estuviera manipulando

desde la oscuridad.

 

Cada uno de mis movimientos,

cada uno de mis pasos,

ya había sido dado en otro momento,

en otro lugar…

 

Yo no era yo.

Yo era el rabioso alter-ego de la paranoia,

el efecto devastador

de una extraña aleación de drogas,

el proyecto viviente

de algún vanidoso dios,

una marioneta endemoniada,

un cuento achinado,

la voz de su amo,

una siniestra mentira

encubierta de discretas verdades,

el juguete inocente de La Mente.

 

Me había desconectado del mundo.

Me había desconectado del ser humano.

Y me había desconectado,

definitivamente,

del hombre.

 

Los ángeles

no pueden perdurar más de un instante.

Son altamente evanescentes.

Y tanto los unos, como los otros,

da igual,

eran todos unos farsantes.

Así, mi mundo

se había convertido igualmente

en un fraude,

un fake,

una falsificación.

 

Yo no era más

que el reflejo de unos incisivos ojos,

observándome.

La interpretación confusa

de una perversa mente,

que me pedía más y más,

insaciablemente;

empujándome a descubrir

hasta dónde me podría desnudar,

cuánta más “carne” podría mostrar.

 

¿Dónde estás, Mente?

¿Qué soy, Mente?

¿Quién eres tú?

Háblame de ti, Mente.

Habla,

que yo ya he hablado suficiente.

 

Aham.

Aham.

Sí.

Sigue.

Qué original.

Sí, sí. Interesante.

Aham.

Sí.

Vaya por dios.

Y ¿quién tuvo la culpa?

Joder.

Ya.

De todo tiene que haber…

Sí.

Claro, claro. Por supuesto.

Ya veo.

Qué ingenioso.

No, no. Pues adelante.

De acuerdo.

¿Tú o yo?

Y ¿quién es ella?

Ah.

No, no. No importa.

Aham.

Aham…

Ningún problema con eso.

Cierto es.

Te lo agadecería profundamente.

Aham.

Como el agua cristalina.

Dime.

Aham.

¡Oh!, “constante-mental-mente”.

Sí.

Entonces, que así sea.

 

—Nude—

 

XXXII

 

El lobo

marchaba apenas un metro

por delante de mí.

Sabía el camino a mi casa

mejor que yo misma.

 

- Escucha lobo… ¿Sabes qué le ha pasado a mi vista?

- Tu vista está perfectamente. Ahora verás mucho mejor en la oscuridad. Deja de enfocarlo como una pérdida. Es más probable que sea un don, pero tú estás totalmente ofuscada con la idea de la pérdida. La pérdida, la pérdida, la pérdida… Eso es muy humano; ¿sabes? Me estás defraudando. Te acostumbras a algo y, luego, la costumbre se convierte en adicción, cuando dicha costumbre se ha roto. Pero eso tú ya deberías saberlo… Pobrecita Rabya, ya no puede ver los ultravioletas, pero ve cojonudamente en la oscuridad.

 

Estaba enfadado conmigo.

Eso me transmitió confianza.

 

Llegamos a mi casa y,

una vez allí,

se dirigió directamente

hacia mi dormitorio.

Lo seguí.

 

- Uhm… ¿Vas a purificarme…? –le dije irónicamente con la intención de que me desvelara su relación con aquel ser anterior, que tanto bien me había hecho.

- No, ya has sido purificada. Pero sí que me gustaría poseerte.

- Pero… eres un lobo, una bestia. Ni siquiera somos compatibles genéticamente.

- Qué cerrada eres, Rabya. ¿Quién lo diría?

 

No estaba muy segura

de cómo me iba a afectar aquello psicológicamente,

pero aquel ser,

con apariencia de lobo,

tenía poder.

Tenía algún tipo de poder sobrehumano y,

sobretodo,

tenía poder sobre mí.

Sabía cosas,

y yo quería saberlas también.

 

Me desnudé ante él.

Estaba sentado sobre sus patas traseras.

Según me iba desnudando

se fue empalmando.

Una vez hube terminado,

le di la espalda y me puse a gatas.

 

- Pero qué lindísima eres, Rabya.

 

Oí el sonido de sus patas y sus uñas,

raspando sutilmente el parqué,

acercándose a mí despacio y,

después,

no oí nada.

Y, después,

sentí una respiración suave

detrás de mis muslos.

Y después,

una lengua,

que empezó a lamerme devotamente,

a la vez que unas manos

acariciaban mis piernas.

Se me escapó un inesperado gemido.

 

Unas manos cálidas,

deslizándose hacia mis caderas.

Unas manos humanas,

dibujando el contorno de mi cintura,

de mis costillas,

de mis pechos…,

masajeándolos delicadamente y,

con tan buen gusto,

como un verdadero humano

nunca podría hacerlo.

Noté el calor de su órgano

acercándose al mío.

Giré tímidamente la cara hacia la derecha,

cuando sentí su dedo índice

hundiéndose en mi mejilla.

 

- Shhhhhh… Ni se te ocurra -me sujetó la mandíbula con su enorme mano diestra y me besó, exactamente, donde acababa de clavar su dedo-.Lo siento-se disculpó.

 

Estaba un poco acojonada.

En mi cabeza una vocecilla infantil

rezaba de alguna manera:

 

Por el culo no, por favor.

Por el culo no.

 

Contuve unos segundos la respiración,

mientras él jugueteaba con nuestros sexos y,

finalmente,

se decidía…

 

Oh, sí… Oh, Dios…

 

Y me folló.

Sentí el esplendor de su considerable tranca,

que dejaría mi vagina resentida

por los dos siguientes días venideros.

 

Lo acogí.

Lo acogí con gran afecto

y disfruté de él,

recorriéndome rígidamente por dentro,

una y otra vez.

 

Conocía él mi punto débil:

la espalda.

Tenía varias cicatrices en ella,

aunque todas bien curadas,

excepto una.

Me estremeció un escalofrío,

cuando sus labios

entraron en contacto con mi espalda.

Toda mi sensibilidad

concentrada en la espalda.

Un millón de cosquillas

bailaron en mi espalda.

Cualquier beso o caricia,

en la espalda,

hacían que me arqueara irremediablemente.

Sus besos,

su demencial erección

trabajando duro en mi interior,

y la piel de mi espalda,

erizada como la de un gato asustado.

Sus besos en mi espalda,

mi arqueo

facilitándole la profundidad de penetración.

Mis suplicantes gemidos

y sus labios

en mi espalda;

y de nuevo me arqueo

y nuevamente él profundiza en mí

y yo no puedo parar de gemir

y de quejarme

y de arquearme.

Sus manos

seguían acariciando mimosamente mis pechos,

mi cintura,

mi espalda,

mis hombros.

Su aliento en mi nuca y

de nuevo

sus finos labios

rozando mi espalda.

 

Durante horas

padecí aquel bendito suplicio;

durante interminables horas,

totalmente sensibilizada.

 

Me arqueo y me arqueo,

una y otra vez,

hasta que,

a fuerza de besos y caricias,

voy perdiendo la sensibilidad.

 

Pero para ese momento,

en el que la sensibilidad

llega a desaparecer por completo

y ceso de sufrir y disfrutar

y puedo evadirme

y dejar mi mente en blanco al fin,

él ya se me había corrido dentro.

 

Intenté mantenerme un segundo

apretada contra su pubis,

reteniendo esa sensación de cobertura,

protección,

resguardo y plenitud,

entre aquellas poderosas garras

con repentina forma humana.

 

Había empezado a oscurecer.

Se apartó de mí

y sentí un gran desasosiego,

y frío.

Oí sus pasos descalzos

distanciándonos

y encendió la luz.

Cuando me giré hacia él,

su aspecto

era nuevamente el de un lobo.

 

- Y ahora, Rabya, cierra bien las ventanas, la puerta, el balcón. Ciérralo todo para que no entre absolutamente nada de luz –me dijo. Por supuesto, obedecí-. Y ahora, por favor, apaga de nuevo.

 

Apagué

y me di cuenta de la nitidez

con la que podía ver.

No había ni una hebra de luz

a la que mis retinas pudieran haberse aferrado.

Miré cada objeto de mi dormitorio

y lo vi todo gris, sí,

pero tan claramente

como a plena luz del día.

Todo gris, sí,

excepto él,

que resplandecía en un luminoso azul cielo.

 

Qué visión tan gloriosa.

Diría que tenía forma humana,

pero estaría faltando a la realidad,

porque lo que se mostraba ante mí

no podía ser otra cosa

que un ángel.

 

- Ahora, Rabya, tienes la capacidad de reconocernos.

 

Me di cuenta

de que la luz que lo envolvía

había empezado a desvanecerse

y de que,

al mismo tiempo,

él se desvanecería también.

 

Me senté en la cama,

observándolo.

Abrí los muslos

y empecé a tocarme.

Aún estaba mojada.

Aún, ardiendo.

 

Me masturbé

para inmortalizar aquel mágico momento

con el orgasmo

al que yo no había podido llegar,

antes de que sus ojos evanescentes,

que seguían mirándome directamente,

se terminaran de desdibujar.

 

Sus frígidos ojos

se perderían por siempre

entre aquellos últimos jadeos.

Y su sonrisa soviética

quedaría por siempre grabada

en la oscuridad de mis pupilas

y de mi corazón.

 

—Passenger—

 

XXXI

 

Lo malo de tomar una decisión

es el riesgo de equivocarse al hacerlo.

Lo bueno,

las hermosas cicatrices

que se van dibujando en la línea de tu vida.

 

Si perdiera mi consciencia

dejaría de ser yo.

Y quiero preservar mi cerebro,

pero para ello

me tendría que haber decantado

por una filosofía como la budista,

o el ateísmo,

y no esta maldita-bendita religión del arte.

 

Para mantener un sistema nervioso saludable,

lo más recomendable es evitar las emociones,

puesto que éstas pueden ser fuente

de una gran variedad de transtornos nerviosos.

 

La complejidad de nuestros sentimientos

va en función a la complejidad

de nuestro sistema nervioso,

lo cual dota a cada cual

de una sensibilidad diferente.

 

¿Tienes tú la culpa de estar torturándome,

cuando ni siquiera estás psicológicamente capacitado

para sentir el dolor

bajo una sensibilidad como la mía?

 

Pues posiblemente no, pero

¿tengo yo la culpa de que tu inconsecuencia

esté haciendo estragos en mi sistema nervioso?

 

En algún punto

entre mis nervios ópticos y mi cerebro

algo se había desconectado,

impidiéndome detectar el color.

 

Cuando estás acostumbrada

a una magnífica y tetracromática

vista de vampiro,

verlo de repente todo gris

puede resultar muy traumático.

 

Tendría que aprender a mirar

desde la perspectiva de una lechuza,

cuando estaba acostumbrada a hacerlo

desde la de un halcón.

 

Si podría o no

recuperar mi vista natural

era ahora un terrible secreto del destino.

 

Mis instintos sexuales estaban a bajo cero.

Mis instintos asesinos,

igual.

 

Empecé a trabajar intensivamente,

aceptando un montón de encuentros

y recuperando así mis abandonadas cuentas,

que se habían resentido últimamente,

debido a mi escasa actividad laboral.

 

Cuando lo ves todo tan gris,

lo mejor es hacer dinero.

En cualquier momento puede surgir

una buena razón en la que invertirlo,

o una crisis,

a lo peor.

 

No maté a nadie en algún tiempo.

No violenta o directamente al menos;

pero las alas de mi pequeña mariposa

no dejaban de provocar catástrofes

en el mundo entero.

 

Una mañana temprano,

antes de lo que acostumbro a levantarme,

sentí una gran necesidad

de echarme a la calle

en busca de mis adorados,

tanto como odiados,

y grises zombis;

que esta vez serían más grises que nunca.

 

Me fui cruzando con ellos,

caminando,

percatándome de todas aquellas miradas,

extrañas y extrañadas.

Algunos me miraban por el rabillo del ojo,

pero otros

incluso se giraban descaradamente.

 

Me paré desconcertada

y entonces un hombre se me acercó

y me habló en voz baja:

 

- He soñado contigo.

 

Me quedé algo sorprendida, así que le pregunté: 

 

- ¿Y qué has soñado?

- Que me salvabas la vida.

 

Se dió media vuelta y se marchó,

dejándome algo sobrecogida.

 

- Qué fuerte… –Susurré.

 

Seguí caminando,

intentando leer en aquellas miradas,

cuando sentí una mano

llamándome en la espalda.

Me giré.

Era una mujer.

 

- He soñado contigo –Me dijo.

- ¿Y qué has soñado? –Pregunté.

- Que me salvabas la vida.

- Qué fuerte.

 

Se fue y yo me quedé quieta.

Me empecé a sentir incómoda

y de nuevo la mano de alguien me sujetó,

esta vez por la muñeca.

Era un ciego.

 

- He soñado contigo.

- ¿Cómo sabes que soy yo con quien has soñado?

- Porque en mi sueño también podía verte.

- ¿Puedes verme?

- Perfectamente.

- Pues yo lo veo todo muy gris.

- A lo mejor necesitas un perro lazarillo, como el mío.

 

Miré la correa que llevaba en la mano,

pero lo que sujetaba aquella correa

no era un perro lazarillo,

ni mucho menos,

sino una cabra macho,

de enroscados y grises cuernos.

 

- No es quien tú crees el que te guía –le dije.

- Eso mismo soñé que me decías.

 

Me sacudí su mano de la muñeca y me fui,

buscando un camino

por el que no tuviera que cruzarme

con tanta gente.

 

Caminaba ya por una calle

apartada del centro,

cuando unos ruidos,

 que parecían salir de un callejón,

llamaron mi atención.

 

Me acerqué.

Oí algo que parecían cadenas,

y también algo que parecían gruñidos.

Empecé a adentrarme en el callejón.

 

Encontré una valla,

prolongación de una pequeña parcela.

La valla estaba cubierta de cañas y cuerdas,

así que no pude ver lo que había al otro lado,

de donde procedían aquellos ruidos.

 

Fui buscando a lo largo de la valla,

metro por metro,

hasta que, finalmente,

encontré un pequeño orificio.

 

Miré por él

y vi un famélico lobo gris,

encadenado a una caseta de perro.

Se movía sistemáticamente

de un lado al otro,

totalmente obcecado,

y me pareció muy afligido.

 

Rápidamente trepé por la valla

y salté al otro lado,

pues los vampiros somos ágiles y decididos.

 

El lobo me miró directamente,

con sus chispeantes ojos grises.

Nunca había visto unos ojos tan tristes…

Dejó de gruñir.

 

Si intentas acariciar a un lobo,

lo más probable es que te muerda la mano.

No es que el lobo tenga nada en tu contra.

Es, simplemente, que los seres humanos

le producen auténtico terror.

 

Pero aquel lobo no estaba asustado.

 

He oído muchas historias sobre los lobos.

De los lobos solitarios,

los lobos de mar,

la loba capitolina,

la loba herida,

el lobo estepario,

el hombre lobo,

Fenris,

Lobezno,

cinco lobitos tiene la loba,

¡que viene el lobo!

los tres cerditos… 

y el lobo.

 

No hay cultura o civilización

que no recoja su particular concepción del lobo.

El lobo,

animal mítico y místico.

Mito en sí mismo, el lobo.

 

Y ahí estaba yo,

frente a un dios.

 

Alargué mi mano hacia él,

puse el dorso ante su hocico

y dejé que lo olisqueara.

No apartó sus ojos de los míos

ni por un momento.

Entonces sentí la humedad caliente

de su lengua sobre mi piel.

No pude contener una sonrisa.

Deslicé cautelosamente mis dedos

hacia el exterior de su oreja

y lo acaricié.

Noté la presión de su cabeza contra mi mano

y sus ojos se fueron cerrando poco a poco.

 

Que un lobo te muerda, si intentas acariciarlo,

es lo más natural del mundo,

pero que un lobo no te oponga resistencia

y te permita acercarte tanto a él,

puede convertirte por unos instantes

en el ser más feliz del planeta.

 

- Lo veo todo gris, amigo.

- Yo puedo enseñarte a ver en la oscuridad.

- Pensé que los lobos nacidos en estado salvaje carecían del gen de la gobernabilidad.

- Soy un lobo-lazarillo.

- ¿Cómo te llamas?

- No tengo nombre.

- ¿Quieres que te ponga uno?

- Si me pones nombre adquirirás poder sobre mí.

- Entonces te llamaré simplemente lobo.

- Y yo a ti, simplemente Erika.

- ¿Erika? Pero mi nombre es Rabya.

- Ja, ja, ja. ¿Rabya? Qué nombre tan ridículo. Ese no es el nombre de una princesa.

- Pero es mi nombre…

- De acuerdo, Rabya, vámonos de aquí.

 

Solté la cadena que lo ataba

y saltamos la valla.

 

—Monochrome—

 

XXX

 

Una vez me equivoqué

pensando que me había equivocado.

 

Conocí un niño que,

en vez de corazón,

tenía una maquinita de hielo.

No había en él generosidad

ni ternura ni caridad alguna.

Era el niño más infeliz del planeta,

y quería que cualquiera que se le acercara

también lo fuera.

 

Como no podía sentir amor,

odiaba a los que tenían el corazón lleno.

“Sufre conmigo” –decía–. “Muere por mí”.

 

Porque los niños son así,

envidiosos y egoístas.

Me hizo sentir tanta pena…

 

Lo observé por un tiempo.

Tenía que existir alguna manera de ayudarlo.

Tenía que existir alguna pequeña esperanza

en aquel pequeño y frío corazón.

 

Lo veía jugar

 con la crueldad típica,

cuasi inocente, de los niños,

utilizando los sentimientos de las personas,

y también los míos,

sin ningún tipo de remordimiento

ni compasión.

No había nada a lo que le diera valor.

 

Un alma tan negra

debía de haber recibido muy poquito cariño

y muy poquita comprensión.

 

No, aquel niño

no sabía lo que era el amor.

No tenía ni puta idea.

Tenía que existir alguna manera de ayudarlo.

 

Le di 20 litros seguidos de amor,

Y se bebió los 20 litros de sangre

trago por trago.

Así que por algún tiempo

estuvo alienado por mi amor.

Pero cuanto más amor se me bebía,

más se engordaba su ego y su odio,

y más intensamente me pedía:

“Sufre conmigo. Muere por mí”.

 

Se estuvo alimentando de mis sentimientos

por mucho mucho tiempo.

Adaptó mis símbolos a su comunicación.

Transfiguró el vínculo que yo había creado,

reinventando ominosos lazos

que extraía de mi imaginación.

 

Luego

empezó a utilizar los más íntimos secretos

que mi corazón le había confesado

para herirme

cuando me sentía débil y desvalida.

Hacía promesas sagradas,

que inmediatamente rompía.

Me torturaba

aprovechándose de toda la información

que, ingenuamente,

yo desconocía.

Me ofrecía su confianza

y en cuanto me daba la vuelta,

me vendía.

 

Si alguna vez tocaba mi mano,

en seguida decía:

“Todo es fruto de la casualidad.

No admitiré otra verdad”.

 

Porque así son los niños…

frágiles y temerosos,

tan vulnerables y asustadizos…

 

Le gustaba jugar a ser Dios,

impresionando pequeños cerebros

con mis sofísticados métodos.

Unos métodos

que habían sido creados para AMAR,

y no para aquello.

 

Y hasta vergüenza llegué a llorar.

 

Convirtió el precioso poder que le di

en un circo de hipocresía y mentiras.

Preciosas mentiras,

adornadas con mis versos.

Preciosas mentiras que nunca buscaron amar,

sino desmentir las irreversibles verdades

que yo le desvestía.

 

Le di consciencia, pero no…

No la recibió.

 

Le di un complejo sistema de comunicación,

pero no conté con su irresponsabilidad,

lo cual me hace igualmente irresponsable a mí,

y tendré que cargar por mucho tiempo

con esa culpa.

 

No fui yo quien lo llamé,

pero igualmente me arrepiento.

 

Rápidamente se convirtió en un violador.

En un violador niño.

Malentendió el amor que le ofrecí

y, en consecuencia,

sólo pudo crear sentimientos ambiguos y carroñeros.

Estaba vacío

y sólo robándome se llenaba.

No tenía fuente de inspiración,

así que imitaba la mía.

 

Pero una imitación del amor

no es amor.

Es un fraude,

una mentira,

un error.

 

Los hombres aman a las mujeres,

Pero ¿a quién podía amar un niño?

Los hombres follan, hacen el amor,

pero los niños

sólo se pajean con ositos.

Pensé que podía brillar,

pero sólo era un niño jugando a ser Dios.

 

Sentí que no podía liberarlo

de su oscura ceguera,

y que, si seguía así,

acabaría arrebatándome

hasta la última gota de libertad.

 

Me equivoqué,

me equivoqué y cometí un terrible pecado.

Lo amé para hacerlo un hombre,

pero él nunca podrá crecer.

Lo amé como una madre ama a su hijo,

llegando a mentir si es necesario,

para protegerlo del dolor.

 

Me equivoqué.

Lo confundí con un artista,

con un ángel,

con un poeta,

pero resultó ser un falso profeta.

Lo confundí con un hombre lobo,

pero resultó ser un perro baboso.

Lo confundí con un vampiro,

pero sólo era una sanguijuela.

Me confundí,

forzándolo a ser alguien que no es

y que además nunca podría ser.

 

Una vez me equivoqué

pensando que me había equivocado.

 

Dicen

que la primera impresión es la que cuenta,

pero nunca me dejé guiar por tópicos.

Sin embargo,

al cabo de los años,

aquella impresión primera

es todo lo que ha quedado.

 

Y siento tanto no haber podido ayudarlo…

Lo siento tanto todo, tanto…

 

—The Blood is Love—

 

XXIX

 

Los vampiros

tenemos ciertos poderes extraordinarios,

pero también somos vulnerables a muchas cosas.

Estamos condenados a vivir en la suspicacia,

por eso somos especialmente solitarios,

y extremadamente selectivos

a la hora de depositar nuestra confianza;

porque depositar nuestra confianza

en alguien equivocado

puede arrastrarnos a la inminente catástrofe.

 

Se supone que somos inmortales,

pero nada podemos hacer

en caso de vernos sorprendidos por una traición.

 

Si un vampiro halla su muerte,

lo más probable es que haya sido

a efecto de una traición.

 

El vínculo de la confianza

es muy fuerte para un vampiro,

pero el vínculo de la traición,

si no se ha perdido la vida por su causa,

es aún mayor.

(Sobre el “vínculo de la traición”

me gustaría contar

“la historia del hombre que me rechazó”,

pero en otra ocasión).

 

El caso es que yo había depositado mi confianza

en aquel ser desconocido.

Le había abierto mi alma

y le había entregado sumisamente mi cuerpo

para que lo purificara.

Y sentí que aquel ser

me había curado de mi vampírica soledad

por un brevísimo margen temporal.

Sentí que podía confiar en él.

Y ahora me sentía sola y desamparada.

 

Averiguar por sus palabras si volvería a verlo

era imposible.

Y aunque supiera con seguridad

que aquello iba a suceder,

el no saber cuándo ocurriría

era también una tortura

que no quería sufrir.

Me sentía perdida.

Tenía que romper cuanto antes

ese extraño e imprevisto vínculo

que había creado hacia (que no con) él.

 

Él;

alguien que ni siquiera tenía muy claro que existiera.

Quizá todo había sido un sueño.

Quizá pensar

que todo había sido un sueño

era lo más adecuado.

Un sueño no debería afectar a nuestra realidad.

No a la realidad

de una puta vampira,

borracha de poder,

en busca de aventuras.

 

Lo mejor era hacerse a la idea

de que no volvería a verlo,

o de que estaba muerto.

Presentí que no tendría más noticias de él.

Si la información no se renueva,

tampoco los sentimientos,

y la información, aunque intensa,

era muy poca.

 

Ahora todo es sólo cuestión de tiempo.

No es necesario forzar nada.

Tan sólo dar tiempo al olvido

para que éste haga su sabia labor.

 

Todo va bien

cuando todo está bajo control,

pero joder,

un día te encuentras

con un hermoso ángel de azules alas,

que saquea tu soledad

y le da a tu vida un giro de 180º

y joder,

todo tu “particular equilibrio”

se viene abajo.

 

Sentí que me estaba empezando a quedar ciega.

Como si todos los parámetros

que habían estado constituyendo mi vida de vampira

se desvanecieran de toda comprensión.

Empecé a verlo todo muy gris.

 

Oh, Dios, somos polvo, somos ceniza.

Somos cambio tras cambio,

muerte tras muerte,

resurrección tras resurrección.

 

Todo ante mis ojos había empezado a perder su color.

Todo se fundía en un solo color: el gris.

Me sentí en un limbo del quinto infierno,

en la más absoluta soledad.

 

- ¡Eeecoo Eeecoo!

(Eeecoo-Eeecoo-Eeecoo)

- ¿Hay alguién ahí?!

(ahí-ahí-ahí)

- ¡Hijo de puuuuu-ta!

(ta-ta-ta)

 

El gris más absoluto.

La más absoluta soledad.

Visión monocroma.

Romper el apego.

No es la primera vez.

Cadenas mucho más rígidas has roto.

Ese gris me está congelando el alma.

No siento felicidad,

pero lo realmente importante

es que tampoco siento sufrimiento ni frustración.

 

Paciencia…

Piensa en algo que hayas desarrollado

con verdadera vehemencia

en los últimos tiempos.

Paciencia.

No lo necesitas.

Olvídalo.

Olvídalo todo con total tranquilidad.

 

—Sober— 

 

XXVIII

 

Cuando conseguí reaccionar,

él ya no estaba.

Me sentí

como si acabara de despertar

de un sueño extraño y agotador.

Nunca en mi vida

me habían producido una sensación similar.

 

¿Qué le había hecho aquel ser a mi cuerpo

que de pronto resplandecía

como si le hubieran aplicado

una fina capa del más precioso metal?

 

¿Qué clase de poder había ejercido

su alma en la mía

que ésta había comenzado a dilatarse

irrefrenable e ilimitadamente?

 

Miré hacia la cama,

que parecía el escenario

de un pequeño e íntimo campo de batalla.

Sentí una leve nostalgia

agujereándome el estómago.

Miré hacia la cama,

dulce santuario.

 

Las sábanas aún estaban mojadas con su sangre.

 

Vamos, Rabya. Lame su sangre.

Eso es todo lo que te voy a permitir echarlo de menos.

 Me digo.

 

Tan sólo un instante evanescente en el que mi lengua se deleite

lamiendo los restos vitales de su inhumano cuerpo.

Tan sólo un insignificante suspiro

en el que mi lengua

 se fusione con su esencia.

Tan sólo su preciada esencia

entrando en contacto con mi sedienta lengua.

Tan sólo un momento mínimo

en el que sentir el sabor de su recuerdo

desplegándose a lo largo y ancho de mi paladar.

Oh, tan sólo un minuto.

No más.

Tan sólo un minuto es lo que necesito

para lamer el fruto de su dolor;

la cercanía ausente,

el contacto desvanecido,

el abandonado encuentro.

 

Un minuto. No más. Es lo que te voy a permitir echarlo de menos.

Me dije.

 

Y me di cuenta de que tenía muchas cosas que limpiar.

Esta vez has tocado el cielo,

pero la vida sigue.

 

Jamás había conocido a alguien

que me mostrara semejante condescendencia.

¿Tan poderoso era que se sentía capacitado

para protegerme, purificarme y salvarme?

¿Quién era aquel ser

que había despertado en mí la confianza necesaria

como para dejar por un rato en sus manos

la batuta de la responsabilidad?

 

La responsabilidad de cuidar del mundo,

de velar por el mundo,

de querer protegerlo y salvarlo.

Alguien que pudiera hacer eso

debía de ser alguien muy poderoso.

Tanto o más que yo.

 

Me sentí vencida.

Me rendí,

confié y me entregué.

Me olvidé del mundo.

¿Acaso es el dolor del mundo mi responsabilidad?

 

Que siga girando el mundo

y no pare de dar vueltas y más vueltas

en su eje estático y frígido.

 

De pronto supe

que estaba empezando a perderme algo…

Y me gustó.

Entendí, de algún modo,

que la ignorancia puede ser felicidad…

Y me gustó.

Tanto

que quise convertirme en la mayor de las ignorantes.

No quiero saber nada del mundo

ni de su dolor.

 

Él me había salvado de mi condena,

pero me sentí castigada con su abandono.

Dicen que quien bien quiere, bien castiga.

Y así lo quise ver.

Tenía que seguir mi camino,

tenía que seguir buscando,

pero en otra dirección;

la que él me había señalado.

En otras tierras, en otros mares.

El mundo no me necesitaba,

y yo no necesitaba al mundo.

Él me castigaba por amor,

y yo castigaba al mundo

por lo mismo.

 

 

-–Nature_1—

 

XXVII

 

A la noche siguiente acudí a la cita.

Llegué al hotel y subí a la suite.

La puerta estaba entornada.

Crucé el umbral y la cerré tras de mí.

Las luces eran muy tenues

y había un suave aroma como de incienso,

que me recordó,

por un momento,

al olor de las iglesias.

 

Hacía calor,

pero un calor reconfortante.

Me sentí a gusto.

 

Atravesé la elegante e impoluta sala

y luego me adentré

hasta el fondo del amplio dormitorio,

donde un tipo alto me esperaba.

 

Llevaba un traje completamente negro.

Tenía un aire vampíricamente seductor.

Me sonrío con la mirada.

Sus facciones me resultaron atractivas

y su voz sonó profunda y oscura,

hasta el punto de notarla vibrar

en cada poro de mi piel.

 

- Sabes que no soy quien te han dicho que soy, ¿verdad?

- Are you the blue-winged angel?

- ¿Tú ves que yo tenga alas?

- No, I don’t. So… Who are you?

- ¿Quién necesitas que sea?

- Someone who help me to find it.

- ¿Qué buscas?

- The return to be a child again.

- ¿Para qué?

- A voice inside me asked me so.

- Misschien is het de stem van de duivel.

- What the hell does the devil want from me?

- Confundirte.

- Why? I believed the devil was my friend.

- De duivel is niemands vriend.

- …by your own christian belief.

- Uw duivel is niemands vriend.

- He fucked me. What does he want from me now?

- Él es un viejo envidioso. Envidia tu pureza, tu libertad, tu fuerza, tu valor, tu belleza… Él quiere adueñarse de tu preciosa mente y robar todo lo que él nunca podrá tener.

- He’s still inside me.

- Ya no más… Rabya, mi preciosa Rabya. He venido a liberarte de toda esa maldad que él te ha dejado dentro. Vengo a llenarte de paz. Tú eres libre, eres hermosa y pura. No necesitas volver a ser una niña. Eres sabia y tu alma es eterna. Y ahora, quiero que sientas mi paz penetrando en ti.

- Mmm…

- Olvídalo todo. Deja la mente en blanco, así como tú sabes, y déjate llevar. Sé que has tenido que atravesar un infierno para llegar aquí, pero ahora yo te voy a hacer sentir bien. Te voy a hacer sentir mejor de lo que nunca has podido imaginar. Abre las piernas y deja que te susurre una bonita canción.

- Mmm…

- Oh, Rabya, dulce princesa, él te ha llenado de tormento. Todo tu delicioso cuerpo tan contaminado… Deja que te cure, cierra los ojos, siénteme, sé feliz. Voy a complacerte como te mereces. Déjame probar, déjame intentar satisfacer a una diosa. Confía en mí. En mí puedes confiar. Yo no te voy a traicionar, yo no voy a mentirte ni engañarte. Confía en mí. ¿Confías en mí? Sí, así, muy bien.

- Mmm…

- Él aún está aquí. Él nos mira, pero desaparecerá. Deja que te purifique y te bendiga profundamente. Él se irá y no volverá. Abrázame. Confía en mí. Yo no he venido a follarte. Yo no te voy a hacer el amor. Yo te voy a purificar, y te voy a sanar. Mírame a los ojos, Rabya. Yo te voy a salvar. Él está ahí, mirando. Le gusta mirar, pero no puede hacerte nada. No voy a dejar que te haga nada. Yo te protegeré.

- Mmm…

- Es esto para ti la felicidad, ¿mi pequeña Rabya? Sí. Lo veo en tus ojos, tus pupilas dilatadas, tu calor, tu humedad. Él no volverá si no lo vuelves a invitar. Rabya, ¿quieres volar? ¿Quieres que yo te ayude a volar, princesa?

¡Mierda! ¡Mierrrrrrrrrrrrda!!!

- Oh, shit!

De repente la carne de su espalda

se comenzó a desgarrar.

De sus homóplatos,

brotaron dos muñones azulados

que se fueron tintando de sangre

a medida que despuntaban.

 

Empezó a sangrar sin parar

y a gritar de dolor.

Me aparté de él como pude,

zafándome de sus compulsivos movimientos.

 

- You’re he too!!

- ¡No! ¡Él intenta confundirte!

- He’s still here. He’s still in me. You cannot help me.

- Rabya, es cierto que te he purificado. Él no volverá si no lo vuelves a invitar. ¿Crees que podrás hacerlo? Yo soy sólo uno, pero no estoy solo. Hay once más. Ahora debo marcharme.

 

Aún malherido y sangrando,

echó a volar.

 

—Hey—

 

XXVI

 

Si hay algo que me jode sobremanera

es tener que ir,

expresamente,

a trabajar a un hotel.

 

No me importa trabajar en un hotel,

siempre y cuando,

primero,

me hayan proporcionado una grata velada,

llevándome a cenar,

a dar un paseo por el parque,

o la playa,

a tomar un cóctel, a la ópera,

a un buen concierto…

 

Entonces no me cuesta nada ser complaciente.

De hecho,

es un placer complacer

a quien me invita a disfrutar.

 

Prefiero, todo sea dicho,

recibir la visita en mi casa,

pero eso sólo puedo hacerlo

con los clientes de mayor confianza.

 

Doy por sentado

que cada hombre que conozco

tiene una historia interesante y diferente

a sus espaldas.

Que con cada uno de ellos

tengo temas comunes que poder tratar.

 

Necesito absorber información, estilos,

carácteres, almas, emociones, mentes…

y rubricarlo todo con un buen polvo,

y algo de sangre, quizás.

 

Me gusta la gente diferente,

eso no lo puedo negar.

De diferentes lugares,

diferentes lenguas,

diferentes colores,

diferente mentalidad.

Me gusta la gente

a la que también le gusta la gente diferente.

 

Dentro de un pequeño universo de pensamientos,

unos mandan y otros obedecen.

Y no hay más.

Alguien dicta unas normas,

alguien se encarga de hacerlas obedecer

y el resto las cumple obedientemente.

Así se crea una sociedad.

Y tanto dentro como fuera de la misma

hay gente diferente

que se cuestiona esa sociedad,

que abre un margen con respecto a ella,

adquiriendo así una visión más global

y objetiva.

 

Gente diferente.

Llámenlos artistas, ángeles, vampiros,

profetas, librefolladores,

u ’open-minded’, eso da igual.

 

La vida está llena de diferentes colores

de diferentes aromas,

de diferentes melodías.

Sólo hay que aprender a mirar,

a respirar, a escuchar.

 

La mayoría

se deja arrastrar por esa amplia paleta de grises

que se limita a la sociedad a la que pertenecen,

pero fuera,

hay mucho más.

 

Me gusta complacer a mis clientes.

Ese es mi trabajo.

Trabajo que he escogido voluntariamente.

Me gusta beber sangre y desgarrar entrañas.

Me gusta que me seduzcan elegantemente.

 

Soy una princesa.

La más puta del universo,

si ustedes quieren,

pero una princesa al fin y al cabo,

y quiero que se me trate como tal.

 

Si tengo que presentarme

en un hotel del quinto coño

para follar,

voy a follar muy cabreada.

Y cuando eso ocurre,

el final siempre es el mismo.

 

No necesitaba esta cita.

No sé lo que mi profesor opinaría al respecto,

pero no establezco vínculos afectivos con nadie,

así que me daba igual.

Iba a anular aquella cita

que me estaba empezando a incomodar demasiado.

 

Sólo tenía que mandar un mensaje de texto

con mi teléfono móvil

y ya no habría vuelta atrás.

 

Ya no quería conocer a aquel tipo.

No tenía nada que hacer con él.

No lo conocía ni lo conocería ya jamás.

Quién era me daba igual.

Si era un ángel o un demonio del infierno.

Me daba igual lo que quisiera,

porque no me había tratado como lo que soy,

sino como una vulgar putilla sin clase

a la que se le manda un taxi a casa

para traérsela al hotel.

 

Así que,

estaba terminando de escribir aquel mensaje,

a punto ya de mandarlo,

cuando el teléfono

empezó a vibrar entre mis manos.

No conocía el número,

pero descolgué.

 

- ¿Diga?

- ¿Erika?

- Lo siento, ha debido de equivocarse. Yo no soy Erika.

- Erika, escúchame, por favor. No anules la cita.

- ¿Perdón?

- No anules la cita, por favor.

- ¿Quién eres?

- Te estaré esperando en la suite del lugar acordado.

- Pero mi nombre es Rabya.

- Da igual el nombre que te pongas. Tú eres siempre la misma.

 

Si hubiera enviado el mensaje

ya no hubiera habido vuelta atrás,

pero a veces las cosas suceden,

en una misteriosa sincronización

de casualidades temporales

que enredan los hilos del destino.

 

Ahora no había marcha atrás,

pero en esto otro:

él me estaba llamando,

él me estaba esperando,

y yo quería conocerle.

 

—Six Cities—

 

XXV

 

“Hola, Rabya,

¿cómo estás?

Hace mucho que no nos vemos.

Parece que las cosas te van bien…

pero no es razón para olvidar a los viejos amigos, ¿eh?

A ver cuándo quedamos.

 

Bueno,

pero no te llamo por mí,

sino por un amigo de mi hermano

que está de visita en la ciudad.

Conociéndolo,

seguro que le apetecerá

“degustar las especialidades lugareñas”.

No se me ha ocurrido mejor forma de

“deleitar su paladar”.

Es un tío muy agradable y cordial.

Es joven,

pero no te dejes engañar por las apariencias;

sabe bastante de la vida.

Es de Amsterdam.

Es un DJ bastante conocido en Bélgica.

¿He dicho Amsterdam?

Perdona,

quise decir Brujas.

Se me ha ido la olla.

Con esto de la Venecia del norte…

Da igual,

tiene buena maría.

 

Ah, es un regalo.

Esta misma tarde te ingreso la pasta.

 

Uhmm, que más…

Ah, sí, las fotos que me mandaste-gracias.

Me gustan,

de verdad.

Tienes que explicarme algún efecto

que no termino de descifrar,

pero no me queda más remedio 

que volver a hacer alusión,

mal que te pese,

al profundo romanticismo

que se respira en ellas.

 

Rabya…

Eres una romántica…

 

Uhmm,

y creo que nada más.

Espero verte pronto,

en serio.

Llámame.

Ciao”.

 

Lo dice ininterrumpidamente y del tirón

por la sencilla razón

de que no he descolgado el teléfono

y estaba hablando con el contestador.

 

Sé que voy a aceptar la propuesta

para no defraudar a mi profesor.

Y él también lo sabe.

Así que ni me planteo si es lo que quiero.

 

No tengo ganas de matar.

Quiero descubrir adónde me lleva este camino.

 

¿Puede un artista ser feliz sin perder la inspiración?

¿O debe elegir entre ser feliz y ser artista?

 

¿Dónde estoy?

¿Quién soy?

 

¿Soy Kamala

abandonando una vida repleta de placeres y lujos

para gestar y criar al hijo de Siddharta?

 

¿Soy Siddharta

abandonando la cálida carne de Kamala

para descubrir “la verdad” en la voz del río?

 

¿O soy Kamala y Siddharta

echando un polvo tántrico

en algún bosque secreto de la India?

 

¿Quién soy?

 

¿La Magdalena

abandonando una vida de perversión y pecado

para seguir al Señor en su calvario?

 

¿El Mártir,

que renuncia a la felicidad

por ofrecer su vida a los demás?

 

¿O soy Jesús y María,

copulando como leones,

a la sombra de una cruz?

 

—Yes, The River Knows—

 

XXIV

 

Contaba con cierta información

para reconocer a un ángel,

pero no tenía ni la más remota idea

de cómo encontrar uno con alas azules.

 

Desde que me salió aquella hermosa barba,

incluso después de haberla perdido,

mis intuiciones vampíricas

se habían disparado,

derivando en auténticas premoniciones.

 

Tenía la certeza

de hechos que iban a sucederse,

aunque desconocía el camino

que me conduciría hasta ellos.

 

Desde mi regreso

no había vuelto a soñar.

Había olvidado mis recuerdos,

mis deseos

eran sencillos de complacer,

y no tenía pesadillas,

porque también había olvidado mis miedos.

 

Sin embargo,

esa misma noche soñé.

Soñé que me reunía con alguien

que ya conocía,

pero no pude reconocer su rostro.

Le conocía,

pero no sé quién era.

 

Soñé que nos besábamos.

Que sus labios se unían a los míos,

como dos sangrientas rosas gemelas,

y nos fundíamos

en un lento y húmedo beso.

 

Me sentía en el putísimo cielo,

enmimismada con el único sonido

de unos suaves gemidos

que acariciaban el interior de mi garganta.

 

Y entonces sonó el teléfono.

 

Era un viejo cliente.

Precisamente,

no era de los más viejos,

pero sí de los más antiguos.

 

¿Por qué no estaba muerto?

Fácil;

porque era uno de los mejores fotógrafos

que, en persona,

nunca había conocido.

Y porque fue profesor mío.

 

No se puede matar a un profesor,

como no se puede matar a un artista.

Eso se acercaría bastante

a mi concepto de crimen.

 

Puede resultar paradójico

oir mentar el respeto

por boca de una puta homicida,

pero,

por gracia o desgracia,

soy una persona muy cuerda

y conozco, perfectamente,

esa delgada línea roja

que separa el bien del mal,

aunque me encante saltar a la comba en ella.

 

Aquel que de la nada,

y con la única herramienta de su imaginación,

consigue transmitir a otro

un sentimiento de identificación,

por medio del arte,

en cualquiera de sus múltiples vertientes,

merece todos mis respetos.

Porque el arte es mi vida.

Y mi vida es arte a su vez.

 

Yo sólo quería salvar el mundo.

Posiblemente,

Hitler pensara igual que yo,

pero afortunadamente,

mi poder se reduce

a la mera ficción…

de la palabra.

Al igual que el de Jesucristo,

el artista por antonomasia.

 

Es mi deber mostrar gratitud

a aquel que me enseñó,

y qué mayor gratitud

podría mostrarle yo a un ser humano

que la de concederle,

ni más ni menos,

la libertad de vivir.

 

Él nunca sería consciente de su privilegiada situación.

 

Oí su voz,

pero yo seguía pensando

en recuperar por un segundo más

el placer que aquellos labios,

recién soñados,

me estaban proporcionando.

 

Porque Ella siempre vuelve,

con sus más negros ojos.

Siempre.

 

—Stairway to Heaven—

 

XXIII

 

El primer signo para reconocer a un ángel

es que los ángeles

nunca se dirigen a ti en tu mismo idioma.

 

Si tu lengua natal es,

pongamos por ejemplo, el español,

un ángel te hablará en irlandés,

islandés o flamenco,

pero jamás en tu mismo idioma.

 

Esto tiene un meditado fin.

 Como tú no hablas su idioma

ni él el tuyo,

recurriréis al método comodín por excelencia,

es decir,

intentar comunicaros en inglés,

puesto que es el idioma universal,

o sea,

el idioma que se utiliza en el Universo entero,

incluyendo el supramundo

y el inframundo también.

 

El problema

es que el inglés no es tu lengua natal,

ni la suya,

por supuesto, tampoco.

Y que en medio de vuestra comunicación

se abre un agujero

de 1.500 kilómetros de diámetro.

“El agujero anglosajón”,

lo podríamos llamar.

 

Para poder comunicarte con un ángel

necesitas simplificarte al máximo,

sintetizarte en pensamientos y emociones.

Necesitas volver a aprender a hablar.

Necesitas reinventar la comunicación.

Necesitas volver al origen,

a la base,

al idioma original,

y necesitas buscar en la memoria del Universo,

en la sabiduría de los ancestros,

en la pureza de lo primigenio.

 

“Return to be a child again…”.

 

Los ángeles no tienen recuerdos,

ni tienen pasado,

y si lo tienen,

lo han olvidado.

Su camino determina una única dirección:

hacia delante.

A la espalda no queda nada,

sólo un par de generosas alas.

 

En el origen del mundo no existe la maldad,

sólo la fuerza inconmensurable de querer comunicar.

Los ángeles conocen todos los símbolos del Universo,

y cada símbolo no es otra cosa

que la imperiosa necesidad de reunir

aquello que originalmente fue separado.

 

Como el amor no es otra cosa

que la imperiosa necesidad de reunir

aquello que originalmente fue separado.

 

—Universal Mind—

 

XXII

 

Silencio.

Silencio…

Silencio sepulcral.

 

No recuerdo haberme quedado dormida,

pero así parece haber sido

puesto que acabo de despertarme,

desconcertada por un silencio

que no debería estar.

 

Un extraño olor invade la estancia,

mezclándose con otro olor

mucho más familiar…

 

Me encuentro desnuda

sobre el suelo del salón.

Mi piel

se ha quedado fría como el hielo,

pero ahí fuera

hace un calor infernal.

 

Noto las manos pegajosas y doloridas.

Las miro

y veo que la mitad de mis uñas están rotas.

Bajo ellas

encuentro restos

de lo que yo diría es carne cruda

y sangre.

 

También he notado molestias en los dientes

y la mandíbula en general.

Y también mis labios están pegajosos.

Los lamo,

lo justo y necesario

como para desvelar la misteriosa sustancia.

 

En seguida reconozco ese sabor,

entre óxido y salado,

de la sangre aún fresca.

 

Por un instante,

recobro de mi subconsciente el recuerdo

de un hermoso cuerpo

trabajando intensivamente entre mis muslos,

y de pronto

soy consciente de que ya no está.

No queda nada de él.

Nada.

Nada de nada.

Algunos restos de carne cruda

y sangre moribunda

bajo mis uñas rotas,

nada más.

Ya no está.

Y ya no estará jamás.

 

Sus restos yacen ahora en mis adentros

y, por un proceso biológico de lo más natural,

acabarán convirtiéndose en pura mierda;

en MI mierda,

MIS desperdicios,

MIS deshechos.

 

Me lo he comido.

Me he ventilado literalmente a un tío.

Donde hubo materia sólida

sólo hay ahora vacío.

Lo que de su esencia hubiera,

lucha ahora encarnizadamente

contra mis jugos gástricos,

que pronto lo habrán finiquitado.

 

Sin embargo,

no me siento mal.

Ni noto en mí signo alguno de maldad.

Más bien,

todo lo contrario.

Un sentimiento de armonía y equilibrio

ha invadido por completo

las más profundas cavidades

de mi alma vampírica.

 

Cometo errores,

porque no puedo dejar de hacer cosas extraordinarias,

que nadie puede comprender.

O quizá sólo los ángeles.

No paro de equivocarme.

Lo hago con una frecuencia

tres o cuatro veces superior

a la de un ser humano normal.

Es por eso que aprendo tres o cuatro veces más

y más rápido.

 

Mis poderes se multiplican tras cada nuevo error.

Acción. Re-acción.

Equivocación. Re-evolución.

 

Me he estado confundiendo

buscando entre tan limitados seres,

cuando quizá

la respuesta estaba un poquito más allá.

 

Siento una extraña convulsión en mi estómago

y de pronto

un último mensaje llega a mis labios,

desde las cenizas de aquello que he devorado:

 

“Return to be a child again”.

 

I say it to myself without being able to control my own words.

No. I cannot.

I’m not innocent.

I cannot be innocent.

My soul is too ancient.

It’s older than the fucking Devil.

It’s still older than the fucking Christian God.

I’m not innocent,

but less guilty than innocent, that’s for sure.

 

“Return to be a child again”.

 

How?

 

“A blue-winged angel will help you”.

 

—Angel—

 

XXI

 

- Hola.

- Hola, Rabya, qué agradable sorpresa volver a oír tu voz.

- Por el mensaje que dejaste en mi dormitorio, presumo que se te hizo corta la despedida.

- La verdad es que sí, se me hizo corta.

- A mí también.

- Pues cuando quieras lo acabamos.

- Pues acabémoslo esta noche.

 

En mi profesión es bastante usual

que sea la mujer la que lleva la iniciativa sexual.

Es como si la iniciativa sexual

viniera automáticamente incluida

en las poco discretas tasas del servicio.

 

El cliente es exigente.

Además de un indispensable atractivo físico,

demanda experiencia, habilidad e intuición,

que le garanticen satisfacción.

 

Sexo y dinero.

¿Quién mueve a quién?

En realidad significan la misma cosa: poder.

Flavio Briatore lo sabe.

Traci Lords lo sabe.

Y yo.

 

Si ahora el sexo extralaboral

estaba cobrando tanta relevancia en mi vida

era, precisamente, para equilibrar.

 

Yo también tenía la necesidad

de guías hábiles y experimentados

que me supieran proporcionar placer.

Yo también tenía la necesidad

de cuerpos y rostros atractivos

que potenciaran mi deseo,

que alimentaran mi insaciable ego.

Y contaba con lo más importante:

predisposición.

 

Lo cierto es que los vampiros

somos seres profundamente nostálgicos.

Los vampiros anhelamos volver a ser humanos

en el fondo de nuestros gélidos corazones.

Pasamos todo nuestro purgatorio

añorando volver a sentir emociones humanas.

Los vampiros somos unos románticos empedernidos.

 

Aquel hombre llegó a mí

en una fecha doblemente satánica de 2011.

A esa hora en que las brujas

empiezan a lubricar los palos de sus escobas

con lisérgicas sustancias

extraídas de raices mágicas,

lomos de sapo y dientes de serpiente,

que después frotan contra sus sexos

para echar a “volar”.

 

Prácticas que,

como bien sabemos,

están penalizadas con la caza y hoguera

por los Justicieros del Señor.

En realidad, los Justicieros del Señor

cazan y queman brujas

porque su religión de mierda no les permite

lamer sus lisérgicos coños,

que es lo que realmente desean.

 

Aquel hombre llegó a mí

en el momento más apropiado,

con el único cometido de complacerme tenazmente,

como confirmaba la húmeda lava transparente

que me resbalaba muslos abajo,

mientras aquel hermoso engendro

me empalaba con su cálida carne

en el borde de la mesa del salón.

 

Los dedos de mis pies apenas tocaban suelo, y no,

al compás del tempestuoso balanceo

que sus caderas imperaban.

Mi cerebro empezó a sentirse como anestesiado.

Mi mente se vaciaba a cada instante,

sumergiéndose en el suave placer que

estratégicamente

me proporcionaba aquel arcángel infiel,

dibujando rígidamente

la más sublime poesía

en mi interior.

 

La lava me llegaba ya por las rodillas

y lo empapaba del todo a él.

Mi mente seguía en blanco,

como volando.

Tan sólo dos palabras

se alternaban lejanas en mis pensamientos:

dentro – fuera.

 

Cuanto más simplificaba mi mente

más se intensificaba el placer,

hasta que empezó a confundirse con el dolor,

cuando mi servicial anticristo

se puso repentinamente muy violento abajo,

en nuestro íntimo beso descarnado.

 

Como mi sistema nervioso periférico

está algo deteriorado,

a veces me resulta bastante dificultoso

separar las sensaciones de dolor y placer.

Su masculina agresividad

me inspiraba un enorme placer,

contrarrestando en mi cerebro el dolor físico

que su polla se esforzaba en asestarme.

 

dentro – fuera

dolor – placer

bueno – malo

hombre – mujer

 

Todos los dualismos se fundieron magistralmente

justo en el momento de sentir

la expectante tensión

y posterior temblororsa explosión

que me invadió en el orgasmo,

al que siguieron otros tantos.

 

Me di cuenta de que había perdido totalmente el control

cuando sentí unos nerviosos dedos sobre mi boca,

luchando por acallar los estridentes aullidos

que empezaron a escaparse de mi garganta.

 

Algo en lo más profundo de mi ser

se veía al fin consumado.

 

Como diría aquel:

“Venganza” no es la palabra adecuada,

pero es la primera palabra que viene a la mente.

 

—Someone is in the Wolf—

 

XX

 

Mi preciosa mata de barba rubia

había comenzado a debilitarse y engrisecer

paulatinamente.

Hasta que una mañana,

al despertar,

pasé mi mano por ella,

acariciándola,

y los mechones de pelo

empezaron a desprenderse de mi piel

como si nada.

Sin esfuerzo ni dolor.

 

La serenidad

había desaparecido de mi alma

tal y como vino.

Y con ella,

mi don.

 

Sin embargo,

cuando volví a ver el reflejo de mi cara,

mi mentón y mi cuello desnudos,

me resultaron especialmente apetecibles.

 

Mi misión en este mundo es complacer al hombre.

Complacerlo,

succionar su esencia vital

y después matarlo.

 

Si hubiese nacido hombre

habría sido el mayor Don Juan de la historia,

pero como nací mujer…

mi título se reduce a superputón.

 

El ansia de sangre y semen

volvía a mí con un vigor desquiciante.

El ansia de vivir intensamente

se incendiaba en mis ojos vampíricos,

mientras todos morían a mi alrededor.

 

Todos morían por y para mí,

como es justo y necesario.

Algunos,

de inanición intelectual o espiritual.

Otros,

enamorados de aburridas rutinas.

Otros tantos,

derrotados en miserias ficticias.

Había quienes morían

disueltos en el flujo social,

o infectados

por mis múltiples sidas.

Y también había muchos otros

que morían a manos del cruel olvido,

o la desatención.

 

Todos aquellos fantasmas

pasaban sin pena ni gloria por mi vida,

excepto por el pequeño detalle

de que sus esquemáticas y grises vidas

llenaban de vibrantes colores la mía.

 

El sexo extralaboral

se estaba apoderando de toda mi energía.

Lo cual no era nada práctico.

Una romántica idea

me estaba distrayendo

de mis demoníacos quehaceres:

si una determinada cualidad

en una determinada persona

había podido activar así mi interés,

despertar mi pasión,

avivar mi ingenio,

aportarme algún tipo de conocimiento,

hacerme sentir humana y real,

de carne y hueso;

 

Si una determinada cualidad

en una determinada persona

me había brindado una mínima experiencia,

confianza, seguridad, sinceridad,

entendimiento y comprensión,

de una forma tan natural y sencilla,

entonces

no era tan descabellado el pensar

que en algún lugar del vasto universo

pudiera hallarse otro de mi especie,

que las reuniera todas.

 

De cualquier manera,

daba igual lo que hiciera o dejara de hacer.

Yo no podía ser buena.

Nunca podría ser buena,

por el mero hecho

de que mi concepto de bondad

se proyectaba en el resto de humanos

como todo lo contrario.

 

Así que…

A tomar por culo.

Aquel hombre necesitaba un huequito cálido donde anidar.

Y yo lo tenía.

Yo tenía el huequito más jodidamente cálido

que nunca nadie podría imaginar.

 

Entre mis sedientos muslos

se encontraba

la puta entrada al fuego del averno.

 

—Dead Bodies Everywhere—

 

XIX

 

“Sé buena, Rabya”.

Vaya chorrada.

¿Qué coño quería decir con eso?

Si quería que fuera buena,

quería que no lo llamase,

porque llamándolo,

perjudicaba sin duda su relación conyugal,

por una parte,

y por otra,

lo perjudicaba a él directamente,

(aunque esto él no lo sabía).

 

En el mejor de los casos,

acabaría arrancándole la cabeza a bocados

mientras me estuviera copulando,

al más puro estilo mantis religiosa.

Sólo de pensarlo se me hace la boca agua.

 

“Sé buena, Rabya”.

Sin embargo,

ese imperativo

me instaba a hacer algo,

y no llamarlo,

que yo sepa,

era no hacer nada.

 

¿Por qué querría alguién

que me conoce tan superficialmente

darme un consejo moral bienintencionado

sin querer nada a cambio?

 

Sin olvidar

que lo último que yo había hecho

antes de comentar él aquello

era apretarme a su cuerpo

con exacta intensidad

con que su cuerpo se apretaba al mío.

 

“Sé buena, Rabya”.

Esto ya no era sexo.

Era comunicación.

Y en cuanto a la comunicación entre humanos,

yo me pierdo.

 

Recuerdo haber empleado esa expresión

cuando era más joven y otra persona,

con mis parejas,

en las separaciones;

“Sé bueno”,

como “No me engañes” o “Seme fiel”,

pero en este caso,

esa posibilidad era impensable.

 

Quizá la situación le evocó

el mismo tipo de sensación a él

y aquellas palabras

fueron el fruto de una especie de acto reflejo.

 

O quizá iban cargadas de cinismo

y lo que realmente querían decir era:

“Sé mala, búscame”.

 

Incluso cabe la amplia posibilidad

de ser una frase sin ningún significado,

escogida al azar

de algún bodrio cinematográfico

que hubiera visto recientemente

o muchas veces,

por ejemplo.

 

Dicen que la explicación más sencilla

es la más probable,

pero

¿cuál es la explicación más sencilla

en este caso?

¿Y cuál es la probabilidad realmente?

¿Y si se me estaba escapando alguna posibilidad?

 

Seguramente,

éste hubiera sido el fin de mis divagaciones

si esa misma noche,

en la mesilla de mi dormitorio,

no hubiera encontrado un pequeño trozo de papel

en el que había escrito en lapicero:

 

“Sé buena, Rabya”.

 

—What Happens Now?—

 

XVIII

 

Es curiosa la manera

en que el subconsciente manipula

nuestra imaginación a su antojo,

absolviéndonos,

automáticamente,

de toda culpa

en la ingenuidad de nuestro consciente.

 

Saber que aquel semi-desconocido era padre

despertó en mí cierta ternura

que ningún otro padre

me había despertado jamás antes.

 

Me sorprendí a mí misma

buscando el contacto de su cuerpo,

de una forma casi adolescente,

cuando,

amistosamente,

extendía su brazo tatuado,

de marinero follador,

para recoger mis hombros en un abrazo.

 

Y cuando deslizaba su mano,

bajo mi cabello,

masajeando con sus dedos mi nuca,

yo me entregaba,

mansamente,

adivinando en su mirada

un mensaje sobrecogedor:

 

“Déjame enredarme por siempre

en los preciosos mechones

de tu interminable barba”.

 

Por un momento

quise dejar de sentirme adulta y racional,

invencible e independiente,

y decirle:

 

“Cuídame, mímame.

Ya no tengo nada que enseñar.

Ahora quiero que me enseñen.

Cambia la percepción de mi mundo.

Humanízame de nuevo”.

 

Pero no lo hice, no.

A veces,

tus ojos intentan transmitir un mensaje,

pero el cerebro del receptor

interpretará lo que le salga de los cojones,

que fácilmente

puede ser todo lo contrario.

 

Toda la fe que me queda,

se limita a la química.

La química de tenerlo a mi lado,

paseando por el corredor,

y sentir su mano

acariciando mi cintura

hasta abarcar,

con sus dedos,

mi vientre impreñable,

y notar la presión

de su mano abierta y caliente,

prometiéndome todo lo contrario.

 

El amor de los amores

hervía dentro de mí

por aquel maestro de la pulsión.

 

De alguna manera nos parecíamos.

Estábamos a años luz,

pero en lo básico

éramos cómplices perfectos;

nuestro intenso amor por el sexo.

 

Mi amor

por la naturalidad del suyo.

El suyo

por los oscuros misterios del mío.

 

Un día,

tras la jornada laboral,

incluso nos fuimos a tomar algo por ahí.

Nos deshinibimos un poco todos,

bebiendo y fumando porros.

Pero él no dejaba de pensar en la coca que no tenía.

 

Esa noche

le permití besarme en la boca

y acariciarme la barba públicamente

y luego,

a escondidas,

también le acogí un beso menos formal

y una caricia algo más íntima.

 

Llegó el último día

y todo se estaba terminando

en manos de una extraña inercia

que parecía llevarnos a actuar

de alguna forma predeterminada socialmente

y que empezaba a resolverse

en insatisfacción para ambos,

pero sobretodo para mí.

 

Nos estábamos despidiendo

y noté las miradas indiscretas de los demás.

Él también las notó.

 

No nos pudimos besar,

así que nos abrazamos.

Tan estrechamente

que pude notar cada músculo y hueso de su cuerpo

amoldándose correspondientemente al mío.

Sentí que me besaba el cuello

y me susurraba al oído:

 

“Sé buena, Rabya”.

 

—Parasomnia—

 

XVII

 

Se acercaba el verano.

En esta ciudad,

no es difícil alcanzar los 40º

en plena canícula.

 

En el estío

la libido se me vuelve loquísima

y estoy más activa de lo normal.

 

El caso

es que se me había estropeado

la instalación de aire acondicionado

y quería tenerla reparada

antes de que empezara a apretar fuerte el calor.

Las reparaciones durarían

al menos 7 ó 9 días.

 

Algunos amigos y vecinos

se ofrecieron a acogerme en sus casas,

para que no tuviera que sufrir

las incomodidades de la obra,

pero yo tenía intención de supervisar,

personalmente,

todo lo que se fuera a hacer

en mi dulce y solitario hogar.

 

De ahí que,

inevitablemente,

empezara a tratar regularmente

con el encargado del proyecto en cuestión.

Como le pedí,

me mantenía informada

de cada movimiento que tuviera pensado hacer

y me explicaba,

con todo detalle,

las modificaciones que podía sufrir

cada habitación

con las nuevas reformas.

 

Empecé a percibir cómo,

cuando hablábamos,

se quedaba embelesado

mirando mi dorada y suave barba,

y cuando conseguía reaccionar,

subía su mirada hasta la mía

y me sonreía pícaramente.

 

Sé que otros empleados

también la miraban

de reojillo, marujonamente,

pero él me sonreía de una forma

muy intencionada y casi desafiante,

diría yo.

Cosa que llamó poderosamente mi atención,

puesto que no es muy habitual

que un hombre se me muestre desafiante.

 

A medida que fueron pasando los días

me fui acostumbrarlo a verlo por allí,

bajo mi propio techo.

Me fui acostumbrando

a saludarlo por las mañanas,

a buscarlo con la mirada

cuando lo perdía de vista,

a ofrecerle algo fresco

cuando lo veía sudar,

a aceptarle un cigarro,

a invitarle yo a otro,

a encendérselo para que me sujetara la mano,

a sus bromas sexualmente condescendientes

de hombre infelizmente casado,

pero experimentado

y embaucador.

A corresponder sus miradas,

sus sonrisas,

a sus comentarios jocosos

acerca del color de mi barba,

a provocarlos,

a provocarlo,

a dejar que me provocara.

 

Hasta que se creó entre nosotros

una dinámica de flirteo

que a nadie pasaba ya desapercibida

y que sólo podía acabar

en encontronazo sexual

o alguna estúpida obsesión que,

ahora mismo,

rechazábamos los dos.

 

Él tenía familia

y yo era una puta asesina.

 

Pero sabía moverse

en el sofisticado mundo de la seducción.

No me importaba

si lo que albergaban su cerebro y su mente

era o no de mi agrado.

Me daba igual.

Mi nuevo instinto

también requería experiencia,

pero ahora

requería la experiencia

de aquellas manos ajadas

dibujando su historia sobre mi piel.

 

—Make it Wit Chu—

 

XVI

 

Todo lo que respiro

está impregnado de sexo.

 

El sexo,

el amor de los amores.

El amor a la naturaleza del hombre,

el sexo.

Aún en los momentos de mayor calma,

ahí sigue,

latente,

esperando despertar de nuevo.

 

El subconsciente,

invadido totalmente

por sexo.

En el cine y la televisión,

inyecciones de sexo.

El arte, supersexo.

Consumidores de pornografía,

más y más sexo.

El rey de las etiquetas

en los buscadores de internet: SEXO.

 

Hipócritas y pretenciosas mentalidades occidentales,

sedadas y gobernadas absolutamente

por el más puro sexo.

 

“Rabya,

tienes que ser más selectiva.

No puedo, no puedo.

Sexo, sexo, sexo”.

 

El sexo no entiende de comunicación.

Es amor en estado salvaje.

 

Necesitaba re-conocer el sexo

bajo este nuevo entendimiento

que venía acompañando mi nuevo aspecto.

Necesitaba urgentemente explorar

las nuevas capacidades sensuales,

emocionales e instintivas

que tan repentinamente

habían florecido en mí

con la llegada de mi celestial barba.

 

Necesitaba follar sin matar,

el erotismo de sentir afecto

por la cálida carne

que estaba consumiendo.

Y lo que necesitaba

no podía encontrarlo entre mis viejos clientes,

puesto que ya estaban

más muertos que vivos.

Ni tenía sentido buscarlo en un completo extraño

del que no conociera alguna peculiaridad

a la que pudiera hacerme adicta.

Necesitaba un semi-desconocido

del que no supiera tanto

como para despreciarlo,

pero sí lo suficiente

como para tener el impulso

de querer saber más.

 

Por primera vez,

en mucho tiempo,

me sentí como si llevara años sin follar,

como si volviera de un peregrinaje espiritual

que finalmente

había comenzado a dar sus frutos.

 

Mantenía mi instinto sexual intacto;

mi instinto asesino,

sin embargo,

parecía haber disminuído.

 

Lo que aquel tupido apéndice

me estaba ofreciendo,

además de serenidad,

era la sensualidad de un nuevo juego.

 

—Like a Virgin—

 

XV

 

Aquella mañana al despertar,

una agradable sensación de armonía y equilibrio

me invadió por completo.

 

Ningún recuerdo,

ningún nombre,

ningún rostro,

ninguna vivencia pasada

acompañó mi despertar.

Sólo calma

y una inconmensurable ola de serenidad

recorriendo mi mente,

y también mi cuerpo.

 

Me estiré sobre la cama,

arqueando el pecho

hasta superar la altura de mis ojos,

y entonces vi “aquello”.

 

Desde mi regreso

no había dejado de sufrir

continuas transformaciones.

Que fueran fruto de una evolución

o de una involución

carecía de importancia.

No podía dejar de cambiar.

Y aquello que contemplaban ahora

mis ojos estupefactos

era la prueba fehaciente

de una auténtica mutación.

 

Rápidamente salté de la cama

y me coloqué delante del espejo.

No podía salir del asombro.

No podía creer lo que estaba viendo ante el espejo.

Una hermosa,

sedosa

y larga barba rubia

había nacido de mi cara.

Era increíble,

deliciosamente bella.

Si me hubiesen nacido alas o colmillos

no me habría asemejado más a un ángel.

 

Aquella suave barba

se extendía desde mi mentón,

cayendo graciosamente entre mis senos,

y acabando en un ondulado mechón,

justo a la altura de mi pubis,

donde contrastaba atrevidamente

con el escaso vello oscuro

que revestía mi sexo.

 

Tenía que compartir aquello sin más demora.

 

Iba a vestirme

para lanzarme a la calle,

cuando me di cuenta de que “aquello”

sólo podía lucirse debidamente

en la más completa desnudez.

Ponerme cualquier tipo de prenda

enturbiaría la belleza natural

de aquella cascada rubia

que se vertía por entre mis pechos.

 

Me sentía

como una Lady Godiva postmodernista,

que a falta de caballo en el que montar,

se apañó a lomos de la BMW “prestada”

del hijo del vecino,

el notario cabrón,

para recorrer la ciudad.

 

Que mi mente resultara un engendro

para el resto del mundo

no dejaba de ser algo inmaterial,

al fin y al cabo.

Pero ahora

existía una prueba física

que me convertía

en un auténtico engendro sensorial.

 

Hubo quienes me veían

como pasto de algún circo

(bajo su propia visión despectiva del circo,

claro está),

los mismos

que fingían no percibir mi esplendorosa barba.

Quizá hubo también

quien realmente no la podía ver…

 

Pero cualquier persona,

con un mínimo de sensibilidad estética,

podía verla,

sin duda.

 

Lo leía en sus ojos con total claridad,

y era ciertamente gratificante,

porque aquellas personas

me transmitían vítreamente un mensaje:

 

“La paz de Dios esté con tu barba”.

 

Y entonces no pude parar.

Quería compartir aquello con más y más gente.

Pero no con intención vanidosa

o condescendiente,

sino con la certeza

de que aquellos que podían disfrutar de mi barba

podían sentir la misma paz y serenidad

que emanaba de ella.

 

Aquellos que fingían no ver mi barba

o se reían de ella,

al poco tiempo

salían con un postizo a la calle

y empezaban a gritar:

 

¡Miradme, miradme! ¡Me ha salido barba!

 

—Peeping Tom—

 

XIV

 

Y el hombre le habló a la mujer:

 

“- Sométete, mujer.

Él nos dictó unas normas que yo te haré obedecer.

De ninguna manera te alzarás contra la voluntad del hombre.

De ninguna manera eclipsarás al hombre.

No brillarás más que el hombre.

No aprenderás más que el hombre.

No sabrás más que el hombre.

Y sobretodo, y de ninguna manera,

tendrás un instinto sexual superior al del hombre.

Mujer, el hombre será tu maestro,

tu tutor y tu guía.

Todo lo que tengas que conocer,

lo conocerás a través del hombre.

El hombre te enseñará el camino a complacerlo.

No pienses. No seas, y entonces tendrás el amor del hombre.

El hombre te creará a su imagen y semejanza

y a la de Él, que es la ley y el poder.

El hombre te mostrará cómo has de ser,

cómo has de actuar,

cómo has de comportarte,

cómo has de sentir y de mostrarle amor.

Sufrirás por el hombre.

Te arrastrarás a los pies del hombre.

Dependerás del hombre.

No serás, nada, sin el hombre.

No pienses. No seas, y entonces tendrás el amor del hombre.”

 

Y la mujer le habló al hombre:


“- No puedes darme ni quitarme el amor del hombre,

porque el amor del hombre no existiría

si la mujer no lo hubiera puesto en sus labios por primera vez.

No, hombre, no me someteré por algo que no existe.

No, hombre, no te concederé méritos que no te corresponden.

Los dos nacimos del mismo barro,

tuvimos las mismas oportunidades,

pero mientras la mujer las aprovechaba

el hombre se dedicaba a lamerle el culo a su patético dios de mierda.

No, hombre, no hay nada que puedas darme ni quitarme”.

 

El hombre replicó a la mujer:


“- Entonces el hombre le pedirá a Él una nueva mujer que no sea de barro,

sino extraída de su propia materia.

Una mujer de esencia miserable e infantil,

para que el hombre pueda someterla y así poblar la tierra”.

 

La mujer calló, desplegó sus enormes alas blancas y voló lejos.

 

El hombre pobló la tierra de debilidad,

sumisión y muerte.

 

…Y Lilith

se folló a todos los descendientes del hombre,

por los siglos de los siglos…

 

Amen.

 

—Lilith—

 

XIII

 

“Érase una vez

una rebelde princesita

a la que mucho le gustaba

frecuentar el castillo del reino vecino,

gobernado por un apuesto príncipe

con el que mantenía una relación romántica.

 

Su padre

había intentado domarla

de todas las formas posibles,

pero la princesita

hacía lo que le daba la gana.

Ignoraba las palabras de sus mayores,

que hace ya tiempo

estaban en conflicto político

con el reino vecino,

y se sentía enamorada e inmortal.

 

Como tantos otros atardeceres,

se dirigió al castillo de su amante

en busca de calor y morbo.

 

Una vez allí,

fue dirigida a los aposentos reales,

que ya bien conocía,

donde el mismo príncipe la recibió.

 

El virtuoso joven

la estrechó en un abrazo,

la besó cálidamente

y la invitó a su alcoba,

donde ambos

se desprendieron de toda ropa.

 

Dos humanos desnudos,

como tú y como yo.

La única realidad del mundo

se desarrollaba entre aquellas cuatro paredes.

Se besaban erguidos,

acariciándose las espaldas,

incendiándose poco a poco internamente.

 

El príncipe,

aún deleitándose en los labios

de su dulce acompañante,

deslizó sus dedos

a lo largo de la femenina columna vertebral,

haciéndola vibrar placenteramente.

En la parte alta de la espalda

abrió su mano

y la sujetó fuerte por la nuca.

Sus ojos se cruzaron por última vez

en una caricia líquida.

 

La puso contra la pared,

golpeándola ligeramente con la bonita cara.

Se llevó los dedos a la boca,

los humedeció con saliva

y los introdujo en el culo de la princesita.

No debió de lubricarlos lo suficiente,

ya que la princesita

se quejó de forma contenida.

 

- ¿Te duele?- Preguntó él.

- Un poco – Contestó ella, diplomática, como siempre.

 

Él continuó penetrando el azul culito

con sus azules dedos,

para en seguida reemplazarlos

por su real pollón azul.

La princesita

se retorció y le dió un codazo.

Ahora sí que le había hecho realmente daño.

Él la inmovilizó

con sus protectores brazos,

besándole cariñosamente el cuello,

y siguió penetrándola via rectal.

 

La princesita musitó: “Nononononononono…”.

El principito susurró: “Sisisisisisisisisisisisisi…”.

 

-–Blue— 

 

XII

 

No puedo concebir hijos.

No puedo desarrollar ninguna enfermedad sexual,

aunque mucho me temo

que habré contraído

todas las habidas y por haber

en el mundo occidental.

 

Es sorprendente

lo complicado que resulta

que un hombre

use protección motu proprio.

Y es algo que no atiende

a educación o estatus alguno.

 

Si bien mis clientes,

puesto que me conocen por mi profesión,

suelen preservarse pertinentemente,

y no todos,

mis aventuras esporádicas

se dejan arrastrar fácilmente

por la pasión y fiabilidad

que inspiran mi saludable aspecto.

 

Y es que

sana estoy.

Pero también llena de enfermedades

que sólo otros pueden padecer.

 

Así que creedme

cuando digo que mato,

aunque no hable de los muertos,

y conozca cientos de formas de matar.

 

¿Aún no he mencionado

lo mucho que me gusta contar cuentos?

 

—Stinkfist—

 

XI

 

Si mi historia siguiese un patrón,

posiblemente ahora

os tendría que relatar una nueva escena

de sexo asesino.

El caso es que soy tan dispersa

como los sucesos

que han ido trazando mi vida.

Y me gustaría dejar constancia

de esta condición;

de esta persistente dispersión mía,

porque

si mi concepción del mundo

fuera similar

a la del resto de seres humanos

entendería que mi sentido del orden

se correspondiera

con el del resto de seres humanos.

Pero no es así.

 

El solo acto de intentar comunicarme

con el resto de humanos

mediante un lenguaje

tan limitado como este

me condena,

de hecho,

al irremediable error,

cosa que,

por otra parte y a estas alturas,

me importa ya bien poco.

 

Perdido el miedo a la soledad,

la esperanza,

la conciencia y la moral,

sólo me queda una cosa:

libertad.

 

Si hubiera nacido hace dos mil años,

me habrían crucificado.

Si hubiera nacido hace quinientos,

me habrían quemado en la hoguera.

Por eso me veo en el deber de aprovechar.

 

Y llegados a este punto,

espero que no estéis aquí

solo por el sexo

y la violencia,

porque inmediatamente dejaré de follar,

o peor,

de matar.

 

—Schism—

 

X

 

Me he dado cuenta de que,

desde mi regreso,

no sueño.

Apenas recuerdo qué es soñar.

 

Recuerdo despertarme

a punto de morir de miedo.

O haber tenido agradables sueños,

llenos de erotismo y sexo,

con hombres

de los que alguna vez me enamoré,

con mujeres

a las que sabía perfectamente

cómo complacer.

Recuerdo haber conducido y volado.

Recuerdo haber soñado con sitios,

con personas, con el diablo…

 

La esperanza.

Esa siniestra enemiga.

El peor de los males.

…Y la cacho zorra de Pandora

les gritó a los hombres:

“No está todo perdido.

No está todo perdido”.

Esto

después de haber liberado la enfermedad,

la locura, la crueldad,

el dolor, el odio, el vicio,

la pobreza, el crimen, la guerra,

la muerte,

la ignorancia…

 

Parece ser que en toda cultura que se precie,

siempre será la mujer

la culpable de la caída del hombre.

(Eva, no te olvidamos.)

Excepto en la mía,

que sucede al revés.

 

En las historias tradicionales,

escritas por hombres,

el hombre siempre peca de inocente

ante la mujer,

pero la ignorancia

es uno de los más perversos males.

Y entre la inocencia y la ignorancia

no hay demasiada diferencia.

 

Quédate quieto,

esperando,

y verás venir tu propia muerte,

como yo la vi.

Esperando…

Un cambio, una oportunidad,

una reacción, una evolución,

un milagro…

Algo que jamás llegará.

 

Y fuerzas tu fe un poquito más.

Hasta que caes en la desesperanza,

que en realidad

no es contraria a la esperanza,

a pesar de que etimológicamente se insinúe,

sino más bien un refuerzo de ésta.

Porque la esperanza volverá,

con sus más negros ojos,

atrapándote

en su insondable océano

de apacibilidad.

Y de nuevo,

la desesperanza,

cada vez más dolorosa.

Y nuevamente una esperanza sin precedentes,

apoteósica.

Seguida de una desesperanza aún mayor.

 

Lo contrario de esperar no es desesperar,

sino actuar.

Te lleve donde te lleve.

Esperar es dejar tu vida en manos ajenas,

en acontecimientos fortuitos.

Actuar es no dejar tu vida en manos ajenas,

en acontecimientos fortuitos.

 

—Zeppelin Song—

 

IX

 

Yo nací inocente,

como todo el mundo.

 

Probablemente,

esa inocencia empezó a desvanecerse

a partir de mi primer contacto

con la soledad,

hace mucho mucho tiempo.

Puede que veinte años,

puede que más.

 

Ahora tengo treinta y tres,

como Cristo cuando volvió a nacer.

 

Recuerdo

que en un principio

intenté huir de la soledad,

porque me resultó terrorífica,

puesto que socialmente

me acondicionaron a temer a la soledad

como al peor de los fracasos.

Y más o menos es lo que sentí.

 

Así me encontré ante la alternativa

de enfrentarme a la soledad

o mendigar compañía.

 

Intenté lo segundo,

pero se me dió fatal,

con que,

finalmente,

decidí enfrentarme a la soledad.

 

Fue una dura batalla,

y aunque nunca conseguí vencer a la soledad,

dejé de temerla,

lo que me aportó una libertad

desconocida hasta el momento.

 

Y fue en soledad

donde encontré algo

tan vital para mí,

a día de hoy,

como es la identidad.

 

Es curioso el magnetismo social

que consigue una persona

que ha perdido el miedo a la soledad;

un librejodedor.

 

Porque,

qué somos,

sino lo que los demás ven de nosotros,

lo que los demás opinan de nosotros,

lo que los demás hacen de nosotros.

 

Somos amados u odiados

sobre la base de lo que los demás saben de nosotros.

Somos un resumen

de lo que deciden los otros.

 

Sin embargo,

existe una pequeña o gran porción

de cada uno

que los demás siempre desconocerán.

 

Y, precisamente,

en ese desconocimiento

se encuentra la clave

que pueda alterar todo el criterio

que tenemos de una persona.

 

Quizá entonces no seamos simplemente

lo que somos para los demás.

Quizá seamos algo más,

al margen del resto del mundo.

 

¿Quizá pura energía?

No sé, no sé…

¿Puro amor…?

¿Puro odio, tal vez…?

 

Quizá uno en soledad no sea nada,

sólo un vacío.

Quizá haya quien no tenga identidad

y sólo pueda extraerla de los demás.

Quizá uno nunca haya tenido que enfrentarse

a la soledad

y viva como en un sueño

de ignorancia o felicidad.

O quizá uno haya decidido huir por siempre

de la soledad,

y no enfrentarse nunca a ella;

pasándose el resto de su vida huyendo,

girando en una espiral,

buscando un agujero por el que escapar,

sin saber a dónde,

sin saber de qué.

Eternamente preso de un miedo

tan poderoso

que condiciona su vida,

sus ideales,

sus gustos,

incluso sus sentimientos.

  

Pero lo que puedo asegurar es que

el librepensador-librefollador,

sólo puede nacer en soledad.

 

La soledad devoró mi inocencia,

me inseminó de culpa,

me tentó a pensar,

me obligó a encontrar.

 

Yo nací inocente,

como todo el mundo,

pero me duró muy poco tiempo.

 

—Lone Wolf—

 

VIII

 

Tras un encuentro sexual

tan sumamente satisfactorio

 como el de esta noche

 me gusta ir al cementerio a hacer fotos.

 

Se necesita un permiso especial,

 por eso voy de noche.

 Me convierto en niebla

y me cuelo por entre las verjas.

 (Es broma,

pero sí que me cuelo.)

 

Hago fotos de los mármoles y piedras

que decoran los nichos.

 Vírgenes y ángeles inmaculados

 que posteriormente

retoco digitalmente en el ordenador.

 

Inspiración… 

Oh, Dios!,

quiero una foto en infrarrojos

de la mismísima Piedad

llorando brea.

Quiero recoger en un instante

lo que ese chico me ha hecho sentir esta noche.

 

Era algo más joven que mi clientela habitual,

ya que ésta suele estar limitada

a señores de mediana edad,

acomodados,

con un gran instinto familiar

y algunas posesiones inmuebles de más.

 

Y también algo más joven

que el resto de mis presas en general,

puesto que la exigencia primordial

es experiencia y conocimiento.

Algo que me nutra de verdad.

 

Pero había olvidado

lo sabroso que resulta también

el apasionado sentimiento

de un joven semental.

 

Pues resulta que aquel chico

había sufrido un desengaño amoroso

tras un par de años de relación,

masivamente sexual,

con alguna jovencita viciosa.

Digamos que estaba sufriendo

una especie de síndrome de abstinencia.

Como no podía satisfacer su necesidad

donde solía hacerlo,

decidió buscar un sucedáneo,

y se encontró conmigo.

(Si hubiera sabido el precio

que suele pagarse por mis servicios…)

 

Y fue realmente bueno.

Podía leer en su mente

como en un libro abierto de par en par.

Sentí todo su odio

penetrando hasta lo más profundo

de mi absorbente ser.

Su odio porque yo no era ella,

porque no podía sentir conmigo

lo mismo que con ella.

Su odio hacia sí mismo porque,

cuanto más me miraba,

más cachondo se ponía

y porque sabía

que yo lo estaba disfrutando en su totalidad,

como una auténtica perra del Infierno.

 

Yo no podía dejar de violar

su alma confundida,

mientras él

no podía dejar de follarme

como un desesperado.

 

Y el Cielo se abrió,

bañándonos de luz.

Vi al Diablo.

Vi a todos los demás ángeles del Señor.

Y ya en el momento álgido,

es decir,

cuando se corría

(yo ya lo había hecho dos veces)

no pude evitarlo

y estallé en un ataque de risa,

estridente y sobrecogedor.

Empecé a reírme como una bruja loca

hasta que él comenzó a llorar

amargamente,

tras haberme llorado tanto,

hacía nada,

tan adentro…

 

Inmediatamente

lo acerqué a mis labios

y alivié soberanamente

todo su dolor.

 

—Closer—

 

VII

 

Hay estados mentales

que son una tortura insufrible.

Hay estados mentales tan dolorosos

que la muerte se presenta como un alivio.

La vida pierde todos los alicientes y,

al fin y al cabo,

¿qué es la muerte,

sino un estado alternativo a la vida?

 

Así que no seré yo

quien juzgue al que decide aliviar su sufrimiento,

puesto que es lícito,

e incluso funcional.

Pero no me extorsionéis

con vuestros patéticos suicidios

de mierda moderna.

Hacedlo,

si queréis,

pero hacedlo en silencio,

para que al menos sea bello.

 

¿Cómo pueden suicidarse

quienes ya están muertos?

 

Hay estados mentales aún más perversos.

La locura puede robarte la imaginación,

y no poder hacer nada contra ello.

Entonces,

tu mente se convierte en un océano,

desolado y hermoso,

al que no se puede acceder.

 

Hoy,

mis últimas reminiscencias emocionales

fluyen con la tristeza de aquellos

que siguen amando mentes,

que un día fueron compañía,

y acabaron en el destierro

y la eterna soledad de la locura.

 

Pero también puedes ceder

tu imaginación a la locura,

por un tiempo,

aunque luego pueda ser complicado

recuperarla de ella.

 

Sólo por medio de la fuerza,

la voluntad,

la curiosidad y la paciencia

es posible asomarse

a un nivel mínimo de consciencia.

Y una vez has atravesado esa barrera,

que ni podías concebir,

no hay vuelta atrás.

Te enamoras de la vida.

Es un proceso evolutivo.

El único inconveniente

de adquirir cierta consciencia

es que,

cada paso hacia ella

conlleva irremediablemente sufrimiento.

Sin sufrimiento

no surge la necesidad de encontrar salidas.

 

Hay muchas personas en este mundo

que no están capacitadas para entender.

Otras muchas entienden,

pero no llegan a procesar completamente

la información recibida.

Esa es responsabilidad del analista…

 

—Analyse— 

 

VI

 

A la mayoría de depredadores

nos gusta actuar en solitario.

 

Cautelosa,

como una pantera,

me deslizo en la noche,

toda de negro;

una discreta indumentaria

con la que llamar la atención.

 

Adoro la aventura de salir sola

a ver qué me encuentro.

Me intento mantener alejada

de la gente vulgar,

puesto que me espanta el aburrimiento

y los ya muertos.

Como ya he dicho,

amo la vida.

Conozco sitios donde encontrar gente

“con una historia detrás”.

Y me da igual

si su historia procede del bien

o del mal.

El regalo de mi vampírico beso

requiere a cambio experiencia,

información y conocimiento.

 

Conozco sitios,

pero no los frecuento,

así que se me olvidan sus nombres,

aunque recuerdo el camino hasta ellos.

 

Y caminando instintivamente,

allí acabé.

“El circo de las almas”

puedo leer en un pequeño letrero.

  

Entro.

Que lo haga sola

ya deja claro que estoy receptiva,

pero me intento mantener también

lo suficientemente altiva,

para evidenciar

que acercarse a mí

requiere cierta categoría.

 

Me dirijo hacia la barra,

o sea, el expositor.

No veo nada especialmente apetitoso

como para renunciar a mi pose altanera,

así que me siento,

pacientemente,

a esperar.

 

Un vistazo rápido a mi alrededor

en busca de posibles presas

que están deseando ser muertas

a manos de una diosa del sexo.

 

Tenemos a un lamentable desesperado al que,

a fin de cuentas,

otro rechazo le va a dar igual.

 

Tenemos a un tímido payaso narcotizado,

que de pronto se siente

deshinibido e inmortal.

 

Tenemos a un tipo al que,

misteriosamente,

parece gustarle el local.

 

(Perdonad que no haga demasiadas descripciones,

pero es que me aburren sobremanera…

“Cuanta más descripción,

más límites para la imaginación”;

ese es mi lema,

y así lo corroboran algunos hechos.

Me gusta ir directa al grano.)

 

El tipo.

Parece muy seguro de sí mismo.

Eso me gusta.

Tenía la teoría

de que los hombres seguros de sí mismos

lo son debido al generoso tamaño de su pene,

pero me equivoqué vilmente.

De cualquier forma,

el tipo podría tener alguna oportunidad,

si no todas.

 

Si bien es otro el que se me acerca

el método más eficaz de disuasión

es idolatrar a personajes como Tarkovsky,

Burroughs, Rothko, Witkin…

 

A los hombres por lo general,

y como machos de una especie,

no les estimula lo suficiente

una mujer más intelectual que ellos.

Herencias griegas subyacentes,

me temo.

 

Afortunadamente

y, como persona intensamente social que soy,

finjo y miento estupendamente.

 

Pero en el caso de que el hombre

no mostrara prejuicios,

automáticamente,

pasaría a tener las mismas opciones

que el tipo listo seguro de sí mismo.

Después de todo,

también puede tener su gracia

follar con un desesperado

o un deshinibido.

Y de todas formas,

qué más da,

si sea quien sea

va a acabar empalado

en mis colmillos.

 

Finalmente,

viene a mí y me habla:

“¿Sabes? Tienes cierto parecido

con una cantante que me fascina…”.

 

La cuenta atrás ha comenzado.

Ya sé el tipo de mujer que le gusta,

así que se la voy a dar.

A partir de este instante,

cada gesto, cada palabra, cada movimiento

irá destinado a avivar su deseo,

manteniendo siempre

una distancia prudencial

que no le ofrezca garantías

de acercarse a mi sexo.

 

A mí la situación me excita aún más,

puesto que yo sí tengo la certeza

de que me lo voy a follar.

 

—The Witch—

 

V

 

Esta noche la ciudad me espera.

Esta noche,

como tantas otras,

me he cogido fiesta.

 

Mi jornada laboral

se reduce a cuatro o cinco citas semanales

con “distinguidos caballeros”

de clase alta.

Magnates extranjeros,

en la mayoría de casos,

que se encuentran de visita

o viaje de negocios.

Ni que decir tiene

que estoy especialmente bien relacionada,

lo que me permite ser “autónoma”.

 

La mayoría de mis amigas

también son putas,

pero de un tipo menos carnal.

También viven en pleno centro.

 

Esta noche,

esta pútrida ciudad,

con sus pútridos seres nocturnos pululando,

disfrazados de ídolos de moda,

embriagados en feromonas,

colocándose

hasta la más patética imagen de sí mismos

antes de vomitar hiel,

tendrá al menos

una historia original que contar.

 

Creedme cuando digo que mato,

aunque no hable de los muertos.

 

—Hunter—

 

IV

 

Misericordia, clemencia,

caridad, piedad, indulgencia…

Esas cualidades propias de los santos.

 

Si las pudiera sentir dentro

me harían arder

como un baño de agua sagrada.

 

¿Cómo podría yo intentar

padecer el dolor de los demás?

Qué innecesario.

¿Por qué Cobain, Curtis o Buckley

no han sido santificados?

 

La imaginación del paranoide es muy peligrosa.

Como está

especialmente receptivo

a todo tipo de estímulos y señales,

entiende que todos los acontecimientos

que suceden a su alrededor

están influidos por su persona.

 

Que es causa y efecto de los mismos.

Lo cual le acarrea una fatigosa responsabilidad.

Y aunque,

bajo los baremos convencionales,

su visión sea considerada

como una distorsión de la realidad,

existen algunas teorías que,

de algún modo,

la respaldan.

 

La imaginación de un psicópata

también es muy peligrosa,

y muy nutrida.

 

Cuando no mato aprendo.

Aprendo y aprendo y aprendo…

No puedo dejar de aprender.

De todo y de todos.

De lo bueno y de lo malo.

 

Aprendo tanto

que no puedo asimilarlo todo,

y llega un momento

en el que mi cerebro se queda bloqueado,

como cargando…

cargando…

cargando…

Y cuando vuelvo en mí

me miro en el espejo y me pregunto:

“¿Has sentido dentro la paz del Universo?”.

 

Mis ojos me confirman que es momento de volver a matar.

 

—Paranoid Android— 

 

III

 

Hoy me afilaré los colmillos.

He quedado con un tío rico

que ha viajado y sabe latín.

Es superdotado.

Intelectualmente,

se sobreentiende.

 

Como sabe latín,

conoce perfectamente

las bases de las lenguas romances,

así que,

aunque no habla español,

entiende bastante bien

todo lo que le digo.

 

De todas formas

solemos hablar en inglés,

porque él es inglés

y porque el inglés

es el idioma universal.

 

En Marte,

sin ir más lejos,

hablan en inglés.

 

¿Ves?

Uno puede ser superdotado

e igualmente caer

en las redes de una puta,

que además de sacarle el dinero

lo absorberá todo de su cerebro.

 

Yo no sé latín,

pero sé que tengo hambre.

 

—Assassin— 

 

 

 

II

 

Me llaman Rabya,

porque soy la Ira y una enfermedad.

 

Si existiese un Dios,

su Ira sería yo.

 

Me siento más hombre

que la mayoría de hombres

con los que trato habitualmente.

 

El mundo se llena

de hombres menguantes, 

castrados a manos

de mujeres caducantes,

que no les permiten evolucionar.

Y viceversa.

 

Y no es que me pese,

puesto que ya no siento lástima

por nada ni por nadie,

pero ¿acaso son el valor,

la honestidad, la fuerza o la lealtad

valores exclusivos del hombre?

 

¿Son la sensibilidad, la comprensión,

la integridad o la fidelidad

valores exclusivos de la mujer?

 

Entonces, a lo mejor,

para sentirse una persona completa,

se ha de ser medio hombre

y medio mujer,

y llenarse de lo mejor de cada uno.

 

Recuerdo haber conseguido llegar a ser así

antes de todo esto…

 

Puedo ver con total claridad

esa delgada línea roja

que separa el bien del mal,

porque he estado dentro de otras personas.

Porque me he sumergido

en una mente ajena

hasta hacerla mía

y amarla como si fuera la mía propia,

ya que es el único ser

al que puedo amar.

 

Porque me he reducido o ampliado

al nivel necesario

para empatizar y comprender

otras percepciones

y así tener la opción de elegir

entre:

 

a) Ser generosa.

 

b) Aprovecharme de mis putas facultades para succionar todo el material mental e intelectual que mansamente se me ofrece, hasta que mi cabeza reviente.

… Y he elegido b).

 

—Diabolic Scheme— 

 

I

 

Soy una puta.

Soy una puta vampira.

Soy una puta y una vampira.

Me gusta la sangre y renacer.

 

Pero mi faceta vampírica

la iré desentrañando poco a poco,

intentando siempre mantener alrededor

un oportuno halo de misterio,

hasta la última página.

 

Puta soy por pura vocación.

Por una parte,

no tengo escrúpulos ni conciencia.

Por otra,

soy inteligente y atractiva,

lo que, en este mundillo,

significa poder conseguir bastante pasta

sin excesivo esfuerzo.

Pero la razón más importante

es que me encanta violar mentes

por medio del sexo.

 

Mi mente es un monstruo muy consciente

del poder que este cuerpo le confiere.

Mi mente es un monstruo, sin más.

 

No quiso el azar dotar a mi poder

de la correspondiente responsabilidad,

lo que me hace tan increíblemente libre que,

a cada paso que doy,

siento cómo mi corazón se acelera

lleno de entusiasmo.

 

Amo la vida.

Amo la sangre.

Amo renacer.

 

— Sex & Violence—

 

Introducción

 

     

 

                   

En llamas las entrañas,

ardiendo por dentro,

con los ojos incendiados hasta la lágrima

y la boca encharcada en saliva.

 

Un sudor febril resbala hasta el altar,

que se santifica con mi sangre.

 

El mismísimo Lucifer me está follando.

 

El rabo del Diablo,

además de descomunal,

tiene otra peculiaridad;

que penetra en ti muy suavemente,

sumergiéndote en un abismo

del placer más absoluto.

 

Pero al salir…,

de su carne,

se separan unas afiladas escamas

que se van clavando

en las paredes de tu vagina,

desgarrándola al gusto

…de las satánicas embestidas.